Elenco: F. Muray Abraham, Tony Shalhoub, Shannon Elizabeth
Género: Terror
Año: 2001
Un profesor de matemáticas viudo hereda una extraña mansión de cristal de su tío excéntrico; pero el lugar en realidad es una prisión para fantasmas que ahora serán liberados. Remake del clásico dirigido por el legendario William Castle.
¡Es malísima! Parece casita del terror de la feria de mi pueblo, esforzándose tan duro por dar miedo sin conseguirlo. Vi esta película cuando salió en el cine, recuerdo que entonces me pareció bastante desabrida y no la había vuelto a ver desde entonces. Pensé que quizá ahora, como adulto con estudios de cine, podría apreciarla en un nivel más profundo al que no había legado en aquel entonces; pero no, sólo me hizo darme cuenta más puntualmente de por qué es mala.
El guión no está tan mal, pero la dirección es un completo desastre y el tono está por ningún lado. El diseño de los fantasmas está chido; por desgracia mucho del detalle se pierde poque, en general, la fotografía no es muy buena. AL menos está el atractivo visual de Shannon Elizabeth y el carisma de Matthew Lillard y, si todo eso falla, aún queda la Princesa Furiosa (Shawna Loyer).
Me gustó el recurso de los lentes especiales para ver fantasmas, que es una referencia al gimmick de la película original de 1960. Al público se le entregaban una pieza de acetato roja y una de acetato azul, y se le pedía que escogiera el color rojo si creía en los fantasmas y el azul si no creía. En ciertas escenas, la película pedía al espectador que usara el acetato del color que hubiera elegido; de tal forma que los fantasmas aparecían o no en la pantalla.
Con: Lambert Wilson, Anamaria Vartolomei, Oliver Gourmet
Género: Drama
Año: 2017
Drama histórico ambientado a principios del siglo XVIII, basado en una novela, a su vez basada en una historia real, en el que dos princesas son intercambiadas para casarse con los herederos a las coronas de España y Francia, con el objetivo de apaciguar tensiones políticas.
Super producción de época de ésas que les remaman a los franceses; con un espíritu recreacionista profundo y una impresionante fotografía preciosista. Bien actuada, bien escrita y super bien dirigida.
Quizá el único pero que le pongo es que de repente se siente que es forma sobre sustancia y, por momentos, parece demasiado corta y un poco superficial al explorar la psique de los personajes.
Originalmente titulada El intercambio de princesas. Me imagino que en nuestro país el cambio de título que, ahora que lo veo, se siente bastante machista, fue idea de los distribuidores para evitar que el público creyera que estaba yendo a ver una comedia adolescente de enredos de Disney o algo así.
Elenco: Vin Diesel, Asia Argento, Samuel L. Jackson
Género: Acción
Año: 2002
Xander Cage (Diesel) es un daredevil que se mete en problemas y es reclutado por la NSA como agente encubierto en Praga para recuperar un arma química de una organización terrorista.
Mala y estúpida, pero divertidísima, tengo que admitir que me reí mucho. Es como una parodia de James Bond. Cage es básicamente una Mary Sue, pero aún así resulta entrañable de algún modo.
En la triada guión-dirección-actuación también sale muy mal parada, pues resulta deficiente en cualquiera de dichos aspectos. De hecho, parece que el guión lo hubiera escrito un morro de secundaria. También de repente se siente demasiado larga para lo frívola que es.
Eso sí, los stunts son increíbles. De hecho, un doble murió durante la filmación de la escena del paracaídas pasando por debajo del puente.
A final de cuentas, es una de esas películas que sirven para que uno pueda apagar el cerebro un ratito y sólo relajarse.
El siglo XXI despegó con una oleada de remakes de películas clásicas de horror de los 70 y 80, particularmente del subgénero slasher. Algunos, como el de Las colinas tienen ojos (Aja, 2006), bastante bien logrados; mientras que otros, como el de El terror de Amityville (Douglas, 2005), no tanto. El remake de Viernes 13 se encuentra en un punto intermedio. Si bien su visionado no es una experiencia desagradable en absoluto, al final uno se queda con la sensación de que no terminó de amarrar.
20 años atrás, la enloquecida Pamela Voorhees (Nana Visitor) masacró a los consejeros del campamento Crystal Lake para vengar la muerte de su hijo deforme, Jason (Derek Mears). Sin embargo, Jason no murió y presenció el asesinato de su madre a manos de la última sobreviviente. En la actualidad, un grupo de universitarios viaja a una lujosa cabaña cercana al campamento Crystal Lake para pasar un fin de semana de parranda. En el camino, encontrarán a un trotamundos que busca a su hermana, desaparecida semanas atrás, quien podría haber sido víctima de Jason. Uno a uno, los chicos irán sufriendo terribles destinos a manos del enmascarado psicópata.
Fue difícil escribir la sinopsis de esta cinta e incluso tuve que dejar fuera ciertos elementos argumentales importantes para que no fuera demasiado larga o confusa. Y creo que ése es uno de los principales problemas de esta película: pasan demasiadas cosas y todas ellas son importantes; sin embargo, no se toman el tiempo para desarrollarlas propiamente. Por momentos, me da la impresión de que quienes hicieron la película sabían que lo que tenían en sus manos era frívolo y superficial y se esforzaron por retacarlo de capas de profundidad que obviamente no tiene. Esta sobrecarga de subtramas es tal que la película tiene un prólogo dentro del prólogo.
