Recuerdo que la película anterior de Godzilla me gustó. Recuerdo que me pareció que le faltaba más Godzilla; pero en general eso se compensaba con un drama humano moderadamente interesante y que, sobre todo, tendía la línea para lo que vendría después. Tenía confianza en que la siguiente película corregiría los fallos de la versión de Gareth Edwards. Después vino Kong: la Isla Calavera (Vogt-Roberts, 2017), cuya escena post-créditos revelaba que Kong no estaría sólo, sino que formaría parte del universo de kaijus del que Godzilla era parte. Por supuesto, lo primero que me vino a la mente fue un remake de la espantosa King Kong vs Godzilla (Honda, 1962). Empero, antes de llegar a tal contienda fílmica, Warner Bros. decide preparar el terreno con esta secuela que resulta ser una de las películas más decepcionantes que he visto en los últimos años.
La historia sucede 5 años después de la película anterior, cuando la Dra. Emma Russell (Vera Farmiga), quien ha diseñado un aparato que puede medio controlar a los kaijus –aquí llamados “Titanes”–, y su hija, Madison (Milie Bobby Brown, en su debut en la pantalla grande), son secuestradas por un comando ecoterrorista con un plan siniestro: liberar a los titanes alrededor del mundo para restaurar el equilibrio original del planeta. Cuando Mark Russell (Kyle Chandler, quien curiosamente también estuvo en King Kong de Peter Jackson [2005]), exesposo de Emma, intenta rescatar a su familia, descubre que quizá nuestra única salvación es precisamente nuestro mayor amenaza: Godzilla… a quien nadie ha visto por cinco años.
El de Godzilla es uno de los cánones más revueltos de la cinematografía. Con viajes en el tiempo, invasiones alienígenas y errores de continuidad, la franquicia desarrolló cuatro líneas temporales diferentes –seis, si se toman en cuenta las películas americanas– que se intersectan, se superponen y se contradicen simultáneamente. Esta nueva saga constituiría una quinta –o séptima– línea temporal, producida en EE.UU. y sin relación con las otras. Si ustedes creían que el canon del Universo Marvel era confuso, intenten con el de Toho, en el que hasta el monstruo de Frankenstein quedó incluido…
Por supuesto, nadie va a ver una película de Godzilla esperando Shakespeare. Lo que es más, la gran mayoría de las películas de Godzilla pueden catalogarse en la sección de “Malas” o “Chafas”, así que mis expectativas eran bajas, pensando que, mientras la cinta entretuviera, estaría bien. Pero ni siquiera eso pudo hacer…
Uno de los puntos más flacos de la película es, sin duda, su guión. Está tan atiborrado de clichés y lugares comunes que cuando los predecibles giros de tuerca llegan, hasta parecen brillantes. Pero no lo son, en especial si uno ha visto otras pelis del Universo Cinematográfico Toho. Como sea, los diálogos son acartonados, el argumento es poco interesante y, en general, trataron de llenar los huecos de la película con un drama humano que no podría ser más predecible o soso. La película trata de abarcar demasiado y, en su empeño, aprieta poco.
Creo que eso fue lo que realmente me molestó de la película. De verdad, uno no espera un buen guión o historias profundas en una película de éstas… digo, se agradece, pero no es lo que uno está buscando necesariamente en el cine de kaijus. Con la tecnología actual sería muy fácil crear impresionantes y sobrecogedoras batallas de monstruos gigantes destruyendo todo a su paso… y, sin embargo, en esta película deciden no hacerlo. Prefieren centrar el foco de atención en el conflicto humano superfluo que ni está bien escrito, ni está bien interpretado y está dirigido con las patas. Más de una vez me pasó que simplemente quería que los actores se quitaran del primer plano y me dejaran ver la pelea de kaijus en el fondo. Esta porfía de la peli llega al punto el ridículo cuando, durante la batalla final entre Godzilla y King Ghidorah, la cinta prefiere mostrarnos la búsqueda de Madison entre los escombros de Boston.
De tal suerte, en la misma película tenemos a cuatro de los kaijus más representativos del Universo Toho: Godzilla, King Ghidorah, Mothra y Rodan –quien ahora es mexicano en una bonita escena filmada en la Plaza de Santo Domingo… Centro Histórico de la Ciudad de México, República de Brasil esquina con República de Venezuela, ahí a una cuadra de donde voy a comprar la fayuca–; y por otro lado, tenemos a actores del calibre de Charles Dance, Vera Farmiga, Ken Watanabe, Millie Bobby Brown o Elisa Esposito completamente desperdiciados. Los monstruos apenas si son tomados en cuenta y sus contrapartes humanas hacen un trabajo mediocre con un guión al que cuesta trabajo sacarle carnita.
Y bueno, los kaijus tampoco se ven bien todo el tiempo… la verdad es que hay secuencias que se notan mucho mejor trabajadas que otras; pero, durante la mayor parte de la peli son simplemente una masa de pixeles moviéndose torpemente de un lado a otro en medio de nubes y volutas de humo demasiado densas para poder ver nada. Quizá el diseño de Mothra era elegante, quizá el de Rodan era aterrador, la verdad es que poco puede sacarse en claro de lo que vemos en pantalla… ¡Chale! Creo que se veían más realistas cuando eran botargas.
En cuanto los monstruos hicieron sus primeras apariciones en pantalla, me emocioné. De verdad, siendo un fan de Godzilla por tanto tiempo, creo que hasta aplaudí cuando Mothra salió de su crisálida… y fue tan triste esperar y esperar y esperar durante toda la película a que hicieran algo interesante.
