El siglo XXI despegó con una oleada de remakes de películas clásicas de horror de los 70 y 80, particularmente del subgénero slasher. Algunos, como el de Las colinas tienen ojos (Aja, 2006), bastante bien logrados; mientras que otros, como el de El terror de Amityville (Douglas, 2005), no tanto. El remake de Viernes 13 se encuentra en un punto intermedio. Si bien su visionado no es una experiencia desagradable en absoluto, al final uno se queda con la sensación de que no terminó de amarrar.
20 años atrás, la enloquecida Pamela Voorhees (Nana Visitor) masacró a los consejeros del campamento Crystal Lake para vengar la muerte de su hijo deforme, Jason (Derek Mears). Sin embargo, Jason no murió y presenció el asesinato de su madre a manos de la última sobreviviente. En la actualidad, un grupo de universitarios viaja a una lujosa cabaña cercana al campamento Crystal Lake para pasar un fin de semana de parranda. En el camino, encontrarán a un trotamundos que busca a su hermana, desaparecida semanas atrás, quien podría haber sido víctima de Jason. Uno a uno, los chicos irán sufriendo terribles destinos a manos del enmascarado psicópata.
Fue difícil escribir la sinopsis de esta cinta e incluso tuve que dejar fuera ciertos elementos argumentales importantes para que no fuera demasiado larga o confusa. Y creo que ése es uno de los principales problemas de esta película: pasan demasiadas cosas y todas ellas son importantes; sin embargo, no se toman el tiempo para desarrollarlas propiamente. Por momentos, me da la impresión de que quienes hicieron la película sabían que lo que tenían en sus manos era frívolo y superficial y se esforzaron por retacarlo de capas de profundidad que obviamente no tiene. Esta sobrecarga de subtramas es tal que la película tiene un prólogo dentro del prólogo.
Aunque la cinta fue promocionada como un remake, en realidad se trata más bien de un reboot que podría o no tomar en cuenta los eventos de la película original de 1980. Aunque tiene un montón de referencias a Viernes 13 parte 2 (Miner, 1981), como Jason cubriéndose la cara con un costal, la silla de ruedas de Mark o el altar con la cabeza cercenada de Pamela Voorhees y su sweater.
El reparto está integrado por un montón de actores poco reconocibles ‒o memorables, para el caso‒, provenientes la mayoría de ellos del mundo de la televisión. Eso sí, son todos estúpidamente atractivos y, en el más clásico estilo de la franquicia, la película está llena de escenas de sexo y desnudos gratuitos donde estos chicos lucen sus encantos. Con todo, la desnudez es bastante leve comparada con las primeras películas de la saga.
Lo que sí está al nivel de las cintas originales es el gore. En esta película está bastante bien logrado. Las muertes son bastante violentas y sangrientas. Me gustó mucho que esta versión de Jason es muy versátil y puede asesinar prácticamente con cualquier herramienta que tenga a mano. Algunas de las muertes son bastante creativas.
También me gustó mucho la fotografía, que bien podría ser lo mejor de la película. Llena de claroscuros y altorrelieves, la película tiene texturas duras que ayudan a acentuar la brutalidad de los asesinatos de Voorhees y la descomposición de las ruinas del campamento, reflejo de la psique del propio Jason… y si todo fallan, aún podían vender el soundtrack, que también es muy interesante.
Las actuaciones son regulares, nada sobresaliente; pero tampoco subestándar para el género. El guión es, como ya lo mencioné, innecesariamente rebuscado y está lleno de diálogos malos y chistes de una sola línea que hacen ver que esta película es autoconsciente. De hecho, la mayoría de los personajes son odiosos y por momentos uno hasta está dispuesto a darle la razón a Jason. La cinta es deliberadamente estúpida, no se toma a sí misma demasiado en serio y se regodea en su propia oligofrenia. Eso sí, el epílogo parece que está más bien puesto como homenaje a la cinta original, porque como conclusión de esta película no tiene absolutamente ningún sentido.
Lo que sí me pareció brillante fue la forma en la que adaptaron el clásico sonido “ki-ki-ki-ki, ma-ma-ma-ma” que en la cinta original era la voz de Jason ordenándole a su madre que matara desde adentro de su cabeza y, por alguna razón completamente contraria a la lógica, se mantuvo en todas las entregas subsecuentes de la saga. En esta iteración, el sonido simplemente es “Ki-ki-ki-ki” y se usa con mucha más discreción. Esta vez, es la voz de Pamela Voorhees ‒que se parece a Norma Bates hasta rayar en la caricatura‒ resonando dentro de la cabeza de Jason.
Así pues, esta última ‒hasta el momento‒ entrega de la franquicia de Viernes 13 pasó por la taquilla prácticamente sin pena ni gloria y, si bien no es tan buena como el portentoso remake de La masacre de Texas (2003), tambiéndirigido por Nispel, creo que es superior como al 60% de las películas de la franquicia. Quizá, más allá de tratar de condensar las subtramas de tres o cuatro películas en una sola para tartar de darle cierta profundidad, el gran pecado de esta película fue llegar demasiado tarde a un mercado que se encontraba sobresaturado. A pesar de haber sido un éxito de taquilla, la película ha sido prácticamente olvidada.
Por cierto, si yo hubiera dirigido este remake, hubiera hecho que todos creyeran que Pamela Voorhees había muerto 20 años atrás; pero que al final se revelara que el asesino era Pamela disfrazada de Jason.
PARA LA TRIVIA: Un cierto rumor dice que Michael Bay, productor de la cinta, se salió de la sala de cine durante la premier porque le pareció que la película tenía demasiadas escenas de sexo.
PESADILLA EN LA CALLE DEL INFIERNO 2: LA VENGANZA DE FREDDY
A Nightmare on Elm Street 2: Freddy’s Revenge
Jack Sholder, 1985
Una amiga mía decía que en tu colección de Pesadilla en la calle del infierno podías tener Freddy contra Jason (Yu, 2003), quizá podías tener La muerte de Freddy: La pesadilla final (Talalay, 1991)… Pero no había justificación para tener Pesadilla… 2. Y es que si de películas malas hablamos, ésta seguro perdería la competencia ¡por mala!
El éxito avasallador de la primera parte generó prácticamente de inmediato esta continuación hecha al vapor que fue ofrecida originalmente a Wes Craven, quien la rechazó por dos razones: primera, no le gusta hacer secuelas ‒y si uno ve La colina de los ojos malditos parte 2 (1985) se dará cuenta de que además, en ese entonces, no le salían‒ y segunda, leyó el guión y le pareció una porquería.
Así pues, la tarea de dirigir esta madre fue de Jack Sholder quien antes de esta cinta había dirigido solo una más, también de terror, titulada Solos en la oscuridad (1982). La películita es bastante mala y su único mérito, atractivo o gancho de venta es juntar a tres actores consagrados en el género: Donald Pleasence, Martin Landau y Jack Palance.
Así las cosas, ni siquiera el mismo Sholder tuvo fe en este proyecto que parece haber estado muerto desde el inicio y al que consideró apenas una chambita para hacer sus pininos en el estudio. Alguna vez en entrevista, el director dijo que “Hay directores que se pueden expresar a través de una película de terror, como Wes [Craven] y hay otros, como yo, que pueden expresarse a pesar de una película de terror.” [1]
La película cuenta ‒o eso intenta‒ la historia de Jesse Walsh (Mark Patton, aunque se sabe que los productores querían a Michael J. Fox para el papel, y que Brad Pitt y Christian Slater audicionaron para él), un adolescente que se muda junto con su familia a la antigua casa de Nancy Thompson. Ahí, leyendo el diario de la chica, se enterará de su terrible historia y comenzará a tener horribles pesadillas con Fred Krueger (Robert Englund sí regresó, el pobre), mismas que traerán al asesino onírico de vuelta. Empero, esta vez Freddy no se quedará sólo en el mundo de los sueños, sino que poseerá el cuerpo de Jesse para llegar a nuestro mundo y satisfacer su sed de sangre.
De entrada el argumento no suena tan mal ‒y hago énfasis en el “tan”‒, digo, la premisa es interesante; pero la construcción de esta cinta es francamente estúpida. Dice Sholder que “cuando hicimos la segunda parte no sabíamos que estas películas iban a crear un universo propio con reglas propias”[2]
¡No mames, Sholder! ¡No se trata de reglas, se trata de sentido común! Es como el programa de TV de Jackson Galaxy, que no debería llamarse Mi gato endemoniado, sino Mis humanos estúpidos. Es obvio que si pones a Freddy a perseguir chavos musculosos que miden veinte centímetros de altura más que él no va a dar miedo, va a dar risa.