Aunque la cinta fue promocionada como un remake, en realidad se trata más bien de un reboot que podría o no tomar en cuenta los eventos de la película original de 1980. Aunque tiene un montón de referencias a Viernes 13 parte 2 (Miner, 1981), como Jason cubriéndose la cara con un costal, la silla de ruedas de Mark o el altar con la cabeza cercenada de Pamela Voorhees y su sweater.
El reparto está integrado por un montón de actores poco reconocibles ‒o memorables, para el caso‒, provenientes la mayoría de ellos del mundo de la televisión. Eso sí, son todos estúpidamente atractivos y, en el más clásico estilo de la franquicia, la película está llena de escenas de sexo y desnudos gratuitos donde estos chicos lucen sus encantos. Con todo, la desnudez es bastante leve comparada con las primeras películas de la saga.
Lo que sí está al nivel de las cintas originales es el gore. En esta película está bastante bien logrado. Las muertes son bastante violentas y sangrientas. Me gustó mucho que esta versión de Jason es muy versátil y puede asesinar prácticamente con cualquier herramienta que tenga a mano. Algunas de las muertes son bastante creativas.
También me gustó mucho la fotografía, que bien podría ser lo mejor de la película. Llena de claroscuros y altorrelieves, la película tiene texturas duras que ayudan a acentuar la brutalidad de los asesinatos de Voorhees y la descomposición de las ruinas del campamento, reflejo de la psique del propio Jason… y si todo fallan, aún podían vender el soundtrack, que también es muy interesante.
Las actuaciones son regulares, nada sobresaliente; pero tampoco subestándar para el género. El guión es, como ya lo mencioné, innecesariamente rebuscado y está lleno de diálogos malos y chistes de una sola línea que hacen ver que esta película es autoconsciente. De hecho, la mayoría de los personajes son odiosos y por momentos uno hasta está dispuesto a darle la razón a Jason. La cinta es deliberadamente estúpida, no se toma a sí misma demasiado en serio y se regodea en su propia oligofrenia. Eso sí, el epílogo parece que está más bien puesto como homenaje a la cinta original, porque como conclusión de esta película no tiene absolutamente ningún sentido.
Lo que sí me pareció brillante fue la forma en la que adaptaron el clásico sonido “ki-ki-ki-ki, ma-ma-ma-ma” que en la cinta original era la voz de Jason ordenándole a su madre que matara desde adentro de su cabeza y, por alguna razón completamente contraria a la lógica, se mantuvo en todas las entregas subsecuentes de la saga. En esta iteración, el sonido simplemente es “Ki-ki-ki-ki” y se usa con mucha más discreción. Esta vez, es la voz de Pamela Voorhees ‒que se parece a Norma Bates hasta rayar en la caricatura‒ resonando dentro de la cabeza de Jason.
Así pues, esta última ‒hasta el momento‒ entrega de la franquicia de Viernes 13 pasó por la taquilla prácticamente sin pena ni gloria y, si bien no es tan buena como el portentoso remake de La masacre de Texas (2003), tambiéndirigido por Nispel, creo que es superior como al 60% de las películas de la franquicia. Quizá, más allá de tratar de condensar las subtramas de tres o cuatro películas en una sola para tartar de darle cierta profundidad, el gran pecado de esta película fue llegar demasiado tarde a un mercado que se encontraba sobresaturado. A pesar de haber sido un éxito de taquilla, la película ha sido prácticamente olvidada.
Por cierto, si yo hubiera dirigido este remake, hubiera hecho que todos creyeran que Pamela Voorhees había muerto 20 años atrás; pero que al final se revelara que el asesino era Pamela disfrazada de Jason.
PARA LA TRIVIA: Un cierto rumor dice que Michael Bay, productor de la cinta, se salió de la sala de cine durante la premier porque le pareció que la película tenía demasiadas escenas de sexo.
Fue en el año en que entré a la primaria cuando empecé a ver películas de live action regularmente. Siempre me ha gustado el cine, pero antes de esa edad veía mayormente animación. También fue en ese año cuando descubrí que los viernes en la noche pasaban películas de terror en Canal 5 y un mundo de posibilidades infinitas se abrió ante mí.
Una de las primeras películas que vi en aquellas funciones nocturnas fue Terror bajo la ciudad. Me encantó en aquel entonces y me sigue encantando ahora, treinta y tantos años después. No es buena, algunos efectos no envejecieron tan bien ‒otros sí‒; pero cada vez que la vuelvo a ver me sorprendo de lo entretenida que es.
Doce años atrás, un caimán mascota fue arrojado al excusado, pero logró sobrevivir en las alcantarillas de la ciudad. Durante todo ese tiempo, se alimentó con los cadáveres de perros desechados por un laboratorio farmacéutico que los inyectaba con hormonas, lo que causó que el reptil alcanzara proporciones descomunales. Ahora, el saurio ha convertido las calles de Chicago en su coto de caza, y el detective David Madison (Robert Forster) y la herpetóloga Marisa Kendall (Robin Riker) deben detenerlo.