Anécdota curiosa: Mothra y Rodan originalmente fueron protagonistas de sus propias películas; pero pronto Toho los integró dentro de su Universo Cinematográfico cuyo hilo conductor gira en torno a Godzilla. Y, de hecho, a Mothra le debemos el haber establecido a los kaijus como héroes, en vez de sólo ser fuerzas destructoras.
Creo que ya me he quejado suficiente. Si bien me pareció bastante mala, la película no está exenta de lo que me creo que es un gran acierto: la música. Las aburridas batallas de monstruos gigantes se vuelven soportables gracias a la música de Bear McCreary, que retoma los temas originales de las películas clásicas con interesantes variaciones. De estos sobresalen el de Godzilla, de Akira Ifukube, y el de Mothra, de Yuji Koseki –el cual, por cierto, siempre me ha encantado–.
En conclusión, puedo decir que Godzilla II: el Rey de los Monstruos me ha decepcionado profundamente. La verdad es que incluso me pareció desesperante por momentos. La batalla final la sentí como esas veces en las que vas a un parque de diversiones, haces una fila de dos horas para subirte a un juego y, al final, ni siquiera era tan bueno. No, no esperaba un buen guión ni buenas actuaciones, pero entonces no debieron darle tanto peso a esos elementos en la cinta. A final de cuentas, creo que la peli, con sus dos horas y diez minutos de duración, falla en el objetivo primordial de una película de acción: entretener, al mismo tiempo que en el de una película de kaijus: mostrar batallas interesantes entre estos colosos.
Sea como fuere, la película ha sido un trancazo en la taquilla estadounidense y alrededor del mundo… aún no recupera su presupuesto de 200 millones de dólares; pero indudablemente lo hará en el transcurso de la semana y las secuelas están aseguradas. El próximo año veremos en la pantalla grande el prometido enfrentamiento entre Godzilla y Kong que podría o no terminar con la trilogía. ¿Cuántas películas más faltarán después del culminante duelo de titanes? ¿Qué otros kaijus serán revitalizados? Pero, sobre todo… ¿Valdrá le pena?
Por cierto, mi kaiju favorito del Universo Toho es Biollante porque… porque pues no mamen, es una rosa mutante que escupe ácido.
PARA LA TRIVIA: Los kaijus que aparecen en esta cinta son los mismos que aparecieran en la original Ghidorah: el monstruo de tres cabezas (Honda, 1964), uno de los crossovers clásicos de Toho.
Existen dos versiones de esta película: El corte original para cines de 1986, con 2 horas y 17 minutos de duración, y la Edición Especial de 1990, con 2 horas y 37 minutos de duración. La diferencia son varias escenas extendidas y otras tantas reinsertadas, incluyendo las legendarias escenas de la hija de Ripley y la de los papás de Newt. Dichas escenas dan más fuerza a la línea narrativa de la relación entre Ripley y Newt, lo que le hace más contundente a la segunda mitad de la peli. Aliens: el regreso fue la primera cinta en contar con una Edición Especial (o corte del director) comercial, que salió exclusivamente a la venta en una edición muy limitada en formato VHS, allá por 1990. La cadena de televisión estadounidense ABC a veces transmitía la Edición Especial de la peli, mientras que, en Latinoamérica, lo hacía el canal de TV por cable Cinecanal.
Si bien la primera cinta de esta saga revolucionó las películas de Ciencia Ficción, esta secuela fue la creó toda una mitología. El director canadiense James Cameron, quien había obtenido un inusitado éxito y demostrado tener buen ojo para el género con su película anterior, El exterminador (1984), y su esposa, la productora Gale Anne Hurd (actualmente productora de la serie de T.V. The Walking Dead (2010-), fueron convocados por la Twentieth Century Fox para realizar la tan esperada y tanto tiempo pospuesta secuela de Alien, el octavo pasajero (Scott, 1979).
El reto era grande y por eso mismo la casa productora se había mostrado renuente a producir la ansiada secuela. Con frecuencia, la secuela de una película de éxito cae en una de dos fallas: o los realizadores tienen miedo de echar a perder la fórmula de éxito de la cinta original y la continuación termina siendo más de lo mismo, una mera copia del original –como Shrek 2 (Adamson et al., 2004)–, o los realizadores saben que no pueden competir con la primera parte y hacen algo tan diametralmente opuesto que cuesta trabajo creer que ambas películas son parte de una misma saga –como El ejército de las tinieblas (Raimi, 1992), que oficialmente sí es la tercera parte de la trilogía de The Evil Dead–.
Casi desde que se estrenara la primera cinta, los planes para una secuela fueron puestos en marcha. La dirección en la que debía continuarse la historia era obvia: casi desde el principio, se planteó que la historia se desarrollaría en el planeta de los aliens. Del mismo modo, circularon fuertes rumores de una serie de TV basada en la primera película, e incluso una sinopsis fue incluida dentro de los estrenos de la temporada de invierno de 1980 en la revista TV Guide; pero nunca fue producida.
Cameron, de manera muy inteligente, llevó la saga en la dirección indicada: tomó los elementos más representativos de la primera entrega y los expandió en direcciones interesantes. Esclareció varios puntos sobre el comportamiento y el ciclo de vida de las criaturas, introdujo la idea de un alien reina y de una estructura social tipo colmena. Además, se redujo un bastante la dosis de horror en esta cinta para dar paso a la acción.