Sobre el cambio, el guionista e historiador cinematográfico Adam Rockoff comenta:
Para el disgusto de algunos fans, La venganza de Freddy ignoró las reglas que se establecieron en la original. […] Sholder deliberadamente disminuyó la violencia y el gore en el film, rehusándose a hacer una secuela slasher común y corriente.[3]
Y ya que toqué el tema… La escena de la piscina. ¡Oh, por Cthulhu! La escena de la piscina. ¿Por qué Freddy ataca en una pool party? Con hielo seco y estrobos en el agua, como no podía ser de otro modo. Y farolitos chinos, y Barbies y Kens en ceñidos trajes de baño. Ya de por sí esta escena es el clímax de una película que iba cuesta abajo; pero si eso no fuera suficiente, está la toma del zarpazo. Esa toma que me hizo odiar esta cinta desde la primera vez que la vi.
Freddy está matando muchachitos ‒de esos prepos treintones de las películas ‒ y logra acorralar a uno de ellos contra una reja. Krueger tira un zarpazo con su mano derecha al muchacho que está frente a él; en la siguiente toma, el chico cae muerto al suelo con una herida sangrante ¡en el lado derecho del rostro!
Y hablando de eso, la genial garra de acero que Freddy usa en la primera parte, desaparece en esta segunda. En vez de eso, las navajas salen directamente de los dedos de Krueger y el maquillaje de éste es bastante inferior al de la película anterior.
A todos estos fallos deben sumársele las pésimas actuaciones de los dos protagonistas y un elemento vital que Craven notó desde que leyó el guión por vez primera: ¿Por qué hay tantas escenas diurnas de Freddy? Gran parte del chiste de la primera parte es que nunca se ve claramente al asesino, quizá sólo hasta el final de la cinta; pero en esta segunda parece que Kruger fue embelesado por la magia de los reflectores… o que los productores no quisieron gastar en iluminación extra para filmar en la noche en exteriores.
Por desgracia, sí hay una razón por la cual uno tendría esta porquería en su colección de Freddy, y peor aún, es ineludible: generalmente la venden en paquete con la primera o tercera partes, o con toda la saga, para que no haya pierde.
Quizá lo único interesante en esta película ‒además de la interpretación de Englund, por supuesto‒ es el poderoso subtexto de la homosexualidad reprimida de Jesse, y la tensión que ésta ocasiona entre él y su amigo Ron (Robert Rusler); pero fuera de eso, resulta bastante olvidable.
PARA LA TRIVIA: La película mexicana Dimensiones ocultas (Galindo, 1988) cuyo reparto incluye a figuras como Gaby Hassell, Helena Rojo, Jorge Luke y Roberto Palazuelos es un plagio de Pesadilla… 2 que buscó aprovecharse de la fama de esta saga. Es increíblemente hilarante, eso sí; además, le tengo cierto cariño porque la filmaron en una escuela de la Ciudad de México en la que trabajé años después.
El primer crossover cinematográfico ‒y a opinión de muchos, incluyéndome, el mejor‒ fue Frankenstein contra el Hombre Lobo (Neill, 1943), una película de terror; por lo que no era descabellado que el primer corssover del cine moderno se diera entre dos personajes de franquicias de terror. Vamos, el mismo Jason Voorhees ya se había medido los tenis con Leatherface en el epónimo comic publicado por Topps en 1995. La pelea entre Jason y Freddy Krueger fue anunciada desde la escena poscréditos de la infame Jason va al infierno (Marcus, 1993), un par años después de que New Line Cinema, la productora de las películas de Freddy, adquiriera los derechos del personaje de Jason Voorhees (sólo del personaje, no de la franquicia), de Paramount Pictures cuando se encontraban al borde de la quiebra. Tuvieron que pasar 10 años para que por fin pudiéramos ver la esperada confrontación en la pantalla.
Funcionando como una secuela de La muerte de Freddy (Talalay, 1991), al mismo tiempo que una de Jason va al Infierno ‒aunque, en realidad, no entra en el canon de ninguna de las dos franquicias‒, la película cuenta de una época en la que los muchachos han comenzado a olvidar a Freddy Krueger (Robert Englund, el único e inigualable). Esto no es bueno para el difunto asesino de niños, pues su fuerza viene del miedo que los chicos tengan de él. ¿La solución? Freddy resucita a Jason Voorhees (Ken Kirsinger), el asesino de Crystal Lake, a quien conoció en el Infierno, y lo engaña para que mate adolescentes. La confusión le devolverá a Freddy el poder que necesita para regresar al mundo onírico.
Y así como yo expliqué el argumento de la película, básicamente es como lo explican en pantalla a través de un largo monólogo y se repetirá varias veces a lo largo de la cinta… porque supongo que está pensada para personas con poca capacidad de atención y retención… o eso me hicieron pensar porque, para cuando termina la peli, ya explicaron el argumento por lo menos tres veces. Vamos, que una película dice mucho de sí misma cunado la primera escena topless entra antes de los tres minutos. En sí, la premisa de la película no es mala, sólo el guión es incompetente, lleno de diálogos horribles; y situaciones que se zafan de las relaciones más básicas de causa y efecto, y que sólo están ahí para hacer avanzar la historia a la fuerza.
Creo que uno de los elementos que más le restan a esta película son los espantosos efectos visuales. El CGI y el gore se llevan tan bien como el agua y el aceite, y esta película está llena de mutilaciones y desmembramientos creados con la magia de las computadoras que lucen terribles. La cereza en el pastel, por supuesto, es esa infame escena de Freddy-oruga. En serio, creo que lo único que se ve más falso que los efectos digitales son los implantes que traen las actrices en el montón de escenas topless que tiene la película.
Los como dos efectos prácticos que se ven en pantalla son buenos, eso sí; pero luego todo se va al traste cuando te das cuenta de que el maquillaje de Freddy es, de hecho, bastante inferior al de películas anteriores o que hay varias escenas en las que se les olvidó maquillar el ojo bueno de Jason.
En las películas slasher, la mala calidad de las actuaciones es un lugar común; pero en esta cinta el montón de benditos desconocidos que integran el elenco, y que hacen papel de prepos aunque ya deberían estarse preocupando por su próstata, hacen gala de su falta de capacidad histriónica ‒casi parece pastorela de la secundaria‒, incluyendo lágrimas de glicerina, que siempre son tan útiles cuando los actores son incapaces de llorar frente a cámara. Al menos, sale la icónica Katharine Isabelle. Por cierto, Englund estaba muy emocionado por trabajar con Isabelle, pues es fan de la película que la volvió famosa, la genial Ginger Snaps (Fawcett, 2000).
En la lista de los aciertos de esta cinta puedo incluir la fotografía. No hay nada del otro mundo en cuestiones de iluminación y ambientación; pero sí hay varias tomas bastante propositivas y heterodoxas… que no aportan mucho a la narrativa de la película y que más bien me hacen pensar que el director de fotografía sabía que la cinta no era buena y decidió usarla para experimentar. En el mejor de los casos, como muchas otras de la época, parece un videoclip.
Evidentemente, Freddy vs Jason es una de esas películas que sirven para apagar el cerebro un ratito. Es como un corto de los Looney Tunes… uno no muy bueno. No da miedo, en absoluto; de hecho, es bastante ridícula… el problema es que tampoco es particularmente divertida. Es entretenida, eso sí. Al menos, a diferencia de muchas de las películas de monstruos de la Universal, el monster mash cumple. Quiero decir, que aquí los dos monstruos principales sí se encuentran, se enfrentan y pelean durante un buen rato ‒aunque Jason no hace mucho‒, y hasta el epílogo recuerda a aquel de la versión original de King Kong vs Godzilla (Honda, 1962). Vamos, ni siquiera es la peor película de Jason ni la peor de Freddy. Debieron haberla hecho en 3D.
PARA LA TRIVIA: Katharine Isabelle accedió a hacer esta película bajo la promesa de que no tendría que hacer escenas de desnudos. La actriz tiene una estricta política contra ello y siempre exige una cláusula al respecto en su contrato. Al momento de la filmación, el director trató de presionarla para que hiciera una escena topless, lo que ocasionó una fuerte discusión que fue el único conflicto registrado en el set. Al final, se llegó al acuerdo de usar una doble de cuerpo.
Wes Craven comenzó su carrera fílmica como editor para, años después, probar suerte como director. El horror no fue su primera elección, pero demostró tener gran talento y sensibilidad para este género con el estreno de su primera película, la brutal La última casa a la izquierda (1972).
