EL CINÉFILO INCURABLE: EL INICIO. O la historia de cómo me obsesioné con las películas.

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Mi mamá, mi hermano y yo de 6 años, Ca. 1991

EL CINÉFILO INCURABLE: EL INICIO

Los últimos días ha hecho mucho calor y siempre que hace calor, recuerdo mi infancia. Específicamente, mi primer año en la Primaria. Quizá sea coincidencia, no lo sé; pero fue más o menos en esa época que comencé a obsesionarme con las películas. Así que, con los recuerdos frescos en mi mente, me aboqué a escribir un artículo sobre cómo fue que el Cinéfilo Incurable llegó a ser tal.

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    No estoy seguro de cuál fue la primera película que vi en mi vida. Tengo recuerdos nebulosos de haber visto Tiburón (Spielberg, 1975), Perro lanudo 2 (Stevenson,1976), El abismo negro (Nelson, 1979) y Mi amigo el dragón (Chaffey, 1977) cuando estaba en el kínder. Recuerdo perfectamente que la primera película que vi en el cine fue La familia Telerín y el Mago de los Sueños (Macián, 1966), eso sí; tenía tres años y mi papá me llevó a verla una tarde en los cines de Plaza Universidad. Después de ésa, recuerdo haber visto Taram y el Caldero mágico (Berman y Rich, 1985), y La Sirenita (Clements y Musker, i989), que fue una odisea porque los boletos estaban agotados. También medio recuerdo un anime de El lago de los cisnes (Yabuki, 1981) que nunca he vuelto a ver. ¡Ah! Y como lo mencioné en mi crítica de Kong: la Isla Calavera (Vogt-Roberts, 2017), también medio recuerdo haber visto King Kong 2 (Guillermin, 1986), todas ellas antes de terminar preescolar.

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    Entre sueños recuerdo haber visto a esa edad pedazos de Sonia, la guerrera (Fleischer, 1985), y de una película que me mató del susto ‒aunque no creo que ése haya sido su objetivo‒ y que más de 25 años después me enteraría de que es española y que se llamaba Los nuevos extraterrestres (Piquer, 1983)… los mentados trompis me siguen dando pesadillas.

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    Sea como fuere, cuando estaba por entrar a la Primaria, mi familia se mudó a la provincia. Esto conllevó una serie de ventajas: había menos contaminación, el clima era más cálido y húmedo (35°C a la sombra en verano, con un 85% de humedad relativa) y, como era una ciudad pequeña y todo estaba muy cerca, había mucho más tiempo libre. Tiempo que, generalmente, aprovechábamos para ir de paseo.

    En esa ciudad, hasta donde la memoria me alcanza, sólo había cuatro cines: El Jorge Stahl, que era el más decente y que fue fundado en los 70 a partir de un cineclub particular (funcionó de 1976 a 2003 y fue demolido en 2014 para construir una plaza comercial); el Cine Diana en el centro, que cuando mi familia llegó a vivir allá ya llevaba varios años sin funcionar; los Cinemas del Rey, que eran pequeños y feos y estaban en un centro comercial a las afueras de la ciudad; y un cine porno de ésos a los que supuestamente nadie ha ido, pero que todo mundo saben dónde están y a qué hora son las funciones. Muchas veces regresé al Jorge Stahl durante mis años de Primaria, pero recuerdo muy bien que la primera película que vi ahí fue Hook, el regreso del capitán Garfio (Spielberg, 1991).

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    Debe haber sido el verano de 1991 cuando nos fuimos para allá. En aquel entonces recuerdo que los viernes por la noche pasaban películas de terror en Canal 5 —en aquel entonces sólo llegaba la señal de dos canales de TV abierta: el 2 y el 5—. Las de posesiones y asesinos no me gustaban ‒no en aquella época‒; pero sí las de monstruos y animales al ataque. Así, recuerdo que la primera película de horror que vi en mi vida fue Bala de plata (Attias, 1985); pero también recuerdo que en esa época vi El enjambre (Allen, 1978) con Michael “Actúochidoperoescojopuroproyectoculero” Caine, Las ranas (McCowan, 1972) ‒nada que ver con Aritófanes y, dicho sea de paso, en esa peli hay un montón de animales asesinos además de ranas… que no lo son, porque la producción utilizó sólo sapos‒, Tiburón 2 (Szwarc, 1978) , Piraña (Dante, 1978) y Piraña 2 (Cameron… sí, ese Cameron, 1981), que me encantó… y a la fecha me sigue gustando, aunque más bien porque me hace reír. También me acuerdo que vi una película aburrida sobre las señales del apocalipsis con Demi Moore y Michael Biehn llamada La séptima profecía (Schultz, 1988). Pero, más que ninguna otra, recuerdo la que se convirtió en una de mis películas favoritas de aquellos tiempos y que a la fecha me sigue gustando y la disfruto como escuincle cada que la veo: Terror bajo la ciudad (Teague, 1980), en la que un caimán mutante aterroriza las alcantarillas de Chicago.

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    La verdad es que, aunque desde chavito me han llamado la atención el Terror y la Ciencia Ficción ‒papás, eso pasa cuando dejan que sus hijos se críen viendo Los verdaderos Cazafantasmas (1986-1991)‒, muchas películas las empezaba a ver; pero me asustaban y las dejaba a la mitad. Muchas no terminé de verlas hasta que estaba en la prepa. Así dejé inconclusas muchas de las Viernes 13, de las Pesadilla en la calle del Infierno y la película de La dimensión desconocida (Varios, 1983), que luego terminé y me pareció genial.