57 años después de los hechos narrados en la primera película, la cápsula de escape Narcisus II, en la que Ripley (Sigourney Weaver, magistral) lograra sobrevivir al encuentro con el primer xenomorfo y la subsecuente destrucción del carguero estelar USS Nostromo, por fin es rescatada y llevada a la estación espacial Gateway. Ahí, Ripley se entera de su situación y es llevada a juicio por la destrucción de la costosa nave, en el que es defendida por Carter J. Burke (Paul Reiser en el mejor papel de su carrera… sí, el mejor de los dos). Poco tiempo después, Ripley es requerida por Burke para fungir como asesora de un escuadrón de marines coloniales que van a investigar la colonia terraformadora en LV-426 –sí, el planetoide de la primera cinta, rebautizado en los cómics como Acheron– con la que se ha perdido contacto.
Al llegar al lugar, Ripley y los marines descubren que la colonia entera ha sido invadida por las criaturas –que a partir de esta cinta son llamadas xenomorfos– de las que Ripley creía haber escapado. La colonia está infestada por cientos de xenomorfos y la única sobreviviente es una pequeña niña llamada Newt (Carrie Henn). La operación sale terriblemente mal cuando los marines quedan atrapados en el nido de los alienígenas, donde tendrán que enfrentarse a peligros insospechados si es que desean salir con vida de ahí.
Creo que uno de los principales aciertos de esta película es lo bien escritos que están los personajes. Casi todos los marines están increíblemente bien delineados y son memorables a pesar de que aparecieran poco tiempo en pantalla. Con frecuencia el fallo de los personajes en este tipo de cintas es que sólo están para rellenar y, como están uniformados, a la mitad de la cinta a uno deja de importarle quién es quién –Despertar del Diablo 2 (Weisz, 2007), te hablo a ti–.
¿Cómo olvidar al noble cabo Dwayne Hicks (Michael Biehn, quien también protagonizó la película anterior de Cameron, El exterminador), al inepto teniente Gorman (William Hope), el leal androide Bishop (el genial Lance Henriksen, quien también estuvo en El exterminador), el aguerrido soldado Drake (Mark Rolston), la ruda soldado Vasquez (Jenette Goldstein, quien aparecería en Terminator 2: El Juicio Final [Cameron, 1991]) o al payaso del grupo, el soldado Hudson (Bill Paxton)?
Por cierto que Al Matthews, quien interpretó al sargento Apone, era un auténtico sargento del cuerpo de marines de EE.UU. En aras del realismo y para molestia de los actores, durante el tiempo que duró el rodaje, Matthews despertaba a todo el elenco a las cinco de la mañana para hacer ejercicio y practicar tácticas de combate como si se tratara de un escuadrón de verdad. Los resultados se ven en pantalla.
Otro de los muy grandes aciertos de la peli son los efectos especiales. A pesar de que esta cinta se estrenó hace más de treinta años, los efectos especiales apenas si han envejecido. Es más, me atrevo a decir que muchos de los efectos en esta cinta se ven aún más reales que los efectos e cualquier película siguiente de la saga… Quizá exceptuando Prometeo, pero incluyendo las terribles Alien vs Depredador. Muchas técnicas fueron utilizadas para la creación de esta cinta; pero sin duda, las que más llamaron la atención fueron las utilizadas para crear a los xenomorfos.
Las criaturas en esta ocasión fueron creadas por el gurú de los animatrónicos, colaborador frecuente de Cameron y uno de mis ídolos personales, por cierto, Stan Winston, el mismo artista detrás de los dinosaurios de Parque Jurásico (Spielberg, 1993). Winston y su equipo tomaron el diseño original de Giger y prácticamente lo “tunearon” para darle una apariencia más agresiva y más como de insecto. En vez del color negro lustroso de la primera cinta, los xenomorfos de esta son de colores marrón o azul; tienen más picos, una especie de aleta en los antebrazos, cinco dedos en las manos en lugar de seis, que además son más largos, y una cabeza llena de protuberancias y orificios en vez de la cabeza lisa de la primera cinta.
Cuenta cierta anécdota que el equipo de artistas del Stan Winston Studio estaba muy entusiasmado porque el departamento de vestuario de Twenieth Century Fox había accedido a prestarles la botarga original del alienígena de la primera cinta… hasta que lo desempacaron. Los artistas pudieron comprobar de primera mano que más de la mitad del monstruo que aparecía en la película de 1979 era creado gracias a una excelente fotografía e iluminación, pues la botarga de látex incluía un par de tenis converse y varias secciones del cuerpo en las que el staff de plano le había pegado macarrones secos pintados de negro para realzar la textura.
Sin embargo, el más grande triunfo del diseño, fruto del arduo trabajo que realizaron durante meses Winston y su equipo frente al restirador, es el alien reina. Según esta cinta, la estructura social del xenomorfo es como la de una colmena de hormigas o abejas, en la que hay una sola hembra fértil encargada de regir a todas las demás. Esta clase particular de xenomorfo mide cuatro metros de altura, tiene dos pares de brazos, un aguijón venenoso en la cola –¿de verdad una criatura que lo puede convertir a uno en brocheta con su aguijón necesita veneno?– y un característico cráneo alargado y plano con forma de corona.
Lo que más me gusta del diseño de esta criatura es que sí, parece una cucaracha del tamaño de un autobús; pero aun así lograron incluir en ella rasgos femeninos. Es decir, uno ve al alien reina y se nota que es la hembra que lleva la batuta de la colmen; a diferencia de Alien vs Depredador (Anderson, 2004), donde el alien reina termina pareciendo un tiranosaurio.
De hecho, el planteamiento del alien reina vino a despejar muchas incógnitas que habían quedado de la primera parte sobre el ciclo vital de la criatura. En una de las escenas nunca filmadas de la primera peli, Ash (Ian Holm) menciona que los tripulantes de la Nostromo probablemente aún no habían visto a la criatura en su etapa madura. Este diálogo no se filmó, pero sí se conservó en la novelización de la cinta escrita por Alan Dean Foster.