En Pesadilla en la calle del Infierno, el tercer largometraje de terror dirigido por Craven, se nos cuenta la historia de Nancy Thompson (Heather Langenkamp) y sus amigos del vecindario (y de la escuela, incluyendo a un Johnny Depp de 20 años que nos demuestra que hasta él tuvo que tomar clases de actuación), quienes empiezan a ser atacados en sus sueños por un misterioso personaje que los asesina mientras duermen.
Uno a uno, los chicos de la calle Elm van cayendo presas del avatar onírico de Fred Krueger, un asesino serial de niños que fue quemado vivo por los padres de familia de la calle Elm años atrás y que ahora ha vuelto para vengarse de ellos atacando a sus hijos en el único sitio donde no pueden protegerlos: sus sueños.
Como lo he dicho siempre: las buenas películas de horror (o terror, según el caso) son en realidad metáforas de otra cosa. Pesadilla en la calle del Infierno habla de un tema muy particular que comúnmente llega en la adolescencia: el momento en el que descubres que tus papás te mienten. A final de cuentas, Nancy y sus amigos no estarían muriendo si sus padres les hubieran contado la verdad sobre Krueger; pero en vez de ello, intentaron ocultarlo todo y fingir que nunca pasó. Asimismo, son los niños quienes están pagando por los crímenes de los padres. Como lo dice Harld Keller:
La película sostiene que, al fin y al cabo, los niños no tienen más remedio que enfrentarse a los problemas creados por la generación anterior. Evidentemente, muchos jóvenes espectadores que habían vivido las mismas experiencias se sintieron identificados y su reacción a esta película de terror multidimensional fue por tanto positiva.[1]
La génesis de la película viene desde años antes, cuando Wes Craven comenzaba a escribir guiones de horror y, mientras se documentaba, se encontró con un artículo que hablaba sobre el caso de un niño que evitaba dormir porque, según le dijo a sus padres, alguien en sus sueños lo perseguía. Después de un tiempo, los padres sedaron al niño para que pudiese dormir y evitar que sufriera un colapso nervioso; pero a la mañana siguiente, el chico amaneció muerto, según reveló la autopsia, debido a un paro cardiaco ocasionado por un profundo e intenso terror.
De inmediato, Craven supo que en esta historia había potencial para una gran película de terror y no se equivocó. El director hizo suya la idea y la convirtió en algo personal, nombrando a su villano Fred Krueger, que era el nombre del niño que lo bulleaba en la escuela (de hecho, este elemento se encuentra también presente en La última casa a la izquierda, donde el nombre del líder de la banda de criminales es Krug y el de su hijo, Fred).
Por desgracia, una cosa es tener una gran idea para una película y otra, muy diferente, vender esa idea. El guión de Craven fue rechazado por prácticamente todos los grandes estudios por considerarlo demasiado extraño y confuso.
El único productor interesado en realizar el guión fue Robert Shaye, quien representaba a la productora independiente New Line Cinema. En ese momento Craven no lo sabía, pero la compañía eran en realidad Shaye y su esposa trabajando desde la oficina montada en su garage. Aunque el productor estaba muy interesado en el proyecto, no tenía el dinero para financiarlo; así que se pasó más de un año dándole largas a Craven en lo que lograba reunir fondos.
La preocupación de Shaye no era para menos, pues la cinta contaba con casi una escena de efectos especiales por página del guión que, a la postre, acabaron con el presupuesto. Para el momento de terminar el rodaje, Shaye afirma que se despedía de todo el crew pensando para sus adentros: “Dios mío, que por favor no se enteren de que no tengo dinero para pagarles mañana.” Los últimos días de filmación fueron pagados gracias al dinero que Shaye le pidió prestado a un amigo suyo (quien, por cierto, jamás creyó que recuperaría dicho dinero).
Por supuesto, gran parte del éxito de la película se debe a la actuación de Robert Englund como Freddy Krueger. El actor llevaba más de diez años de carrera frente a las cámaras cuando hizo esta película, y sus créditos incluían la película de horror de Tobee Hooper Trampa mortal (1977), el clásico de culto La galaxia del terror (Clark, 1981) y la serie de televisión V: Invasión extraterrestre (1983-1984), con la que había ganado cierta fama. Sin embargo, fue su trabajo en Pesadilla… lo que lo elevó al Olimpo del cine. Precisamente fue el trabajo de Englund el que supo sacar provecho de dos elementos que caracterizarían a Kueger y que lo convirtieron en el icono del cine de horror que es ahora.
Por principio de cuentas, está el maquillaje creado por David H. Miller. El artista se documentó exhaustivamente revisando fotos de víctimas reales de quemaduras e ideó un maquillaje innovador compuesto por más de una decena de prostéticos que se aplicaban en dos capas. La primera representaba los músculos expuestos de la cara del actor y la segunda, que se colocaba sobre la primera, representaba la piel chamuscada; así, ambas capas se movían de forma independiente, dando un efecto único al rostro de Freddy.
El segundo elemento es la terrorífica garra de acero que Freddy utiliza en la mano derecha. Este prop se diseñó para que realmente pareciera algo que un asesino serial fabricaría en su cochera y se convirtió en el símbolo del personaje desde el poster de la película.
La producción fabricó tres garras diferentes: una de plástico para las escenas de acción, una de metal sin filo para las tomas abiertas y una más, de acero afilado, para los primeros planos. Sin embargo, como lo relata Langenkamp, con frecuencia se les olvidaba hacer los cambios y justo al terminar de filmar una escena se daban cuenta que todo el tiempo Englund trajo puesta la garra afilada.[2]
La película se convirtió rápidamente en un éxito que ganó 25MDD con un presupuesto de 1.8MDD y en todo un referente de la cultura popular. Generó cinco secuelas, un spin-off, un crossover con la saga de Viernes 13 y un remake, aunque ninguna de estas películas alcanzó la calidad de la primera; dos videojuegos, uno para arcadia bastante decente y otro para NES, muy malo, además de que Freddy apareció como personaje desbloqueable en Mortal Kombat 11; cinco series de cómics; toda una serie de novelas y una serie de televisión de 3 temporadas, además de toneladas y toneladas de merchandising, incluyendo el infame muñeco parlante producido por Matchbox que tuvo que ser retirado del mercado.
Así, la primera entrega de la que se cnvertiría en una prolífica franquicia no sólo salvó a New Line Cinema de la quiebra, sino que la ayudó a consolidarse como una de las productoras/distribuidoras independientes más importantes de finales del siglo XX.
Pesadilla… vino a revitalizar ‒para bien o para mal‒ el subgénero slasher, que ya desde inicios de la década de los 80 comenzaba a dar muestras de agotamiento y, en opinión de muchos críticos, fue la última película de la Era Dorada del Slasher.
Magistralmente dirigida por el regular del género Wes Craven, [Pesadilla en la calle del Infierno] fue una bocanada de aire fresco para el subgénero. Surreal y genuinamente desconcertante, usa el planteamiento básico del teen slasher y lo lleva en nuevas direcciones. Craven entiende la forma en la que los sueños y las pesadillas funcionan ‒la lógica difusa de no cuestionar cómo un paso a través de una puerta puede llevarte a un lugar al que no deberías ir.[3]
PARA LA TRIVIA: La primera vez que Robert Englund se probó el guante de Freddy se hizo una profunda cortada en un dedo.
La casa de la sororidad Pi Kappa Sigma se encuentra en las afueras del pueblo universitario de Bedford. Las guapas chicas de la sororidad, bajo el cuidado de la alcohólica señora Mac (Marian Waldman), se preparan para las fiestas navideñas cuando empiezan a recibir llamadas telefónicas obscenas de un desequilibrado mental, quien amenaza con violarlas y matarlas. Cercana la Noche Buena, el maniático se introduce en el ático de la casa, desde donde irá cazando a sus víctimas una por una.
Existe un debate sobre si fue esta película la iniciadora del género slasher. Personalmente puedo decir que, si bien en esta cinta ya hay elementos de dicho subgénero, la verdad es que se trata más de una historia de suspenso que de una de horror, y está más bien influida por el cine giallo de Mario Bava y Dario Argento. Al respecto, el periodista cinematográfico J. A. Kerswell dice en su libro dedicado al cine slasher:
Tanto visual como temáticamente, [Residencia macabra] es mayormente una precursora de Halloween ‒con jóvenes mujeres siendo aterrorizadas por un asesino en ambientes que previamente se consideraban seguros durante una festividad, y presentando una escena larga, filmada a través de sus ojos, mientras el asesino sube las escaleras hacia la casa de la sororidad.[1]
Empero, algo que llama mucho la atención de esta película es la ausencia casi absoluta de las estilizadas escenas sangrientas que caracterizaron al horror italiano de los sesenta y setenta o que potencializaron la creatividad de los realizadores del slasher ochentero. En Residencia macabra hay un par de escenas de asesinatos, pero son las menos y son bastante tibias en comparación con las de cintas como La masacre de Texas (Hooper, 1974). El terror en esta película nace de las llamadas telefónicas del asesino que nosotros sabemos dónde está, pero sus víctimas no.