Basándose en una leyenda urbana, esta película mezcla tres de las tendencias más populares del cine de terror de la década de 1970, lo que la convierte en un epítome de su época.
En primer lugar, no puede negarse la enrome influencia de Tiburón (Spielberg, 1975), que engendró toda una legión de películas de animales ‒principalmente acuáticos‒ al ataque. Por otro lado, está el discurso ambientalista que permeaba muchas de las cintas de la época: en algún momento, más pronto que tarde, la madre naturaleza se va a desquitar de nosotros por todo el daño que le hemos hecho al planeta. Finalmente, se encuentra la desconfianza ‒bien fundada, ahora lo sabemos‒ hacia las grandes corporaciones y sus alianzas corruptas con las autoridades.
De hecho, creo que, a lo largo de toda la cinta, ésta no puede dejar de tener un sentido moralista. En mayor medida, las víctimas del caimán son personajes que han tenido un comportamiento reprobable o que están impactando negativamente a la sociedad y/o al medio ambiente con sus acciones. Así que, en cierto modo, supongo que esta película es una especie de fábula.
Las actuaciones en general son disparejas. No son muy buenas o no son consistentemente buenas en todas las escenas; pero el que se luce es Robert Forster en el papel de Madison. El personaje es completamente un cliché: policía workaholic divorciado con un pésimo cuidado personal que perdió a su último compañero que, a pesar de todo, es capaz de ligarse a una joven y atractiva chica menor que él; sin embargo, Forster logra infundirle vida al personaje, volverlo suyo, entrañable e incluso por momentos, verosímil.
El guión, también lleno de clichés, no es nada del otro mundo; pero tiene algunos chistes buenos. Los chistes sobre la calvicie de Madison fueron improvisados por Forster.
Otro aspecto que me llamó mucho la atención de esta película fue la fotografía, porque también es un tanto dispareja. Algunas de las primeras escenas diurnas en locaciones se ven quemadas y que fueron filmadas con lentes baratos con montones de aberración. Sin embargo, la fotografía nocturna y en las alcantarillas es fantástica. No sólo la iluminación y el dinamismo de las imágenes es genial, sino que incluso por momentos logra disfrazar que lo que estamos viendo son, en su mayoría, maquetas.
A ese respecto, puedo decir que los efectos prácticos son también disparejos. Algunos han envejecido muy bien ‒este último visionado de la película lo hice en la edición 4K de Scream Factory y se ven bastante bien‒, mientras que otros no. Algunas tomas fueron logradas usando un caimán real en maquetas, otras usando puppets de diferentes tamaños, incluyendo uno de tamaño real, y otras tantas con un bote a control remoto disfrazado de caimán. En general, todas se ven bien; pero la diferencia entre los varios modelos utilizados es más que evidente. Eso sí, la producción tuvo el buen gusto de no mostrarlos demasiado para no arruinar la ilusión.
Lo que sí es mostrado con lujo de detalle son las brutales muertes de las víctimas del saurio. Son más que sangrientas y, en general, se ven geniales.
En conclusión, Terror bajo la ciudad no es una buena película; pero es increíblemente divertida, personalmente le tengo un gran cariño y puedo decir sin temor a equivocarme que es una de las mejores películas de ataque animal que se hayan hecho. Diez años después, se estrenó una secuela/remake de ínfima producción italiana que es increíblemente inferior a la peli original.
PARA LA TRIVIA: Robert Forster interpretó al personaje de Ed Galbraith en la serie de TV Breaking Bad, generalmente compartiendo escenas con Brian Cranston. Sin embargo, Forster y Cranston se conocieron mucho tiempo antes, en el set de Terror bajo la ciudad, donde Cranston trabajaba como asistente de producción para el equipo de efectos especiales.
PESADILLA EN LA CALLE DEL INFIERNO 2: LA VENGANZA DE FREDDY
A Nightmare on Elm Street 2: Freddy’s Revenge
Jack Sholder, 1985
Una amiga mía decía que en tu colección de Pesadilla en la calle del infierno podías tener Freddy contra Jason (Yu, 2003), quizá podías tener La muerte de Freddy: La pesadilla final (Talalay, 1991)… Pero no había justificación para tener Pesadilla… 2. Y es que si de películas malas hablamos, ésta seguro perdería la competencia ¡por mala!
El éxito avasallador de la primera parte generó prácticamente de inmediato esta continuación hecha al vapor que fue ofrecida originalmente a Wes Craven, quien la rechazó por dos razones: primera, no le gusta hacer secuelas ‒y si uno ve La colina de los ojos malditos parte 2 (1985) se dará cuenta de que además, en ese entonces, no le salían‒ y segunda, leyó el guión y le pareció una porquería.
Así pues, la tarea de dirigir esta madre fue de Jack Sholder quien antes de esta cinta había dirigido solo una más, también de terror, titulada Solos en la oscuridad (1982). La películita es bastante mala y su único mérito, atractivo o gancho de venta es juntar a tres actores consagrados en el género: Donald Pleasence, Martin Landau y Jack Palance.