Muchos fans se preguntan por qué el alien no ataca a Ripley a bordo de la cápsula de escape al final de la primera cinta. En ese momento, hubo tres hipótesis: (1) El metabolismo del alien es muy rápido y ya había concluido su ciclo vital, por lo que se escondió en la cápsula esperando su propia muerte; (2) la criatura sabía que su única posibilidad de sobrevivir era pasando desapercibida como polizón o (3) el xenomorfo no había completado aún su desarrollo, por lo que se escondió en la cápsula para entrar en fase de pupa. Esta última opción es retomada en el videojuego Aliens vs Predator (Rebellion, 2010), en el que el final cuando se juega controlando al alien es que éste se convierte en una reina.
Empero, tanto en los cómics como en la tercera película, se puntualizó lo que parecía evidente desde la segunda: que la reina alien no es un estado en el desarrollo del xenomorfo; sino una casta aparte de la misma especie.
Y una de las escenas que desde mi tierna infancia me han fascinado, e incluso obsesionado, es precisamente la pelea final entre Ripley, a bordo de un traje montacargas (Power Loader), y el alien reina –denominada afectuosamente por los fans como la Guerra de las Madres–. Es simplemente sublime. Echando mano de prácticamente todas las técnicas de efectos especiales disponibles en la época, el equipo de filmación logró crear una secuencia de batalla inolvidable y extremadamente realista.
Las actuaciones son espectaculares lo que, en conjunción con los efectos especiales –quizá la única escena de efectos especiales que queda a deber sea aquélla en la que se estrella la nave de rescate–, logra crear una película en la que uno puede simplemente dejarse llevar y disfrutar la experiencia de ser transportado a otro universo.
Hablando de los efectos especiales, de verdad son impresionantes. Lo que es aún más increíble es el hecho de que muchos fueron creados con las técnicas más simples. Y no diré que “eran la punta de la tecnología en 1986” ni que “para su época fueron muy buenos”; estos efectos especiales son una mezcla de técnicas antiguas, como al retroproyección o la perspectiva forzada, con las técnicas más avanzadas de la época, como los animatrónicos, en una demostración envidiable de ingenio, todo con el fin de dar vida a un universo que en manos menos diestras resultaría completamente inverosímil.
Un efecto especial funciona cuando uno no se da cuenta de que está ahí y en esta película abundan los ejemplos: la ya mencionada pelea entre Ripley y el alien reina, los exteriores de la colonia terraformadora Hadley’s Hope o la entrada al nido de los xenomorfos –la mayoría de la gente no nota que estos escenarios eran solamente maquetas–, las escenas de los Power Loaders –¿no se habían preguntado antes cómo hicieron para moverlos?– o, mi gran favorita, aquella secuencia en la que los marines sobrevivientes escapan a través de un ducto de ventilación y los xenomorfos que los persiguen, delante de nuestros ojos y sin cortes o trucos de cámara, reptan por el piso y después por la pared.
Incluso en el caso de la Edición Especial, cuya duración podría parecer excesiva –ya ven que a Cameron le gustan las películas largas–, el visionado de esta cinta es entretenido y emocionante.
Mención aparte merece el magistral soundtrack compuesto por James Horner, del cual hablé anteriormente en mi lista de soundtracks favoritos. Una banda sonora de influencia mayoritariamente militar expande la dimensión de esta película y de veras que logra engancharlo a uno en lo que está viendo, así como ayudar a la historia que se cuenta para emocionar a su público.
Al igual que la primera cinta, ésta se convirtió en una de las más influyentes obras de la Ciencia Ficción cinematográfica; tanto que aún hoy día muchas películas siguen su estructura. Como las más evidentes descendientes directas de esta película puedo citar Mimic (Del Toro, 1997), Invasión (Verhoeven, 1997), El huésped maldito (Resident Evil pa’ los cuates, Anderson, 2002), Exterminio 2 (Fresnadillo, 2007), Titanes del Pacífico (Del Toro, 2013), Godzilla (Edwards, 2014) y un nutrido grupo de etcéteras.
La recepción de la película fue grandiosa, cuadruplicando su presupuesto en ganancias en taquilla. Incluso hay quienes dicen que esta cinta es mejor que la primera. Yo no sé si me atrevería a afirmar tal cosa, pero sí puedo decir sin reparos que está a la altura de su predecesora. Éste es James Cameron en su máxima expresión, cuando su mentalidad de “más grande es mejor” realmente lo ayudó a expandir una idea que parecía insuperable.
PARA LA TRIVIA: Sigourney Weaver es una de las principales activistas en contra de la libre venta de armas en EE.UU. Según afirma, mientras estaba filmando esta cinta no se dio cuenta de la cantidad de armas y violencia que hay en ella –incluso la nave Sulaco tiene forma de ametralladora–, por lo que, cuando vio el resultado final, quedó muy a disgusto. Según se rumora, en parte por eso co-produjo las siguientes dos entregas de la saga, pues buscaba tener mayor control creativo sobre las peículas. Debido a estas diferencias, Weaver no permitió que se utilizara su rostro en figuras de acción basadas en su personaje de Ellen Ripley durante casi tres décadas. Irónicamente, la primera nominación nominación al Oscar que la actriz recibió fue por su interpretación en esta cinta.
Existen dos versiones oficiales de esta película: La edición original de cine de 1979 y la Edición del 25 Aniversario. La diferencia son cerca de cinco minutos de escenas extendidas y reinsertadas que habían quedado fuera del corte original, algunas de las cuales, como la toma extendida de la muerte de Brett (Harry Dean Stanton) o Ripley (Sigourney Weaver) bajando al compartimiento de carga donde el alien ha empezado a construir su nido, se habían convertido prácticamente en leyenda urbana entre los fans.