Como lo he señalado en artículos anteriores, las películas de horror y terror suelen ser, particularmente cuando se les ve a la distancia, un interesante indicador de los miedos que acechaban a la gente en su época. No por nada las cintas de finales de los sesenta y principios de los setenta ubican la génesis de su terror en las comunas, los hippies y el amor libre; gracias, Familia Manson.
En el caso de Residencia macabra, hay una marcada intención moralista hacia los jóvenes universitarios que se separan de sus familias burguesas para ser tentados por la depravación y la inmoralidad de la vida en una fraternidad. A este respecto, llama la atención el personaje de Barb, interpretado por la posterior Lois Lane, Margot Kidder, quien manifiesta de manera libre su sexualidad y durante toda la película parece estar ebria o drogada. Asimismo, tenemos a la señora Mac, quien es una especie de tía dulce y bonachona frente a las muchachas; pero que tiene licor escondido por toda la casa porque en realidad no soporta ser la niñera de este montón de chicas rebeldes.
La protagonista, la bella Jess (la otrora Julieta Capuleto, Olivia Hussey), es también un personaje con un trasfondo social interesante que además sí aportará mucho al posterior debate sobre si el cine slasher cosifica a la mujer o la empodera. SPOILER Jess descubre que está embarazada de su novio y deberá escoger entre su brillante futuro o un matrimonio para conservar el contrato social TERMINA SPOILER, lo que, a la postre, tirará una de las principales líneas argumentales de la película.
A pesar de que toda la película avanza bastante bien, el enfrentamiento final entre Jess y el asesino me parece anticlimático y, por si eso fuera poco, el epílogo es poco satisfactorio. Aun con estos tropezones, la película se deja ver y se disfruta. No es que sea malo; simplemente es muy diferente a lo que se estableció en el subgénero posteriormente. SPOILER El guionista e historiador cinematográfico Adam Rockoff comenta lo siguiente: “A diferencia de los slashers que le seguirían, el asesino de Black Christmas nunca es expuesto, ni su motivación se explica nunca […] Nunca hay un intento de justificar o racionalizar su locura. Simplemente, está demente”.[2]TERMINA SPOILER
El mismo Rockoff comenta “… Aunque Black Christmas carece del indispensable villano vivaracho, sí plantea una serie de asesinatos perturbadores en la que tradicionalmente es la más pacífica y alegre noche del año”.[3]
La película es desigual. Las actuaciones son bastante buenas, en especial para una cinta del género, y la fotografía es maravillosa; pero el guión y la dirección no son tan buenos. Sea como fuere, la peli logra transmitir un sentimiento de inquietud y amenaza cuidadosamente creado a través de las atmósferas y la edición.
Como pasa con frecuencia con este tipo de películas, a Residencia macabra le fue bastante mal en la taquilla ‒con un presupuesto de poco más de US$600,000 apenas logró ganar un poco más de US$2500‒ y fue destrozada por los críticos al momento de su estreno. Fueron sus transmisiones por TV y su popularidad en los videoclubes lo que permitió que la cinta fuera reevaluada y elevada al estatus de clásico de culto a lo largo de décadas posteriores.
Durante su estreno, el filme de Clark fue injustamente criticado por estar lleno de clichés por el periódico americano de espectáculos Variety, mismo que se quejaba de que era “una película sangrienta y sin sentido con muertes sólo usadas para espantar” que explotaba su violencia innecesaria. De cualquier modo, su reputación y su importancia dentro de la historia del subgénero continuaron creciendo en los años después de su estreno y se mantiene genuinamente aterradora. [4]
Finalmente, el impacto cultural de la película ha sido suficiente como para que se produjeran dos remakes. Uno en 2006 con mi novia Michelle “Llevotreintaañosdecarrerasinqueelpúblicopuedarecordarme” Trachtenberg, que es insufrible y uno en 2019 que no he visto ni conozco a nadie que lo haya hecho.
PARA LA TRIVIA: La cadena televisiva NBC planeaba estrenar esta película el 28 de enero de 1978; pero decidieron cancelar el estreno luego de que la noche del 15 de enero del mismo año dos estudiantes universitarias, alumnas de la Universidad de Florida, fueron asesinadas por un desconocido que irrumpió en la casa de su sororidad. El asesino, capturado años más tarde, resultó ser el infame Ted Bundy.
Durante la primera década del siglo, el cine de horror se vio inundado por una ola de remakes de películas de horror clásicas, particularmente del subgénero slasher. Algunos de estos refritos tuvieron resultados bastante afortunados; pero otros, no. La versión en 3D de Sangriento San Valentín, en mi opinión, pertenece al segundo grupo.
Tom Hanniger (Jensen Ackles, famoso por su interpretación de Dean Winchester en la longeva serie de TV Supernatural [2005-2020]) regresa a su pueblo natal 10 años después de la masacre en la que un minero maniático asesinó brutalmente a 22 personas. Heredero de la mina del pueblo, Tom está dispuesto a venderla; pero una serie de horribles asesinatos comienza a ocurrir y él será el principal sospechoso. El asesino es un tipo enmascarado matando gente para que no vendan una mina… bien podría ser un episodio de Scooby Doo.
Por supuesto, creo que debo empezar hablando sobre el elefante en la habitación: hay que ver esta película en 3D. No se trata de una de esas pelis que fueron filmadas en formato normal y luego convertidas, o de ésas que se pensaron en tercera dimensión y se filmaron de forma que no se perdiera mucho con la transición en 2D.
El efecto de 3D está muy bien trabajado y es un elemento narrativo importante para la película. La mayoría de las escenas de muertes, que son bastante ingeniosas, están pensadas para sacar el máximo partido a este recurso. Casi como en un ride de parque temático, la película se divierte junto con el público jugando con la tercera dimensión. Si no me creen, chequen cómo incluso el atuendo de Jaime King al inicio de la peli está pensado para que su busto resalte con el efecto y… bueno, hay una escena de sexo y desnudos íntegros en tercera dimensión, lo cual es poco común ‒en una película mainstream‒.
También el 3D es importante porque nos distrae y evita que veamos lo mala que es la película en realidad.
La cinta no es un remake directo de la original, sino que trata de ser una cosa aparte y sólo seguir los puntos clave de la versión de 1981. Esto tiene sus ventajas y desventajas. Por un lado, está padre tener cosas nuevas… por el otro, es una lástima que sean tan predecibles. Creo que lo que más me llamó la atención sobre esta peli es lo increíblemente irrelevante que resulta la celebración de San Valentín para la trama.
Por otro lado, la película medio mantiene la ambigüedad sobre la identidad del asesino que manejaba la cinta original. Por desgracia, el guión es bastante torpe y la vuelta de tuerca del final, que resulta un sinsentido tan chapucero como aquélla de El despertar del miedo (Aja, 2003), es completamente predecible. Por cierto, esta vuelta de tuerca está basada en un final alternativo que fue filmado para la versión de 1981, pero que nunca se utilizó.
Asimismo, es interesante que la peli rehace sus propias versiones de las escenas de muerte de la versión original, como la de la caja de chocolates con el corazón adentro, la de la secadora de ropa o la del vestidor de los mineros con los trajes colgando del techo; pero tiene que jugar y acomodar el contexto para que funcionen con el nuevo guión.
Hablando de las escenas de muerte interesantes, esta película tiene muchas y la mayoría son creativas y divertidas. Diego, es para lo que uno ve un slasher, ¿no? Durante mucho tiempo, tuve la impresión de que este remake era, de hecho, menos sangrienta que la versión de 1981; pero ahora dudo. La edición extendida de la versión original es súper sangrienta; pero este remake tiene personas abiertas en canal y mandíbulas arrancadas con zapapicos, así que ¿por qué me quedé con esa impresión inicial?
La respuesta es sencilla y tiene que ver con el principal gimmick de la película. Resulta que el color magenta necesario para que el efecto 3D funcione mata casi por completo el color rojo oscuro de la sangre; de tal forma que, a pesar de que la película es bastante sangrienta ‒y, de hecho, se divierte siéndolo‒, uno no la percibe así porque la sangre sólo se ve como manchones de color marrón oscuro.