Así las cosas, ni siquiera el mismo Sholder tuvo fe en este proyecto que parece haber estado muerto desde el inicio y al que consideró apenas una chambita para hacer sus pininos en el estudio. Alguna vez en entrevista, el director dijo que “Hay directores que se pueden expresar a través de una película de terror, como Wes [Craven] y hay otros, como yo, que pueden expresarse a pesar de una película de terror.” [1]
La película cuenta ‒o eso intenta‒ la historia de Jesse Walsh (Mark Patton, aunque se sabe que los productores querían a Michael J. Fox para el papel, y que Brad Pitt y Christian Slater audicionaron para él), un adolescente que se muda junto con su familia a la antigua casa de Nancy Thompson. Ahí, leyendo el diario de la chica, se enterará de su terrible historia y comenzará a tener horribles pesadillas con Fred Krueger (Robert Englund sí regresó, el pobre), mismas que traerán al asesino onírico de vuelta. Empero, esta vez Freddy no se quedará sólo en el mundo de los sueños, sino que poseerá el cuerpo de Jesse para llegar a nuestro mundo y satisfacer su sed de sangre.
De entrada el argumento no suena tan mal ‒y hago énfasis en el “tan”‒, digo, la premisa es interesante; pero la construcción de esta cinta es francamente estúpida. Dice Sholder que “cuando hicimos la segunda parte no sabíamos que estas películas iban a crear un universo propio con reglas propias”[2]
¡No mames, Sholder! ¡No se trata de reglas, se trata de sentido común! Es como el programa de TV de Jackson Galaxy, que no debería llamarse Mi gato endemoniado, sino Mis humanos estúpidos. Es obvio que si pones a Freddy a perseguir chavos musculosos que miden veinte centímetros de altura más que él no va a dar miedo, va a dar risa.
Sobre el cambio, el guionista e historiador cinematográfico Adam Rockoff comenta:
Para el disgusto de algunos fans, La venganza de Freddy ignoró las reglas que se establecieron en la original. […] Sholder deliberadamente disminuyó la violencia y el gore en el film, rehusándose a hacer una secuela slasher común y corriente.[3]
Y ya que toqué el tema… La escena de la piscina. ¡Oh, por Cthulhu! La escena de la piscina. ¿Por qué Freddy ataca en una pool party? Con hielo seco y estrobos en el agua, como no podía ser de otro modo. Y farolitos chinos, y Barbies y Kens en ceñidos trajes de baño. Ya de por sí esta escena es el clímax de una película que iba cuesta abajo; pero si eso no fuera suficiente, está la toma del zarpazo. Esa toma que me hizo odiar esta cinta desde la primera vez que la vi.
Freddy está matando muchachitos ‒de esos prepos treintones de las películas ‒ y logra acorralar a uno de ellos contra una reja. Krueger tira un zarpazo con su mano derecha al muchacho que está frente a él; en la siguiente toma, el chico cae muerto al suelo con una herida sangrante ¡en el lado derecho del rostro!
Y hablando de eso, la genial garra de acero que Freddy usa en la primera parte, desaparece en esta segunda. En vez de eso, las navajas salen directamente de los dedos de Krueger y el maquillaje de éste es bastante inferior al de la película anterior.
A todos estos fallos deben sumársele las pésimas actuaciones de los dos protagonistas y un elemento vital que Craven notó desde que leyó el guión por vez primera: ¿Por qué hay tantas escenas diurnas de Freddy? Gran parte del chiste de la primera parte es que nunca se ve claramente al asesino, quizá sólo hasta el final de la cinta; pero en esta segunda parece que Kruger fue embelesado por la magia de los reflectores… o que los productores no quisieron gastar en iluminación extra para filmar en la noche en exteriores.
Por desgracia, sí hay una razón por la cual uno tendría esta porquería en su colección de Freddy, y peor aún, es ineludible: generalmente la venden en paquete con la primera o tercera partes, o con toda la saga, para que no haya pierde.
Quizá lo único interesante en esta película ‒además de la interpretación de Englund, por supuesto‒ es el poderoso subtexto de la homosexualidad reprimida de Jesse, y la tensión que ésta ocasiona entre él y su amigo Ron (Robert Rusler); pero fuera de eso, resulta bastante olvidable.
PARA LA TRIVIA: La película mexicana Dimensiones ocultas (Galindo, 1988) cuyo reparto incluye a figuras como Gaby Hassell, Helena Rojo, Jorge Luke y Roberto Palazuelos es un plagio de Pesadilla… 2 que buscó aprovecharse de la fama de esta saga. Es increíblemente hilarante, eso sí; además, le tengo cierto cariño porque la filmaron en una escuela de la Ciudad de México en la que trabajé años después.
Esta película de culto canadiense no decepciona en absoluto. Es ácida, sangrienta y sexy, y como todas las buenas películas de horror, es una metáfora de un miedo mucho más profundo y mucho más inmediato.
Las hermanas Fitzgerald, Ginger (la ya icónica Katharine Isabelle) y Brigitte (Emily Perkins), son un par de adolescentes inadaptadas y antisociales con gusto por lo macabro y lo sangriento, cuyas aburridas existencias discurren en un típico (por lo menos en las películas) suburbio norteamericano. Sus peculiares aficiones son incomprendidas igualmente por sus compañeros de clase y profesores, y las hermanas no pueden sino refugiarse una en la otra. Una noche de luna llena, cuando planeaban jugarle una broma siniestra a una compañera de la escuela, y que coincide con la noche de la primera regla de Ginger, ésta es atacada por un hombre lobo. A los cambios producidos por las hormonas se sumarán otros, causados por la maldición del licántropo.