¿Qué pasa cuando alguien se toma en serio una película de serie B y dice: “de acuerdo, vamos a hacer esto, pero lo vamos a hacer bien”? Pues surge un clásico como Star Wars (Lucas, 1977), Cazadores del Arca Perdida (Spielberg, 1981) o Alien: el octavo pasajero. Me atrevo a decir que desde que H.P. Lovecraft escribió, nadie había vuelto a integrar de forma tan armónica la Ciencia Ficción con el Terror Gótico.
A título muy personal comentaré además que ésta debe ser una de las cinco películas más influyentes en mi vida. La vi por primera vez cuando tenía siete años, una tarde nublada en Canal Cinco… y de ahí pa’l real. Recuerdo que me asustó, al mismo tiempo que me fascinó e intrigó y, de hecho, siempre que me preguntan, no tengo empacho en decir que ésta fue la peli que me convirtió en cinéfilo.
La tripulación del carguero espacial Nostromo es despertada del hipersueño durante su viaje de regreso a la Tierra para responder una señal de auxilio en un planetoide desconocido. Al descender en dicho lugar, Kane (el siempre genial John Hurt) es utilizado como huésped por un parásito extraterrestre que se gesta dentro del cuerpo humano y que aumenta su tamaño minuto a minuto. Uno a uno, los tripulantes de la Nostromo irán cayendo presas de la criatura que parece haber evolucionado con el único objetivo de aniquilar a la raza humana —y según nos revelaría más tarde Prometeo (Scott, 2012), así fue—.
La génesis de esta película comienza cuando el guionista Dan O’Bannon, luego de producir y estelarizar su película Dark Star (Carpenter, 1975), una comedia ramplona de Ciencia Ficción, se hospedaba en casa de su amigo, el también guionista y director teatral Ronald Shusett. De hecho, O’Bannon se encontraba recuperándose después de su estadía en una clínica psiquiátrica a raíz del colapso nervioso que sufrió cuando su proyecto de adaptar la clásica novela de Ciencia Ficción, Dune, a la pantalla grande en una película dirigida por Alejandro Jodorowsky fracasara. O’Bannon retomó un borrador que había empezado a escribir en el sanatorio y comenzó a convertirlo en lo que sería su próxima película, titulada en aquel entonces, Star Beast.
La idea original del guión era la de una película de serie B, mezcla de Ciencia Ficción y horror, llena de escenas sangrientas y desnudos. O’Bannon llevaba varios meses trabajando en su texto; pero sentía que aún le faltaba “punch”, alguna característica única que le diera identidad a la película.
Fue entonces cuando, cierta noche de insomnio, Shusett se encontraba viendo televisión y sintonizó casualmente un documental sobre cierta especie de avispa que utiliza su aguijón para inocular a las catarinas con embriones de sus propias crías. Las crías van devorando a la catarina desde adentro hasta que destrozan el exoesqueleto de su huésped y emergen de su cuerpo violentamente. Shusett quedó fascinado con la idea y le sugirió a O’Bannon que la incluyera en su guión.
O’Bannon reescribió toda la película tomando como eje central la idea del parásito que se gesta dentro del cuerpo humano y después trató de vender su guión a las mayores casas productoras, quienes lo rechazaron. Únicamente el legendario productor de películas de bajo presupuesto, Roger Corman, mostró interés por el guión de Star Beast. Corman se apalabró con O’Bannon para comprar su guión, aunque los meses pasaron y no había adelantos en las negociaciones.
Finalmente, O’Bannon recibió una llamada de la oficina de Corman confirmándole que querían comprar su guión; pero que el pago se demoraría una quincena más y que preferían firmar el contrato con él hasta que tuvieran el dinero listo.
Mientras tanto, la Twentieth Century Fox vivía una época de bonanza y gran esplendor económico gracias al inesperado éxito de Star Wars (Lucas, 1977). Los ejecutivos de la casa productora presionaban a los productores para que hicieran más películas de Ciencia Ficción y así aprovechar la racha; sin embargo, no había guiones del género disponibles y todos los guionistas de planta de la compañía estaban ocupados en otros proyectos. Fue entonces que los productores Gordon Caroll y Walter Hill desempolvaron un guión titulado Star Beast que habían rechazado con anterioridad. Al ser el único guión con una nave espacial en él, se convirtió en el proyecto de ambos productores para cumplir con las exigencias de la Fox.
La Fox contactó a O’Bannon días antes de que éste cerrara el trato con New Concorde Pictures (la compañía de Corman), ofreciéndole una cantidad muy superior de dinero por su guión, además de producirlo con un presupuesto de Serie A. Caroll y Hill reescribieron el guión de O’Bannon dándole un tratamiento más “maduro” y menos grandilocuente… menos de serie B, pues. Desde entonces ha habido muchas discusiones al respecto, pues O’Bannon aseguraba que los productores habían arruinado su guión, mientras que éstos alegaban que el guión original era pésimo, acartonado y lleno de lugares comunes. Sea como fuere, ambas facciones, lo mismo que los fans, podemos sentirnos más que satisfechos con el resultado final.
Con el guión listo, el siguiente paso era conseguir un director que pudiera darle forma a un proyecto de semejantes dimensiones (en cuestión de un mes, el presupuesto de la película aumentó de 3.5 a 6 millones de dólares y posteriormente a 9… que era muchísimo dinero en 1976). Los productores entrevistaron a decenas de candidatos, siendo la pregunta decisiva “¿Cómo resolverías la escena del “abraza-rostros”?” Caroll comentó alguna vez en una entrevista que la peor de las respuestas fue la de un director (nunca quiso decir quién) que contestó: “Fácil. Le arrojamos un hígado crudo a la cara del actor y lo filmamos en contrapicado”.