¿Y qué sería de un slasher sin las malas actuaciones? Bueno, pues en esta película podremos disfrutar de algunas bastante malas. Pero sería un error achacarle este fallo sólo a los actores. La dirección está por todos lados y parece que cada actor está en su propio tono. Mientras algunos agarraron la onda de que ésta era una película de horror ‒sobre todo, Betsy Rue y el icónico veterano Tom Atkins en su eterno papel de policía‒, la mayoría parecen estar actuando en una telenovela completamente genérica, y la pareja principal de Ackles y Palmer parece muy empeñada en actuar un drama juvenil a la Beverly Hills 90210 (1990-2000). De hecho, es muy curioso que toda la puesta en escena de la película se siente como de serie de TV.
Por si no hubiéramos tenido suficiente con las malas actuaciones, los realizadores encontraron una forma de hacerlas ver aún peor. Al empeñarse en ponerle tanto background al triángulo amoroso central, lo único que logran es que las actuaciones se vean más falsas. En defensa de los intérpretes, eso sí, hay que decir que no tenían mucho con qué trabajar, pues los diálogos son bastante malos.
Sin embargo, al final de cuentas nada de esto importa realmente. Sí, la película es mala y es aún peor cuando se le compara con la original ‒que, a pesar de ser uno de mis slashers favoritos, no es ningún portento‒; pero resulta tremendamente divertida. El efecto de tercera dimensión está increíble y las tomas de asesinatos desde el punto de vista de las víctimas son súper divertidas.
Esta peli es una buena selección para un maratón de películas de terror con pizza, cerveza y buenos amigos. Sobre todo, hay que verla en 3D y en su versión extendida, y así uno olvida que es uno de los remakes menos logrados de los slashers clásicos, que le sobran escenas o que el epílogo es una fábrica de cringe.
PARA LA TRIVIA: La escena en la que Irene (Betsy Rue) corre completamente desnuda por el estacionamiento del motel no sólo fue la primera escena de desnudo en la carrera de la actriz, sino que también fue su idea. La Rue comentó en una entrevista que se esforzó por darle un poco más de profundidad a la escena y que se sintió muy satisfecha con el resultado final que, definitivamente, fue mucho más de lo que los realizadores esperaban originalmente.
Viernes 13 parte VIII: Jason invade Manhattan (Hedden, 1989) fue un fracaso de crítica y con los fans; pero, sobre todo y más importante, fue un fracaso de taquilla. Ante tan pobres resultados, Paramount Pictures vendió los derechos de Jason Voorhees a la Casa de Freddy, New Line Cinema ¿El truco? ¡Sólo vendieron los derechos de ese personaje, no de la franquicia ni de los otros personajes relacionados! De tal suerte, New Line tuvo que pensar en una nueva historia de origen para el personaje y nuevos elementos que inyectaran sangre fresca a la franquicia… y fracasaron miserablemente. O sea, el esfuerzo se agradece, pero el resultado final es terrible.
Ignorando completamente los eventos de la octava parte, Jason va al Infierno inicia cuando un comando del FBI logra emboscar al asesino y destruirlo. Sin embargo, Jason es más que sólo su cuerpo físico y su espíritu maligno (que resulta ser un mono de hule) se transfiere al forense que le realiza la autopsia cuando éste devora su corazón aún latiente. Ahora, Jason poseerá los cuerpos de varios habitantes del pueblo de Crystal Lake hasta encontrar el que necesita.
Originalmente, la película se titularía Jason Takes L.A. y vería a Voorhees llegar a la metrópolis californiana durante una guerra de pandillas que tendrían que aliarse para destruirlo. Sin embargo, esta idea fue desechada y se comisionó a Dean Lorey para escribir un guión, cuando el guión original de Jay Hugueley resultó demasiado rebsucado e imposible de filmar.
La propuesta del director novel Adam Marcus era una continuación directa de la séptima entrega en la que Jason era sacado del fondo del lago por su hermano gemelo perdido quien, a través de un laboratorio casero, robaba sus poderes para continuar con los asesinatos y ser detenido por Tommy Jarvis. Sin embargo, New Line no tenía los derechos del personaje de Jarvis ni de muchos otros elementos necesarios para filmar este guión, por lo que fue severamente cambiado. El personaje de Steven (John D. LeMay) originalmente sería Jarvis.
El guión que resultó al final es un galimatías rebuscado y sin sentido que parece más apropiado para una película de Halloween que para una de Viernes 13. Ahora que lo pienso, La maldición de Michael Myers (Chappelle, 1995), sexta entrega en la franquicia, comparte sospechosas similitudes con esta película. Sobre todo, con la aparición de ese misterioso personaje al que me gusta llamar “El Charro Negro” (Steven Williams). De hecho, New Line Cinema estaba por cancelar el proyecto, por lo que fijó deadlines imposibles para la preproducción. De tal suerte, el guión se escribió en tan sólo cuatro días… y se nota.
Otro factor que dificulta la comprensión del argumento de esta película son los errores derivados de la inexperiencia de su director. Debido al vertiginoso plan de producción, Marcus se limitó a filmar las escenas que necesitaba, pero prácticamente nadie revisaba el material. En consecuencia, al terminar la filmación prácticamente la mitad de las tomas eran inutilizables, por lo que la película se terminó de armar con reshoots, tomas reutilizadas y el montaje. A esto súmesele que la actriz Kari Keegan abandonó la filmación a medio proceso por su mala relación con el director. Si ponen atención, notarán que su personaje prácticamente desaparece a media película sin justificación alguna.
Lo demás es tan malo como uno esperaría de una película de Viernes 13… excepto porque no tiene mucho que ver con Viernes 13. Según parece, el menor problema de esta película son sus pésimas actuaciones. Eso sí, vuelven los desnudos gratuitos y, de hecho, el primero aparece cuando la película apenas lleva 4 minutos. También son interesantes las referencias a otras cintas del género, como la changuera reutilizada de Los pájaros (Hitchcock, 1963), la mención a la casa Myers, la caja con el sello de la Expedición Antártica que apareciera en Creepshow (Romero, 1982) o, la más obvia de todas, la inclusión del Necronomicon y la daga de El despertar del Diablo (Raimi, 1981).
De hecho, Marcus originalmente quería que Jason va al Infierno sucediera en el mismo universo que El despertar del Diablo. La justificación sería que Pamela Voorhees utilizó el Necronomicon para resucitar a Jason y por eso se volvió inmortal. Sin embargo, ni New Line ni Warner Bros. ‒distribuidores de la cinta‒ tenía los derechos de la saga de Sam Raimi, por lo que la idea fue desechada, quedando sólo como un easter egg con los props de Evil Dead… que el director tomó sin permiso. Además, casi en cada secuela los productores le pedían a Betsy Palmer que repitiera su papel como la mamá de Jason, pero ella siempre se negó cobrando honorarios imposibles, pues odiaba la primera película.
Quizá el único elemento rescatable de la cinta son los efectos de maquillaje, cortesía del estudio KNB Group, quienes también se encargaron del maquillaje en Las crónicas de Narnia: el león, la bruja y el ropero (Adamson, 2005), Depredadores (Rodriguez, 2010), The Walking Dead (2010-2022). Algunos de sus efectos son de verdad increíbles y la escena del cadáver derritiéndose es tan impresionante que casi da lástima que sea parte de esta película.
De tal suerte, la primera incursión de New Line Cinema en la franquicia de Viernes 13… o no, cuestiones legales, es probablemente la entrega más pobre en una franquicia de películas malas. Quiero decir, ya antes había habido entregas de Viernes 13 que eran casi incomprensibles; pero en ésta ¡prácticamente ni siquiera sale Jason! Quizá lo único que vale la pena además de los efectos de maquillaje sea el epílogo que prometía una confrontación que tardó diez años en materializarse.
PARA LA TRIVIA CON SPOILER: Kane Hodder, el favorito de los fans, interpretó a Jason Voorhees en esta cinta. También es suyo el brazo que sale de la tierra para llevarse la máscara de Jason. Técnicamente, eso convierte a Hodder en el único actor que ha interpretado tanto a Freddy como a Jason.
El género de terror es, probablemente, el más subestimado del cine. Visto con deferencia por los productores, con desprecio por la crítica y con espanto por los padres de familia, se trata de un género que es subversivo desde sus orígenes. De entre todos sus subgéneros, uno de los más polémicos es el slasher: aquellas películas en las que un asesino misterioso, generalmente enmascarado, da cuenta brutalmente de un grupo de víctimas.