Aunque esta propuesta retoma muchos lugares comunes y situaciones típicas de películas de hombres lobo, lo hace con una mirada irreverente y con un delicioso mal gusto. Un guión interesante, acompañado de una edición dinámica y de una dirección eficiente y propositiva, dan como resultado una cinta con un tono explosivo y mordaz, que se mueve cómodamente entre el horror visceral y la comedia negra.
Son también destacables las actuaciones de las jóvenes protagonistas que, ayudadas por un casting casi ideal, interpretan a sus personajes de forma tan convincente que uno logra olvidarse de que se trata de actrices. Para cerrar este conjunto, en el papel de Pamela Fitzgerald, madre de las perturbadas muchachas, tenemos a la siempre excelente Mimi Rogers.
La multifacética y experimentada actriz se siente en su elemento interpretando a una madre clasemediera que busca ser comprensiva y “buena onda” con sus hijas, única satisfacción que puede ya obtener de su decadente matrimonio. Finalmente, el amor de Pamela por sus hijas la llevará a considerar las soluciones más heterodoxas para ayudarlas a salir adelante ante la crisis que se desencadena cuando Ginger asesina a una de sus víctimas.
Algo que me llamó la atención de esta película es que, retomando mucho de películas como La mosca (Cronenberg, 1986), la transformación de Ginger en un licántropo hambriento de carne humana no se da en una sola noche de luna llena. Por el contrario, es una transformación paulatina que dura alrededor de un mes y que, como en la obra maestra de Cronenberg ya citada, no sólo representa un cambio físico, sino toda una metamorfosis psicológica. Así, la chica blanco de las burlas de sus compañeros termina convirtiéndose en una agresiva depredadora sexual.
En el apartado de los efectos especiales la cinta no ganará premio alguno. Los efectos de maquillaje son, en general, bastante malos. Se nota a leguas dónde comienzan los prostéticos y que usaron plastas de base para taparlos.
¿Recuerdan que en alguna crítica anterior me preguntaba por qué en las películas las mujeres lobo no aparecían con senos? Bueno, en esta cinta sí lo hacen… Y se ven terribles. No porque el diseño o el concepto sean malos, sino porque el maquillaje es de una realización en verdad pobre. En general, casi todos los efectos de maquillaje de Ginger son apenas cumplidores.
No obstante, los efectos de sangre y destripamientos, en su mayoría, están llevados a cabo con maestría y cumplen con su cometido de causar repulsión (o fascinación, supongo que dependerá del espectador) en el público.
Algo que agradezco infinitamente es que los realizadores decidieran no usar efectos por computadora en ningún momento. La última transformación de Ginger, cuando por fin se convierte en una mujer lobo en toda la extensión de la palabra, aunque breve, es una escena sumamente eficaz que recuerda los años dorados de las películas de licántropos a principios de la década de los 80.
Esta película es interesante y divertida. Sobre todo, se agradece una visión “alternativa” de los hombres lobo. Tratando temas horrorizantes e incluso traumáticos como el despertar sexual, las enfermedades venéreas, el uso de drogas y la marginación social. Si Lobo (Nichols, 1994) fue la película de licántropos para adultos, Feroz es la película de licántropos para adolescentes.
PARA LA TRIVIA: El título original Ginger Snaps es un juego de palabras en inglés. Como expresión, significaría algo así como “Ginger revienta” o “Ginger se truena”; y también es el nombre de unas galletas sabor jengibre muy populares en Estados Unidos.
La combinación de los géneros de terror y aventura es tan antigua como la literatura gótica misma. Desde sus inicios, los relatos terroríficos se han nutrido del sentimiento de asombro y fascinación que el descubrimiento de lugares exóticos trae consigo. Vamos, la misma Drácula, de Bram Stoker, tiene su buena porción de literatura de aventuras en sus páginas. A principios del siglo XX, la literatura pulp explotó esta combinación con grandes resultados en personajes como Solomon Kane. En la vena del cazador de demonios creado por Robert E. Howard está Capitán Kronos, el héroe cazador de vampiros original de la productora británica Hammer Films.
A principios del siglo XIX ‒aunque es un poco difícil saberlo por la ambientación, que tiene un montón de imprecisiones históricas‒, un vampiro está cazando a las jovencitas que habitan una aldea. Aterrados, los habitantes piden la ayuda del capitán Kronos (Horst Janson, cuyo acento sueco era tan maracdo que tuvieron que doblar su voz en postproducción), un exmilitar y experto espadachín dedicado a cazar a los no muertos, y su asistente (John Cater), un alquimista jorobado con más carisma que galanura, para hacer frente al monstruo.
Por supuesto, creo que la mejor forma de entender Capitán Kronos es como un antecedente directo de Van Helsing (Sommer, 2004)… con más terror, menos CGI, la siempre apreciada presencia de la guapísima Caroline Munro y en general, una mejor película.