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    Eso era los viernes en la noche. Los sábados íbamos a la playa o a algún lugar turístico. Pero los domingos, cuando la mayoría de mis compañeritos de la escuela y amigos de la cuadra salían de viaje, comúnmente me quedaba en casa por las tardes. Era en ese entonces que Canal 5 tenía un bloque de programación llamado Cine Permanencia Voluntaria, en el que pasaban películas desde como la una de la tarde hasta la medianoche. Así pues, me plantaba frente a la tele a ver películas… a menos que me aburrieran, en cuyo caso apagaba el televisor y me iba a jugar con mis muñecos.

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    En esos domingos de ocio vi grandes películas de aventuras como Los cazadores del Arca Perdida (Spielberg, 1981), terminé de ver Sonia, la guerrera, quedé impactado con Greystoke: la leyenda de Tarzán (Hudson, 1984) y me emocioné con un remake de Las minas del rey Salomón (Thompson, 1985), protagonizado por Richard Chamberlain y Sharon Stone cuando aún se parecía a Sharon Stone, que hasta hace relativamente poco tiempo no había estado disponible oficialmente en formato casero. También recuerdo que alguna vez pasaron una película que me pareció genial y que recordaba poco hasta hace un par de años, cuando la conseguí en DVD: la italiana La isla de los hombres pez (conocida en EE.UU. como Screamers (Martino, 1979), ‒aunque cuando la pasaban en TV abierta le ponían el exótico título de Los monstruos del Caribe‒, que parece una mezcla aún más steampunk entre 20,000 leguas de viaje submarino y La isla del Dr. Moreau.

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    También vi una película que se convertiría en una de mis favoritas al día de hoy… es cursi, poco inspirada y, aunque algunos de sus efectos especiales son increíbles aún para la actualidad, otros son hilarantes; me refiero a Krull: la Fortaleza Negra (Yates, 1983). Digo, ya antes había visto La guerra de las galaxias (Lucas, 1977); pero la recordaba muy poco, así que Krull parecía genial.

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    Pero no todo eran melodramas ramplones de aventuras. Algunos eran melodramas ramplones y lacrimógenos, particularmente setenteros, como El chico de la burbuja (Kleiser, 1976), en la que el doblaje le hizo un gran favor a John Travolta; El campeón (Zefirelli, 1979), con John Voight, de la que recuerdo que me impactó mucho que el protagonista se muriera al final o, por alguna razón que sigue siendo un insondable misterio para mí, La hija del minero (Apted, 1980)… que no creo volver a ver jamás.

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    Ya en serio, también me aventé algunos peliculones que desde aquel entonces recuerdo que me gustaron mucho. Recuerdo la cinta debut de Christian Bale, El Imperio del Sol (Spielberg, 1987), y su discurso sobre la deshumanización que provoca la guerra, o El corcel negro (Ballard, 1979) con el gran Mickey Rooney. Otra de las películas que vi en esa época y con la que tardé más de veinte años en reencontrarme, pero cuando lo hice me encantó, fue El hombre de hielo (Chepisi, 1984), la historia de un cavernícola que es encontrado en estado de animación suspendida en el Polo Norte y que es llevado a vivir en un hábitat artificial con resultados trágicos.

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    También, cómo no, me soplé películas de muy dudosa calidad como Troll (Buechler, 1986)… digo, me sigue gustando, pero no es de esas películas que uno admite abiertamente que le gustan; la simplona Juntos son dinamita (Fondato, 1974) con Bud Spencer y Terrence Hill; Tiburón 3 (Alves, 1983); las italianas Hércules (Cozzi, 1983) y Las aventuras de Hércules II (Cozzi, 1985… por qué desde el original la secuela se llama Las aventuras de… si la primera sólo era Hércules sigue siendo un misterio) con Lou Ferrigno; la película debut de Arnold Scwarzenegger, Hércules en Nueva York (Seidelman, 1970), y comedias de verdad, como la versión original de Me enamoré de un maniquí (Gottlieb, 1987), y los remakes de El secreto de mi éxito (Ross, 1987) y Lobo adolescente  (Daniel, 1985) con Michael J. Fox; o La chica terremoto (Bogdanovich, 1972) con Barbra Streissand. También me acuerdo muy bien que intenté, muy entusiasmado, ver TRON (Lisberger, 1982); pero que, como la mayoría de la gente que la vio en su estreno, me aburrí como monje copista y no la terminé de ver sino hasta años después.

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    Una de mis mayores frustraciones de la infancia, sin embargo, fue la llamada “Función de estreno”, que solía empezar alrededor de las 8 de la noche. Por cierto que la llamaban función de estreno porque eran películas que transmitían por primera vez en el canal y no porque fueran películas recientes. Lo que sí recuerdo es que solían ser películas geniales. Sea como fuere, yo era un pequeño escolapio que debía estar en su cama y con la luz apagada a las 9 de la noche en domingo, por lo que la mayoría de esas cintas las vi a medias. Las aventuras del barón Munchhausen (Gilliam, 1988), Leyenda (Scott, 1985), Verdugo de dragones (Robbins, 1981) o F/X: Efectos especiales (Mandel, 1986)… ¿Alguien se acuerda de ella?

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    Lo que no puedo recordar es una época en la que no me hayan gustado las películas. Desde siempre me ha fascinado su poder de estimular la imaginación, de conmover y de contar historias, con frecuencia, historias que no podrían ser contadas de otro modo. Mientras escribía esta retrospectiva, caí en cuenta de por qué mi trabajo tiene mucha influencia del cine de los 70… fue mi primer acercamiento que tuve al cine como una forma de narrativa.

    El siguiente ciclo escolar (1992-1993) mi familia se regresó a la capital. Fue en ese año cuando vi las dos películas que más han influido en mí, no sólo como Cinéfilo, sino como artista y en mi forma de ver el mundo: Alien, el octavo pasajero (Scott, 1979) y Parque Jurásico (Spielberg, 1993)… pero ésa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

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