Del mismo modo, el slasher es un subgénero con el que los psicoanalistas han hecho sus delicias y sobre el cual pesan no pocas acusaciones –fundadas o no, eso sigue siendo tema de debate– de misoginia. Empero, una de las grandes ventajas de ser una forma de entretenimiento fuera del discurso hegemónico es que se pueden incluir subtextos verdaderamente incendiarios en las obras. Algunas películas, incluso en épocas tan tempranas en el desarrollo del tan codificado subgénero slasher como principios de los 80, se han puesto a jugar con las reglas del mismo, dando lugar a películas que resultan subversivas incluso contra el subgénero mismo. Masacre en la fiesta es un ejemplo de ello.
El argumento no podría ser más genérico: un grupo de chicas de bachillerato en un pueblito californiano están preparando una pijamada de fin de semana en la casa de una de ellas mientras sus padres se encuentran de viaje. Por supuesto, los chicos no están invitados, ni tampoco la chica nerd e impopular. Con lo que las muchachas no cuentan es con que un asesino maniático, recién escapado del hospital psiquiátrico, anda suelto por la ciudad esgrimiendo un gigantesco taladro de construcción y está deseoso de asistir a su fiesta.
Producida con un ínfimo presupuesto de apenas USD$250000 por New World Pictures, la compañía del legendario Rey de la Serie B, Roger Corman, esta película tuvo el éxito suficiente como para dar origen no sólo a una trilogía, sino a todo un sub-subgénero.
Por supuesto, lo primero que llama la atención de esta cinta es que es uno de los primeros y únicos slashers creado exclusivamente por mujeres.
La directora, Amy Holden Jones, inició su carrera en la industria cinematográfica como editora. Originalmente, estaba apalabrada con Steven Spielberg para colaborar en la edición y montaje de E.T. el extraterrestre. Sin embargo, dicho proyecto se retrasó indefinidamente porque Poltergeist: juegos diabólicos (Hooper, 1982), producida por Spielberg, se salió de presupuesto y de programa. Ante la falta de claridad con E.T, Jones decidió abandonar el proyecto y acudió a Roger Corman, pidiéndole la oportunidad de dirigir. El Rey de la Serie B le dijo a Jones que su trabajo como editora y directora de documentales era bueno; pero que necesitaba verla dirigir un largometraje de ficción. Jones quedó intrigada con un guión titulado Sleepless Nights, que encontró en el archivo de guiones desechados de New World Pictures, lo rescató, reescribió algunas de las escenas y decidió filmarlo.
Dicho guión era obra de Rita Mae Brown. Al momento de escribir el guión, la Dra. Brown ya era reconocida como una prolífica escritora de novelas de misterio, además de una comprometida activista feminista, por los derechos de la comunidad LGBTQ+ y los derechos de los animales. Brown siempre sostuvo que esta película fue escrita como una sátira del subgénero slasher.
La película ha sido motivo de controversia desde su estreno. Muchos críticos señalan la contradicción entre manejar un discurso feminista en el filme y aun así mostrar sendas escenas de explotación y desnudos gratuitos. De hecho, en su momento, Masacre en la fiesta fue una de las películas de terror con mayor número de escenas de desnudos…vamos, la primera toma de este tipo llega antes de que la película lleve cinco minutos.
Jones señala que filmó estas escenas casi obligada por Corman y hay un elemento que me parece que es la clave para inferir su verdadera intención: en la secuencia de las regaderas, las muchachas realmente se están bañando; al contrario de la mayoría de escenas de este tipo, en las que las actrices sólo acarician sus cuerpos sin realizar ninguna tarea evidente. “Sea explotación como tal, un filme slasher genérico o una aproximación satírica al subgénero, la mayoría de las feministas claramente no entendieron el chiste”[1], dice el escritor y cineperiodista especializado en cine de género J. A. Kerswell (129).
Al mismo respecto, pero en sentido opuesto, el guionista, productor y crítico cinematográfico Adam Rockoff (2002) opina[2]:
“… como sea, aquéllos que esperaban alguna empoderadora declaración feminista, una crítica mordaz a la evidente misoginia endémica en las cintas salsher[3], quedaron dolorosamente decepcionados. Mientras Jones y Brown insistieron en que Masacre en la fiesta era una parodia, y a pesar del hecho de que en la escena clímax del filme el asesino es castrado simbólicamente cuando la punta de su arma fálica es cortada, a veces un taladro eléctrico es sólo un taladro eléctrico, aún si es usado para hacer brochetas en una casa llena de bellezas adolescentes medio desnudas. Masacre en la fiesta no era diferente de cualquier salsher film[4]que proporcionara un poco de tetas y traseros softcore[5] junto con una serie de asesinatos inverosímiles. El hecho de que alcahueteé a su público objetivo al fingir ser algún tipo de llamado colectivo intelectual a la sororidad femenina lo hace aún más reprochable”. (138-139)
Rockoff quizá está siendo demasiado severo en su crítica y, definitivamente, creo que peca de polarizador. Si bien es cierto que el discurso de Brown y Jones cae en contradicciones con el producto final visto en pantalla, también es cierto que éste no se diluye. Creo que el guionista y crítico está pasando por alto los muchos aciertos de la cinta y que sí se ven claramente en pantalla. No, Masacre en la fiesta no es un manifiesto feminista intelectual y panfletario porque no necesita serlo. A final de cuentas, es una película de serie B cuyo objetivo es el entretenimiento y si, en medio de ese entretenimiento, encuentra la oportunidad de insertar un discurso político bastante oportuno, bien por ella.
A este tipo de críticas, Jones contesta:
“Eso fue lo que Roger Corman, el productor, pidió y así es como se hace, le das al estudio lo que quiere. Nadie se queja de que Scorsese, Jonathan Demme y Ron Howard hicieron películas de explotación, pero cuando una mujer lo intenta la llaman hipócrita y vendida. Eso es mierda”.[6]
El mensaje de la película es claro: los hombres son idiotas. Durante toda la cinta, los personajes masculinos son golpeados, empujados, tirados, maltratados, humillados y, ultimadamente asesinados. Kerswell (128) refiere que: “… Al respecto de la violencia, Jones la acumula contra los personajes masculinos y, de alrededor de nueve cuerpos, seis son hombres; ‘… Quizá estaba desquitándome de todos los molestos chicos adolescentes que conocí’ dice [Jones]”. También es muy evidente que los chicos en esta película se comportan de manera inmadura y con más lascivia que inteligencia.
Por el contrario, los personajes femeninos son por demás interesantes. De hecho, me llamó mucho la atención que, a pesar de tratarse de un slasher, el guión sí se esfuerza por tratar de desarrollar estos personajes. Del mismo modo, las muchachas en esta película no son víctimas pasivas que se quedan paradas esperando estúpidamente la hora de su muerte; sino personajes activos que piensan, planean, contraatacan e incluso se toman un momento para hacer una escena completa en la que discuten sobre masturbación femenina.
De hecho, es el único slasher donde recuerdo que un personaje –femenino, por supuesto– dice la típica frase “I’ll go check” (“Iré a revisar”) y otro personaje se ofrece a acompañarla. Lo cual nos lleva a otro tema constante en esta película: las muchachas van juntas a todos lados. Cuando las mujeres permanecen juntas son prácticamente invencibles, mientras que, cuando se separan, resultan muertas.
Otro elemento sobresaliente en esta cinta es el asesino. A diferencia de los homicidas con estilizadas máscaras de otros slashers, el psicópata de Masacre en la fiesta es cualquier Juan Pérez ataviado con una chamarra de mezclilla y una playera. No hay misterio. Desde el principio el público sabe exactamente quién es el asesino, lo cual es en cierto modo realista. También me gusta que, en aras de cierto realismo, pero más de la sátira, nadie nota el rastro de cadáveres del lunático; aun cuando éstos se acumulan a plena luz del día. Finalmente, la toma en la que vemos la silueta del largo taladro justo en la entrepierna del homicida lo dice todo.
Asimismo, creo que éste es el único slasher que he visto en el que se muestra cómo el homicida arrastra, carga y acomoda los cuerpos de sus víctimas. La confrontación final, en la que el asesino es simbólicamente castrado y literalmente mutilado ‒y estoy seguro de que el hecho de que le corten la mano también es un simbolismo sobre la masturbación o algo así‒ y su subsecuente muerte resultan verdaderamente satisfactorias.
En el apartado técnico, me parece que los mayores aciertos de la cinta están en la fotografía, que es bastante buena, y la narrativa visual es creativa y eficiente. Del mismo modo, la edición y el montaje de la cinta son brillantes.