Creo que lo primero que me llamó la atención de esta peli fue la fotografía. Obra de Ian Wilson, cuyos créditos como director de fotografía incluyen Juego de lágrimas (Jordan, 1992), la fotografía se sirve de composiciones imaginativas e iluminación en claroscuros para crear imágenes súper interesantes que ayudan a ambientar el relato. También sirven para hacer ese clásico desnudo que Caroline Munro hacía en muchas de sus películas, que era tan sensual como sugerente porque en realidad no se veía nada.
Del mismo modo, cuando la falta de presupuesto y el ingenio se juntan pueden crear grandes cosas. Muchos de los efectos visuales de la película son creados en realidad por los movimientos de cámara y me gustó mucho cómo usaron las sombras proyectadas en una especie de homenaje a la clásica Nosferatu: una sinfonía de horror (Murnau, 1922).
El guión no es ninguna maravilla, pero es bastante competente, particularmente para el tipo de película del que se trata. El director y guionista Brian Clemens trató de crear un lore profundo y extenso para la cinta basándose no sólo en la literatura gótica; sino en el folklore vampírico. También me pareció súper interesante que establecieran la existencia de diferentes tipos de vampiros. En específico, el vampiro de esta película es uno que absorbe la fuerza vital de sus víctimas en vez de su sangre y puede salir a la luz del día.
Asimismo, me agradó que Kronos tuviera un motivo personal para dedicarse a la cacería de vampiros y no sólo lo hiciera por altruismo o por algún sentido romántico de la heroicidad. Aunque igual tiene todos sus ajuares marcados con su monograma y, a pesar de ser británico ‒muy británico… no estoy muy seguro cómo, pero esta película se siente completamente británica‒, usa una katana, lo que lo vuelve aún más cercano a un superhéroe de historieta.
Y ya que comenté sobre la katana, puedo decir que otra cosa que me gustó mucho de esta película fueron las peleas de esgrima. Me gustó que las coreografías son complejas y que se alejan de las peleas estilizadas y elegantes de las cintas de Errol Flynn; los espadachines de Capitán Kronos pelean sucio.
En conclusión, Capitán Kronos cazador de vampiros es una película de espadas y hechizos más que satisfactoria. No es buena. Vamos, el guión es ridículo en muchas partes y las actuaciones son bastante malas; pero es divertida y emocionante, tiene algunas vueltas de tuerca interesantes, un poco de comedia y, en general, es una buena mezcla de terror y aventuras que se siente adelantada a su tiempo.
La idea era que esta película iniciara una franquicia; pero los pobres resultados en taquilla echaron por tierra esos planes.
PARA LA TRIVIA: Ésta es la película que Caroline Munro recuerda con más cariño de todas las que hizo.
El primer crossover cinematográfico ‒y a opinión de muchos, incluyéndome, el mejor‒ fue Frankenstein contra el Hombre Lobo (Neill, 1943), una película de terror; por lo que no era descabellado que el primer corssover del cine moderno se diera entre dos personajes de franquicias de terror. Vamos, el mismo Jason Voorhees ya se había medido los tenis con Leatherface en el epónimo comic publicado por Topps en 1995. La pelea entre Jason y Freddy Krueger fue anunciada desde la escena poscréditos de la infame Jason va al infierno (Marcus, 1993), un par años después de que New Line Cinema, la productora de las películas de Freddy, adquiriera los derechos del personaje de Jason Voorhees (sólo del personaje, no de la franquicia), de Paramount Pictures cuando se encontraban al borde de la quiebra. Tuvieron que pasar 10 años para que por fin pudiéramos ver la esperada confrontación en la pantalla.
Funcionando como una secuela de La muerte de Freddy (Talalay, 1991), al mismo tiempo que una de Jason va al Infierno ‒aunque, en realidad, no entra en el canon de ninguna de las dos franquicias‒, la película cuenta de una época en la que los muchachos han comenzado a olvidar a Freddy Krueger (Robert Englund, el único e inigualable). Esto no es bueno para el difunto asesino de niños, pues su fuerza viene del miedo que los chicos tengan de él. ¿La solución? Freddy resucita a Jason Voorhees (Ken Kirsinger), el asesino de Crystal Lake, a quien conoció en el Infierno, y lo engaña para que mate adolescentes. La confusión le devolverá a Freddy el poder que necesita para regresar al mundo onírico.
Y así como yo expliqué el argumento de la película, básicamente es como lo explican en pantalla a través de un largo monólogo y se repetirá varias veces a lo largo de la cinta… porque supongo que está pensada para personas con poca capacidad de atención y retención… o eso me hicieron pensar porque, para cuando termina la peli, ya explicaron el argumento por lo menos tres veces. Vamos, que una película dice mucho de sí misma cunado la primera escena topless entra antes de los tres minutos. En sí, la premisa de la película no es mala, sólo el guión es incompetente, lleno de diálogos horribles; y situaciones que se zafan de las relaciones más básicas de causa y efecto, y que sólo están ahí para hacer avanzar la historia a la fuerza.
Creo que uno de los elementos que más le restan a esta película son los espantosos efectos visuales. El CGI y el gore se llevan tan bien como el agua y el aceite, y esta película está llena de mutilaciones y desmembramientos creados con la magia de las computadoras que lucen terribles. La cereza en el pastel, por supuesto, es esa infame escena de Freddy-oruga. En serio, creo que lo único que se ve más falso que los efectos digitales son los implantes que traen las actrices en el montón de escenas topless que tiene la película.