Después de un arduo proceso de selección, el ganador del puesto de director fue el británico Ridely Scott, quien sólo contaba con un largometraje en su curriculum (Los duelistas, 1977). A Scott no le gustaban las películas de Ciencia Ficción ni las de Horror, así que se fue a pasar un fin de semana con un amigo suyo que durante dos días le pasó proyecciones de cintas de dichos géneros. Al final de esta experiencia, Scott sólo encontró dos filmes que le gustaron: 2001: Una odisea del espacio (Kubrick, 1968) y La masacre de Texas (Hooper, 1974). Siendo estas cintas sus principales influencias, Scott fue quien decidió que el personaje de Ripley (la inmortal Sigourney Weaver) fuera una mujer, pues en el guión nunca se especificaba su sexo.
Ahora que volví a ver la cinta, caí en cuenta de que es también un enorme logro en el diseño de arte. Originalmente, el diseño de toda la cinta iba a correr a cargo del artista Ron Cobb. Sin embargo, Cobb había dibujado alrededor de cincuenta bocetos para la criatura extraterrestre sin que uno solo convenciera a nadie de la producción o al director. Fue entonces que O’ Bannon recordó haber visto el libro Necronomicon, una colección de pinturas del artista surrealista suizo H. R. Giger inspiradas en la mitología de H.P. Lovecraft.
O’Bannon había quedado impresionado con el trabajo del suizo pues le pareció perturbador. De hecho, tuvo que negociar arduamente con Caroll para contratar a Giger, pues el productor consideraba que “ese hombre estaba enfermo”. Finalmente, O’Bannon en persona fue a hablar con Giger en París, Francia. Se acordó que Ron Cobb diseñaría la nave espacial, mientras que Giger diseñaría a la criatura y todo su medio ambiente. De forma tardía, al proyecto se incorporó el artista francés de cómics Moebius quien, basándose en las armaduras de los guerreros samurái, diseñó los trajes espaciales de los tripulantes de la nave.
Los escenarios diseñados por Cobb son simplemente espectaculares. Según lo declaró alguna vez, coincidió con Scott en querer alejarse de la estética de otras películas ambientadas en el espacio, como Star Wars o la citada obra maestra de Kubrick, pues les parecían tan prístinas que caían en lo inverosímil. Así pues, la nave diseñada por Cobb es grande, oscura, sucia y, como él mismo lo dijo alguna vez, combina una refinería de petróleo con una catedral gótica.
Para crear en los actores un sentimiento real de claustrofobia, y porque quería hacer paneos largos, Scott pidió a la producción que todos los sets se construyeran en un solo módulo gigantesco. Así, todos los cuartos de la Nostromo quedaron interconectados formando un laberinto con una sola entrada y una salida. Si alguno de los actores (o quien fuera, en realidad) quería salir del set, debía pasar por todo el laberinto.
Empero, por supuesto que la estrella de la película es la criatura conocida como “alien” –luego rebautizada como “xenomorfo”, que en griego significa literalmente “forma extraña”– y gran parte de su éxito tiene que ver con el diseño. Nunca antes en pantalla se había mostrado un extraterrestre que se viera así, ni después se han mostrado extraterrestres que no estén influidos, al menos en cierta medida, por el de esta cinta.
H.R. Giger diseñó a la criatura, pero también la esculpió desde cero utilizando los materiales más diversos, que incluyeron desde huesos humanos hasta piezas de automóviles —los… no sé cómo llamarlas, digámosles “dígitos” que sobresalen de la espalda de la criatura son los mofles de un Rolls Royce, por ejemplo—. La producción puso a disposición del artista un cajón lleno de huesos de diferentes animales. Según cuentan las anécdotas, algunos de estos huesos aún estaban frescos, por lo que apestaban horriblemente; además, al tener a este tipo vestido de negro y con cara de loco trabajando en él, el taller que la producción le instaló a Giger era el lugar que todos querían evitar.
Las actuaciones son de primer nivel y eso es importante por una razón crucial para la película: casi no se ve al alien. Una astuta estrategia de Scott fue casi no mostrar a la criatura en pantalla, dejando más a la imaginación del público. A final de cuentas, sabemos que este monstruo es horrendo y gigantesco por las reacciones de quienes lo ven y no tanto por lo que realmente se muestra de él.
De hecho, Scott quiso apelar a los instintos primarios del ser humano y por eso muchas de las escenas en las que la criatura ataca a sus víctimas incluyen primeros planos de su boca: Si uno muere devorado, lo último que verá son las fauces de su depredador.
A pesar de ello, otro de los factores que causan el terror en esta película es que, por lo menos en esta primera entrega, no se sabía a ciencia cierta qué fin tenían las víctimas de la criatura. Digo, algunos como Parker (Yaphet Koto) era evidente que le servían de botana, pero ¿y los otros? Me refiero a que en la escena de la muerte de Lambert (Veronica Cartwright, quien se hizo famosa como actriz infantil por su participación en la obra maestra de Hitchcock, Los pájaros [1963]) realmente nunca se ve cómo la mata, sólo se escuchan una serie de gruñidos y jadeos extraños en el corredor y, en la siguiente escena en que aparece, Lambert está desnuda colgando del techo.