Por otro lado, las actuaciones son tan malas como cabría esperar de una cinta de terror de bajo presupuesto de los 80. Y, por supuesto, el casi cliché de los actores treintones que interpretan a chavos de prepa está presente. Algunos de los hombres que aparecen en la película deberían estarse preocupando más por su próstata que por un asesino maniático.
La cinta no está exenta de algunos buenos sustos, aunque en realidad, las escenas de mutilación y asesinatos están en un tono mucho más satírico. Por ejemplo, el cadáver dentro del refrigerador que nadie parece notar o el repartidor de pizzas al que le sacan los ojos –que quienes sigan la corriente freudiana dirán que es otro símbolo de castración–. Por cierto, cuando el cadáver del repartidor está tirado en el piso, hay un par de tomas en las que se ve que el actor pestañea debajo del maquillaje.
En conclusión, Masacre en la fiesta es un slasher un tanto olvidado que, más de una década antes del Scream(1995) de Wes Craven, se atrevió a burlarse de las convenciones del género y deconstruirlas. Quizá por la forma en la que fue producido, este discurso con perspectiva de género quedó un poco relegado; pero es, sin duda, una película entretenida y divertida y sí, quizá no está a la altura de los clásicos del slasher, pero se disfruta de principio a fin. Obviamente, recomiendo por completo esta película para una pijamada… ¿las adolescentes aún hacen eso?… ¿Las adolescentes de verdad alguna vez lo hicieron?
PARA LA TRIVIA: Durante la proyección prueba en un cine en Hollywood Boulevard, la directora, Amy Holden Jones, se encontraba entre el público y quedó asombrada por sus reacciones. Desde el inicio de la cinta, la gente gritaba, se reía, aplaudía, hacía sonidos de taladro y le gritaba a los personajes en la pantalla. Jones salió de la sala y se encontró con Roger Corman, quien estaba escuchando todo desde el lobby. Ella, preocupada, le preguntó: “Dios mío, Roger, ¿qué hemos hecho?” A lo que él contestó: “Hemos tenido el mejor preestreno en la historia de New World”.
BIBLIOGRAFÍA:
Kerswell, J.A. (2018), The Teenage Slasher Movie Book. Fox Chapel Publishing, Pennsylvania.
Rockoff, Adam (2002), Going To Pieces: The Rise and Fall of the Slasher Film, 1978-1986. McFarland & Company, Inc. Publishers, USA.
Llegados a este punto, ¿qué más podemos decir de las películas de la saga Viernes 13? Son malas; pero, por supuesto, eran muy redituables, por eso hicieron esta octava entrada. A pesar del cambio de locación prometido en el título y un poco arriesgado intento de cambio en la dinámica, la película no ofrece nada nuevo y ya ni siquiera es tan entretenida. En un sentido estricto, ésta es la última cinta de la saga original y la última realizada por Paramount Pictures antes de que los pobres resultados en taquilla de esta entrega los llevara a vender los derechos del personaje a New Line Cinema.
En esta entrada de la gastada fórmula, un grupo de graduados del bachillerato renta un crucero –que es más bien un barco de carga adaptado– para realizar un viaje de Crystal Lake a Nueva York –lo cual es geográficamente imposible–. Por supuesto, no se tratará de un viaje de placer, pues además de que Charles McCulloch (Peter Mark Richman), el cuadrado director de la escuela, se la pasará jodiéndolos durante todo el camino, Jason Voorhees (el favorito de los fans, Kane Hodder) ha resucitado y aborda el barco en calidad de polizón para seguir con su pasatiempo favorito.
Lo primero que salta a la vista, claro, es que estos chavos se han de haber graduado de la prepa como a los 25. De hecho, es muy chistoso que Tiffany Paulsen, quien interpreta a la porrista rubia y super bitch parece que se ve cada vez mayor en cada escena en la que sale. Jensen Daggett, quien interpreta a la protagonista, Rennie, hay que decirlo sí tenía 19 años al momento de la filmación.
Como las cintas anteriores, ésta inicia con una recapitulación de las siete entradas anteriores, por si alguna de ellas estaba rentada en tu videoclub de confianza y porque la trama ha de ser bien pinche compleja, seguramente. Luego pasa a una de las escenas de sexo más tibias y autocensuradas de toda la franquicia –que es la más explícita de esta peli– y a la hilarante resurrección de Jason. El ancla de un yate en Crysal Lake troza un cable submarino de alta tensión y la corriente eléctrica devuelve la vida al malvado Voorhees.
Y ésa es una de las escenas más coherentes de toda la película. Digo, tiene más sentido que Julius (Vincent Craig Dupree) tratando de matar a Jason con golpes de box en una azotea… y que Jason aplique la de Homero Simpson: deja que lo golpee hasta cansarse para después volarle la cabeza de un manotazo. Y, sin duda, tiene más sentido que toda la secuencia de la persecución a bordo de la patrulla, en la que Jason ¿se teletransporta? Porque parece que lo hace, pero nunca queda claro. También me intriga por qué tienen que hacer tarea en su viaje de graduación y por qué McCulloch los está fastidiando todo el maldito tiempo; pero, sobre todo, ¿cómo lograron meter un barco tan grande en Crystal Lake y cómo le hace éste para llegar a Nueva York?
Otro misterio que se maneja en la cinta es el trauma que tiene Rennie con el agua y sus visiones de Jason niño (Tim Mirkovich) ahogándose; aunque quizá la cinta mantiene este misterio por demasiado tiempo para su propio bien. Para cuando se explica su causa y que McCulloch es aún más imbécil de lo que parecía, francamente ya a nadie le importa. Porque, dicho sea de paso, para ser una Final Girl, Rennie es bastante poco carismática. Tampoco queda muy claro qué relación hay exactamente entre Rennie y Sean (Scott Reeves). Quiero decir, sabemos que son novios… creo; pero nunca se portan realmente como tales.
Es un hecho que nadie ve estas películas por las actuaciones y esto creo que ya lo he mencionado en todas las críticas de las siete películas anteriores, así que no veo el caso en volver sobre el punto.
Aun cuando las actuaciones no fueran tan malas, el guión no le da mucho con qué trabajar a los actores. Los personajes si acaso están esbozados –¿para qué escribimos personajes si tenemos clichés?– y son poco interesantes. De hecho, son tan anodinos que hay una escena en la que aparece mágicamente un grupo de estudiantes que jamás antes habían aparecido en la cinta… sólo para desaparecer en la siguiente escena. Después inferimos que murieron todos ahogados… no es que importe, claro.
Lo que nos lleva a uno de los puntos más decepcionantes de la cinta: es increíblemente tibia en todo. Las escenas de sexo son demasiado tímidas y, lo peor, los asesinatos son de lo más chafa. Hay pocas muertes explícitas en la película y las que sí se muestran son poco impactantes. Es una de esas películas en las que la gente no tiene sangre. Quizá la escena de muerte más interesante es la chica asesinada a guitarrazos, cuya muerte vemos desde su punto de vista. Me parece que el peor ofensor es la escena en la que Jason degüella al almirante Robertson (Warren Munson): es evidente que el efecto especial del maquillaje no funcionó en cámara –la sangre no brota de la herida cuando debería– y la solución fue ralentizar la toma en la edición. Se ve terrible.
A este respecto, puedo decir que el maquillaje también es bastante deficiente. Kane Hodder es el intérprete de Jason favorito de los fans y su actuación en esta cinta es bastante decente; sin embargo, el maquillaje prostético que lo convierte en Voorhees se ve por demás barato. Si uno pone atención, se nota perfectamente dónde terminan los prostéticos en sus antebrazos y en una de las tomas finales, cuando Jason está tratando de subir por la escalera de la alcantarilla con la cara derretida por residuos tóxicos y le hacen un primer plano, se nota que más que prostéticos trae una máscara completa como de Halloween… y una mala, por cierto.
De hecho, toda la película se ve bastante barata. Originalmente, el director y guionista Rob Hedden había escrito escenas que sucedían en el Madison Square Garden, el Puente de Brooklyn y el Edificio Empire State; pero, pues filmar en Nueva York es muy caro, por lo que los productores lo obligaron a reescribir la película para que la mayor parte de la historia transcurriera en el barco. Me dio mucha risa la escena en la que están en el Metro y se nota inmediatamente que no es el Metro de Nueva York. Por cierto, la mayoría de las escenas en callejones y azoteas fueron filmadas en Vancouver. Ah, pero eso sí, hay un par de tomas de stock en la Gran Manzana y la secuencia en Times Square… como para que no fuera uno a decir que no se fueron a NY a filmar.