Los como dos efectos prácticos que se ven en pantalla son buenos, eso sí; pero luego todo se va al traste cuando te das cuenta de que el maquillaje de Freddy es, de hecho, bastante inferior al de películas anteriores o que hay varias escenas en las que se les olvidó maquillar el ojo bueno de Jason.
En las películas slasher, la mala calidad de las actuaciones es un lugar común; pero en esta cinta el montón de benditos desconocidos que integran el elenco, y que hacen papel de prepos aunque ya deberían estarse preocupando por su próstata, hacen gala de su falta de capacidad histriónica ‒casi parece pastorela de la secundaria‒, incluyendo lágrimas de glicerina, que siempre son tan útiles cuando los actores son incapaces de llorar frente a cámara. Al menos, sale la icónica Katharine Isabelle. Por cierto, Englund estaba muy emocionado por trabajar con Isabelle, pues es fan de la película que la volvió famosa, la genial Ginger Snaps (Fawcett, 2000).
En la lista de los aciertos de esta cinta puedo incluir la fotografía. No hay nada del otro mundo en cuestiones de iluminación y ambientación; pero sí hay varias tomas bastante propositivas y heterodoxas… que no aportan mucho a la narrativa de la película y que más bien me hacen pensar que el director de fotografía sabía que la cinta no era buena y decidió usarla para experimentar. En el mejor de los casos, como muchas otras de la época, parece un videoclip.
Evidentemente, Freddy vs Jason es una de esas películas que sirven para apagar el cerebro un ratito. Es como un corto de los Looney Tunes… uno no muy bueno. No da miedo, en absoluto; de hecho, es bastante ridícula… el problema es que tampoco es particularmente divertida. Es entretenida, eso sí. Al menos, a diferencia de muchas de las películas de monstruos de la Universal, el monster mash cumple. Quiero decir, que aquí los dos monstruos principales sí se encuentran, se enfrentan y pelean durante un buen rato ‒aunque Jason no hace mucho‒, y hasta el epílogo recuerda a aquel de la versión original de King Kong vs Godzilla (Honda, 1962). Vamos, ni siquiera es la peor película de Jason ni la peor de Freddy. Debieron haberla hecho en 3D.
PARA LA TRIVIA: Katharine Isabelle accedió a hacer esta película bajo la promesa de que no tendría que hacer escenas de desnudos. La actriz tiene una estricta política contra ello y siempre exige una cláusula al respecto en su contrato. Al momento de la filmación, el director trató de presionarla para que hiciera una escena topless, lo que ocasionó una fuerte discusión que fue el único conflicto registrado en el set. Al final, se llegó al acuerdo de usar una doble de cuerpo.
Wes Craven comenzó su carrera fílmica como editor para, años después, probar suerte como director. El horror no fue su primera elección, pero demostró tener gran talento y sensibilidad para este género con el estreno de su primera película, la brutal La última casa a la izquierda (1972).
En Pesadilla en la calle del Infierno, el tercer largometraje de terror dirigido por Craven, se nos cuenta la historia de Nancy Thompson (Heather Langenkamp) y sus amigos del vecindario (y de la escuela, incluyendo a un Johnny Depp de 20 años que nos demuestra que hasta él tuvo que tomar clases de actuación), quienes empiezan a ser atacados en sus sueños por un misterioso personaje que los asesina mientras duermen.
Uno a uno, los chicos de la calle Elm van cayendo presas del avatar onírico de Fred Krueger, un asesino serial de niños que fue quemado vivo por los padres de familia de la calle Elm años atrás y que ahora ha vuelto para vengarse de ellos atacando a sus hijos en el único sitio donde no pueden protegerlos: sus sueños.
Como lo he dicho siempre: las buenas películas de horror (o terror, según el caso) son en realidad metáforas de otra cosa. Pesadilla en la calle del Infierno habla de un tema muy particular que comúnmente llega en la adolescencia: el momento en el que descubres que tus papás te mienten. A final de cuentas, Nancy y sus amigos no estarían muriendo si sus padres les hubieran contado la verdad sobre Krueger; pero en vez de ello, intentaron ocultarlo todo y fingir que nunca pasó. Asimismo, son los niños quienes están pagando por los crímenes de los padres. Como lo dice Harld Keller:
La película sostiene que, al fin y al cabo, los niños no tienen más remedio que enfrentarse a los problemas creados por la generación anterior. Evidentemente, muchos jóvenes espectadores que habían vivido las mismas experiencias se sintieron identificados y su reacción a esta película de terror multidimensional fue por tanto positiva.[1]
La génesis de la película viene desde años antes, cuando Wes Craven comenzaba a escribir guiones de horror y, mientras se documentaba, se encontró con un artículo que hablaba sobre el caso de un niño que evitaba dormir porque, según le dijo a sus padres, alguien en sus sueños lo perseguía. Después de un tiempo, los padres sedaron al niño para que pudiese dormir y evitar que sufriera un colapso nervioso; pero a la mañana siguiente, el chico amaneció muerto, según reveló la autopsia, debido a un paro cardiaco ocasionado por un profundo e intenso terror.