Siempre me ha parecido que la película tiene un subtexto claramente sexual e, incluso, que algunas partes de ella pueden entenderse como una metáfora de la violación. Scott siempre consideró a su criatura como hermafrodita y capaz de reproducirse por sí sola; el concepto de una hembra reproductora fue introducido por James Cameron hasta la segunda cinta.
Además, en la Edición del 25 Aniversario, en la mítica escena reinsertada de Ripley en el compartimiento de carga, se muestra a Dallas (Tom Skerritt) vivo y encerrado en un capullo ¿Con qué propósito? En el final original del guión, que nunca se filmó, la cápsula de escape que transporta a Ripley transporta también el abraza-rostros que impregnó a Kane y se muestra cómo éste comienza a encerrarse en una especie de crisálida.
Aunque la Edición del 25 Aniversario es bastante completa y amplía mucho del background de los personajes en dicha edición se aprecia perfectamente que Ripley y Lambert se llevan del carajo, por ejemplo–, hubo aún un par de escenas que quedaron fuera.
La más interesante de ellas sea quizá una de las escenas favoritas de O’Bannon cuando escribió el guión. Como su idea original era que ésta fuera una película de explotación, el elemento sexual estaba mucho más marcado. De hecho, en algún tratamiento del guión se sugería que todos los personajes estarían desnudos todo el tiempo. Sea como fuere, se llegó a filmar una escena en la que Lambert y Ripley se cuentan sus intimidades, dejando ver que son más bien facilonas y que se han acostado con toda la tripulación; mencionan entonces que Ash (Ian Holm, a quien seguro recuerdan como Bilbo Bolsón en la Trilogía de El Señor de los Anillos [Jackson, 2001-2003]), el oficial científico, es bastante malo en la cama. Este elemento podría parecer intrascendente, excepto porque en ese corte de la película, ésta era la primera pista que se daba al público de que Ash era en realidad un androide.
Otras escenas que quedaron fuera, y que en realidad nunca se filmaron, fueron el final alternativo que mencioné arriba (el libreto termina en la secuencia 218 y tiene una nota final que dice: “escenas 219 a 228 suprimidas”). En otro final alternativo se escuchaba la narración de Ripley a manera de epílogo, sólo para descubrir después que el alien hablaba a través de ella insertando su segundo par de mandíbulas en su cráneo. En otro más se aprecia que los huevos de alien en realidad estaban dentro de un templo con forma de pirámide en el que se realizaban sacrificios –el diseño de este templo fue utilizado en el videojuego de PC Aliens vs Predator (Fox Interactive, 1999)– y tampoco llegó a filmarse nunca la escena de sexo entre Dallas y Ripley, quienes en el guión original tenían una relación romántica.
La película tuvo un excelente recibimiento en EE.UU., y causó furor en Europa (particularmente en Alemania e Italia) y Japón. De hecho, durante toda la década de los ochenta, hubo secuelas apócrifas de Alien producidas en Italia —donde casi ni les gusta eso de piratearse las cosas— y un par de imitaciones provenientes de tierras germanas. Irónicamente, casi toda la primera hora de la película está fuertemente influida –por no decir que se la fusilaron vilmente– por la cinta italiana El planeta de los vampiros (Bava, 1965).
Lo que sí es un hecho es que, después de esta cinta, las películas de monstruos jamás volverían a ser lo mismo y prácticamente todas tomarían su influencia en un aspecto u otro. Sin duda, Alien, el octavo pasajero es un clásico inmortal que apenas si ha envejecido después de 40 años y una de las películas más influyentes en la historia del cine. Bastante bien para ser la segunda obra de un director con formación teatral a quien no le gustaban ni el Horror ni la Ciencia Ficción.
Y, por cierto, siempre he tenido conflicto con el nombre en español “El octavo pasajero”… Digo, en realidad, el xenomorfo sería el único pasajero (y tampoco, era un polizón), pues la Nostromo era una nave de carga… los otros güeyes no eran pasajeros, sino tripulación…
PARA LA TRIVIA: Sería casi aberrante negar que Sigourney Weaver con su interpretación de Ripley definió el arquetipo de la heroína de acción contemporánea (Nancy Thompson, Lara Croft, Jill Valentine y prácticamente cualquier personaje interpretado por Milla Jovovich no existirían sin Ripley); empero, la actriz estuvo a punto de perder el papel. Durante las pruebas de cámara, Weaver mostró una violenta reacción alérgica al gato usado en la cinta. Por desgracia, como había sido muy difícil conseguir un gato justo del color que quería Scott y que estuviera entrenado para hacer exactamente lo que el director necesitaba, sería más fácil cambiar a la actriz que al felino. Afortunadamente, en pruebas posteriores se descubrió que a lo que era alérgica la actriz era a la combinación del pelo de gato con la glicerina que el equipo de maquillaje utilizaba para hacerla sudar en cámara.
Y hablando de Ripley, una anécdota interesante cuenta que Veronica Cartwright originalmente audicionó para dicho papel. La gente de Fox le dio call-back y la contrataron para la película, pero olvidaron decirle que le habían dado el papel de Lambert (y ella no preguntó). No fue sino hasta la primera prueba de cámara, cuando la vestuarista le entregó su uniforme (y después de tamaña discusión, según cuentan), que Cartwright se enteró del papel que interpretaría en la cinta.
“Alguna vez, la gente creyó que, cuando alguien moría, un cuervo cargaba su alma hasta la Tierra de los Muertos. Pero a veces, algo tan malo ocurría que una terrible tristeza acompañaba al alma y ésta no podía descansar en paz. Entonces a veces, sólo a veces, el cuervo podía traer el alma de regreso para componer las cosas que están mal”.