Por cierto, Hodder comentó alguna vez que la secuencia en Times Square fue una de las que más disfrutó filmar. La gente se apiñaba en las calles aledañas a la icónica locación en el centro de Manhattan para poder ver la filmación. Hodder nunca se quitó la máscara durante la filmación de estas escenas para no arruinar la ilusión e incluso, en los descansos entre tomas, continuaba en personaje y veía a los mirones fijamente de manera amenazadora. También se cuenta que, durante la filmación de las escenas de muertes, luego de que el director gritara “corte”, a Hodder le gustaba hacer bailecitos y payasadas para hacer reír a sus compañeros.
SPOILER Aunque dudo que se hayan reído tanto como yo con el final, cuando Jason, cual si de Pinocho se tratase, ¡se convierte en un niño de verdad! En el guión original, el cuerpo de Jason era disuelto completamente por el ácido y su alma era liberada. TERMINA SPOILER Sin embargo, los productores decidieron cambiarlo para poder resucitar a Jason en una posible secuela.
Viernes 13 parte VIII: Jason invade Manhattan es, junto con Freddy vs Jason (Yu, 2003), la película más larga de toda la franquicia. También fue la cinta que menos dinero recaudó en taquilla. Hay algunas escenas divertidas en esta película; pero la verdad es que no es tan disfrutable y se vuelve aburrida por momentos. De hecho, la cinta fue tan decepcionante que Hedden se ha disculpado varias veces con los fans por ella y, a la larga, terminó desconociéndola. Lo que se sabe, por las entrevistas y audiocomentarios de la película, es que el reparto se la pasó genial durante la filmación e incluso se reunieron para ver un maratón de las siete películas anteriores la noche justo antes de iniciar la filmación… ¡Qué bueno que al menos ellos se divirtieron con esta madre!
PARA LA TRIVIA: Los actores también notaron el hueco en el guión en el que sería imposible que el barco, apropiadamente llamado “Lazarus”, llegara de Crystal Lake al Océano Atlántico. Ninguno de ellos mencionó nada al director porque estaban muy emocionados por aparecer en una película de la saga y decidieron pasarlo por alto.
¿Una nueva secuela de Scream? ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo pueden seguir sacando películas de esa franquicia? ¿En serio? Digo, de Halloween han sacado doce películas, lo mismo que de Viernes 13; por lo que las ocho entradas de Pesadilla en la calle del Infierno o de La masacre de Texas se ven modestas en comparación. Así que una quinta entrega de Scream no me parece una exageración; particularmente, porque las cintas de esta saga son diferentes a los demás slashers. Creo que la principal preocupación que teníamos los fans de esta franquicia era ¿Cómo sería la primera película de Scream en la que no estaría involucrado Wes Craven, director de las cuatro anteriores? ¿Acaso se convertiría la nueva Scream en una de esas secuelas-reboot protagonizadas por personajes poco carismáticos que son ayudados por los personajes originales de la saga y que tratan de compensar su falta de sustancia con referencias a la cinta original y nostalgia que se han convertido en el grueso de las producciones no de superhéroes de Hollywood actualmente? La respuesta es un rotundo sí y ése es precisamente el punto de la película.
Tara Carpenter (Jenna Ortega), una adolescente del infame pueblo de Woodsboro, es brutalmente apuñalada por un misterioso atacante que usa el disfraz de Ghostface e interroga a sus víctimas con trivias de la serie de metapelículas Stab. El ataque llama la atención de Sam (Melissa Barrera), hermana mayor de Tara, quien abandonara a la familia cinco años atrás y que ahora regresa a Woodsboro para ayudar a su hermana. Sam busca el consejo de Dewey Riley (el buen David Arquete), ex sheriff de Woodsboro, quien ha vivido los ataques de Ghostface desde el inicio… y, claro, el asunto llamará la atención de la reportera Gale Weathers (Courteney Cox) y Sidney Prescott (la Scream Queen de la Generación Millennial, Neve Campbell).
Con frecuencia, la fórmula en las franquicias slasher se agota rápidamente, las secuelas empiezan a echar mano de recursos cada vez más baratos, y las inconsistencias y errores de continuidad comienzan a hacerse cada vez más infranqueables. En el caso de Scream esto, muy lejos de perjudicarle, le beneficia.
Cada una de las películas de la franquicia es una autoparodia. Me queda muy claro que, como bien lo señala el guionista y teórico cinematográfico Adam Rockoff, feroz detractor de la saga, Scream no fue el primer slasher autoconsciente y que muchas películas, incluso desde la Edad de Oro del Slasher, se dedicaron a pitorrearse de los excesos y lugares comunes del subgénero. La diferencia es que Scream ha sido la más inteligente. La dinámica de la franquicia ‒por la cual, en su época los teóricos la llamaron slasher posmoderno‒ consiste en una deconstrucción: tomar los lugares comunes del subgénero slasher, llevarlos al absurdo hasta que sean imposibles de sostener y después construir algo nuevo sobre ellos. Esa dinámica se mantiene en esta secuela o, como la llaman los propios personajes, “recuela”.
Creo que el punto más fuerte de esta entrada es el guión, que es básicamente un análisis metatextual bastante inteligente y ácido, tanto de las secuelas “legacy” ‒o “recuelas”‒ como de la película misma que utiliza sus recursos de manera eficiente. Quizá lo más genial son los chistes sobre el fandom tóxico y, como siempre en las películas de esta saga, los chistes autorreferenciales. Un chiste local muy interesante es que, si uno es un fan de la saga desde el inicio, inmediatamente descubrirá quién es el asesino y la película básicamente te da una palmadita en la espalda por eso. La película se la pasa lanzando guiños a los fans y pataditas a los villamelones; pero tampoco tiene reparos en dar un par de bofetadas a los fans de antaño si eso contribuye a desarrollar la historia… es como si Los últimos Jedi (Johnson, 2018), sobre la que también se burlan en esta película, estuviera bien hecha.
También me gustó cómo esta película se burla de las rebuscadas relaciones familiares que las secuelas “legacy” tienen que establecer, enredar y malabarear para que los personajes originales tengan alguna relación con las entregas recientes.
Un elemento muy llamativo de esta película es la violencia. Aunque me parece que la entrega más sangrienta de la saga sigue siendo la cuarta ‒recordemos que fue en la primera década de este siglo cuando el gore fue incorporado en el mainstream‒, esta cinta no escatima en sangre y me gustó la forma en la que se muestran los asesinatos a lo largo de la película.
Como debía ser los actores de la serie original se llevan de calle a los nuevos. Me parece, eso sí, que los nuevos actores hicieron a sus personas anodinos a propósito y, a ese respecto, puedo decir que sus interpretaciones son sobresalientes… después de todo, sería parte del chiste, ¿o no? Me gustó mucho Jasmin Savoy Brown en el papel de Mindy Meeks-Martin.
Siempre es una delicia ver a Neve Campbell volver al papel de Sidney Prescott. Aunque Campbell no quería regresar para esta entrada por la ausencia de Craven, una carta en la que los directores expresaban lo mucho que el cine del difunto director significaba para ellos la hizo cambiar de opinión. También regresan Courteney Cox como Gale Weathers y David Arquette como Dewey Riley… y la verdad es que se disfruta mucho, SPOILER como también se sufre la muerte de Dewey de manera sorprendente. El cuate nunca pudo volver a ver a Sidney ni reconciliarse con Gale, ¡así es como se mata un personaje “legacy”, Disney! TERMINA SPOILER También está de regreso Marley Shelton, cuyo personaje de Judy Hicks ha sido ascendido a sheriff en esta entrada.
Para estos momentos, la película ya superó a Spider-Man: No Way Home (Watts, 2021) en recaudación de taquilla y ha recibido en general buenas críticas… creo que las únicas personas a las que no les ha gustado la película son aquéllas quienes no entendieron las películas de Scream desde un principio. A mí me pareció una película bastante decente y, sin duda, me gustó muchísimo más que Halloween Kills: la noche aún no termina (Green, 2021). Ambas películas hacen las mismas tonterías, la diferencia es que Scream tiene el buen gusto de burlarse de ello. Así pues, la saga creada por Wes Craven y Kevin Williamson ‒quien se mantiene como productor de esta entrada‒ sigue demostrando que, si una franquicia slasher es capaz de reinventarse en cada entrada, ésa es Scream.
PARA LA TRIVIA: David Arquette es un instructor certificado del método de pintura al óleo de Bob Ross y le daba clases a sus compañeros durante los recesos del rodaje.