De inmediato, Craven supo que en esta historia había potencial para una gran película de terror y no se equivocó. El director hizo suya la idea y la convirtió en algo personal, nombrando a su villano Fred Krueger, que era el nombre del niño que lo bulleaba en la escuela (de hecho, este elemento se encuentra también presente en La última casa a la izquierda, donde el nombre del líder de la banda de criminales es Krug y el de su hijo, Fred).
Por desgracia, una cosa es tener una gran idea para una película y otra, muy diferente, vender esa idea. El guión de Craven fue rechazado por prácticamente todos los grandes estudios por considerarlo demasiado extraño y confuso.
El único productor interesado en realizar el guión fue Robert Shaye, quien representaba a la productora independiente New Line Cinema. En ese momento Craven no lo sabía, pero la compañía eran en realidad Shaye y su esposa trabajando desde la oficina montada en su garage. Aunque el productor estaba muy interesado en el proyecto, no tenía el dinero para financiarlo; así que se pasó más de un año dándole largas a Craven en lo que lograba reunir fondos.
La preocupación de Shaye no era para menos, pues la cinta contaba con casi una escena de efectos especiales por página del guión que, a la postre, acabaron con el presupuesto. Para el momento de terminar el rodaje, Shaye afirma que se despedía de todo el crew pensando para sus adentros: “Dios mío, que por favor no se enteren de que no tengo dinero para pagarles mañana.” Los últimos días de filmación fueron pagados gracias al dinero que Shaye le pidió prestado a un amigo suyo (quien, por cierto, jamás creyó que recuperaría dicho dinero).
Por supuesto, gran parte del éxito de la película se debe a la actuación de Robert Englund como Freddy Krueger. El actor llevaba más de diez años de carrera frente a las cámaras cuando hizo esta película, y sus créditos incluían la película de horror de Tobee Hooper Trampa mortal (1977), el clásico de culto La galaxia del terror (Clark, 1981) y la serie de televisión V: Invasión extraterrestre (1983-1984), con la que había ganado cierta fama. Sin embargo, fue su trabajo en Pesadilla… lo que lo elevó al Olimpo del cine. Precisamente fue el trabajo de Englund el que supo sacar provecho de dos elementos que caracterizarían a Kueger y que lo convirtieron en el icono del cine de horror que es ahora.
Por principio de cuentas, está el maquillaje creado por David H. Miller. El artista se documentó exhaustivamente revisando fotos de víctimas reales de quemaduras e ideó un maquillaje innovador compuesto por más de una decena de prostéticos que se aplicaban en dos capas. La primera representaba los músculos expuestos de la cara del actor y la segunda, que se colocaba sobre la primera, representaba la piel chamuscada; así, ambas capas se movían de forma independiente, dando un efecto único al rostro de Freddy.
El segundo elemento es la terrorífica garra de acero que Freddy utiliza en la mano derecha. Este prop se diseñó para que realmente pareciera algo que un asesino serial fabricaría en su cochera y se convirtió en el símbolo del personaje desde el poster de la película.
La producción fabricó tres garras diferentes: una de plástico para las escenas de acción, una de metal sin filo para las tomas abiertas y una más, de acero afilado, para los primeros planos. Sin embargo, como lo relata Langenkamp, con frecuencia se les olvidaba hacer los cambios y justo al terminar de filmar una escena se daban cuenta que todo el tiempo Englund trajo puesta la garra afilada.[2]
La película se convirtió rápidamente en un éxito que ganó 25MDD con un presupuesto de 1.8MDD y en todo un referente de la cultura popular. Generó cinco secuelas, un spin-off, un crossover con la saga de Viernes 13 y un remake, aunque ninguna de estas películas alcanzó la calidad de la primera; dos videojuegos, uno para arcadia bastante decente y otro para NES, muy malo, además de que Freddy apareció como personaje desbloqueable en Mortal Kombat 11; cinco series de cómics; toda una serie de novelas y una serie de televisión de 3 temporadas, además de toneladas y toneladas de merchandising, incluyendo el infame muñeco parlante producido por Matchbox que tuvo que ser retirado del mercado.
Así, la primera entrega de la que se cnvertiría en una prolífica franquicia no sólo salvó a New Line Cinema de la quiebra, sino que la ayudó a consolidarse como una de las productoras/distribuidoras independientes más importantes de finales del siglo XX.
Pesadilla… vino a revitalizar ‒para bien o para mal‒ el subgénero slasher, que ya desde inicios de la década de los 80 comenzaba a dar muestras de agotamiento y, en opinión de muchos críticos, fue la última película de la Era Dorada del Slasher.
Magistralmente dirigida por el regular del género Wes Craven, [Pesadilla en la calle del Infierno] fue una bocanada de aire fresco para el subgénero. Surreal y genuinamente desconcertante, usa el planteamiento básico del teen slasher y lo lleva en nuevas direcciones. Craven entiende la forma en la que los sueños y las pesadillas funcionan ‒la lógica difusa de no cuestionar cómo un paso a través de una puerta puede llevarte a un lugar al que no deberías ir.[3]
PARA LA TRIVIA: La primera vez que Robert Englund se probó el guante de Freddy se hizo una profunda cortada en un dedo.