Como lo comenté en mi crítica de la película de Spawn (Dippé, 1997) –de la cual creo que nunca me cansaré de abjurar–, a mediados de los 90 el cine de cómics era aún un terreno cuasi-experimental. Nadie sabía realmente cómo debía ser una película basada en un comic… era un poco como los videojuegos caseros de los 80, todo mundo estaba probando cosas y dando palos de ciego, sin saber realmente qué iba a funcionar y qué no.
Esto derivó en que las dos principales sagas fílmicas de superhéroes –Superman (1978-1987) y Batman (1989-1997)– se fueran diluyendo entre propuestas cada vez más absurdas, que se coqueteara con ideas alocadas como la peli de La muerte de Superman, con Nicholas Cage interpretado al último Hijo de Kryptón, que, a Cthulhu gracias, nunca se concretó; o que las productoras echaran mano de los cómics independientes, e incluso underground, con resultados poco afortunados como Vampirella (Wynorski, 1996) o la mencionada Spawn, o mucho más logrados como La máscara (Russell, 1994) y The Crow.
En la película, Eric Draven (Brandon Lee, en su mejor y última interpretación) es un rockero que vive con su prometida, Shelly Webster (Sofia Shinas), en un edificio en una versión ficcionalizada de la ciudad de Detroit. Cierta noche, una banda de matones llega a la buhardilla en la que vive la pareja y violan a Shelly para después asesinar a Eric. Un año después, Eric regresa de la tumba convertido en un vigilante inmortal. Al enterarse de la muerte de Shelly, Draven acechará a los mafiosos locales para vengar su propia muerte y la de su novia.
El cómic de El cuervo fue creado por el artista James O’Barr en 1989 como una especie de catarsis para ayudarse a lidiar con la muerte de su prometida, atropellada por un conductor ebrio. El personaje fue presentado por primera vez en el primer número del cómic Caliber Presents, publicado por Caliber Comics en 1989.
Anécdota curiosa, cuando los ejecutivos de Paramount Pictures se acercaron a O’Barr para presentarle el proyecto, su propuesta era hacer una película musical protagonizada por Michael Jackson. O’Barr soltó una carcajada pensando que se trataba de una broma.
De hecho, O’Barr tampoco estaba conforme con la decisión de contratar a Lee para interpretar a Draven, pues creía que la peli se convertiría en una cinta de artes marciales de bajo presupuesto destinada directamente al mercado casero. El artista cambió de opinión cuando visitó el set y vio por primera vez al actor caracterizado como el personaje.
Lee se sentía inconforme con la forma en que lucía su maquillaje, por lo que acordó con el director irse a dormir maquillado cada noche para que, al filmar, éste luciera deslavado y gastado.
Por supuesto, no habiendo muchos más referentes en cuanto a cine de cómics, El Cuervo bebe de las fuentes que tenía a mano y, por ello, es imposible no ver una enorme influencia de la primera película de Batman (Burton, 1989) en ella. Incluso el último enfrentamiento entre Draven y Top Dollar (Michael Wincott, a quien seguro recuerdan por su particular timbre de voz), el jefe mafioso y último villano de la cinta, sucede en el techo de una iglesia, igual que en la peli de Burton.
Sin embargo, la película de Proyas logra evolucionar a partir de lo planteado por la primera iteración fílmica del Hombre Murciélago y logra desarrollar una narrativa, un tono y una estética propias, que serán imitadas por muchas otras pelis después de ella, pero nunca igualadas.
Parte de la estética se debe a que, originalmente, Proyas quería filmar la peli completamente en blanco y negro, pues los cómics se habían publicado de ese modo. Sin embargo, los ejecutivos del estudio, temiendo que tan temeraria aproximación alejara al público joven, rechazaron la propuesta del director. Proyas entonces decidió filmar en una gama casi monocromática de negro, gris y rojo.
La fotografía de Dariusz Wolski es muy buena. La cámara logra captar una rica y vasta colección de texturas y tonos en la propuesta casi monocromática de Proyas.
Sobre todo, me maravilla la narrativa. Creo que la película entendió muy bien cómo funciona la narrativa gráfica de los cómics y la adaptó lo mejor que pudo a la pantalla. De hecho, por momentos, me recuerda un poco a la narrativa de El Día de la Bestia (De la Iglesia, 1995), que también se encuentra fuertemente inspirada por los cómics sin estar basada en ninguno. En el caso de El Cuervo, creo que la cinta supo hacer suyos muchos elementos de la narrativa gráfica y adaptarlos al lenguaje cinematográfico.
El guión es ingenioso, con diálogos bien escritos, bien pensados y que, en muchos momentos, son casi transcripciones literales de los textos del comic.
Las actuaciones son entre buenas y regulares, de hecho, me es difícil imaginar a cualquier otro actor en el papel de Draven… quizá por eso ninguna de las secuelas realmente terminó de funcionar. También me gusta el trabajo de Michael Wincott con su voz extraña, y de los veteranos Ernie Hudson (a quien seguro recuerdan como Winston Zeddmore en Los Cazafantasmas [Reitman, 1984]) y el icono del cine de terror Tony Todd (y si a él no lo recuerdan por su escalofriante interpretación de Candyman [Rose, 1992] o protagonizando el remake de La noche de los muertos vivientes [Savini, 1990], al menos recuérdenlo por sus casi dos metros de estatura, por favor).
La película, además de un buen soundtrack instrumental compuesto por Grame Revell, incorpora canciones de bandas como los Stone Temple Pilots, Nine Inch Nails, Rage Against the Machine, Pantera y The Cure, y el álbum se convirtió en uno de los más atesorados por los adolescentes de la época. De hecho, O’Barr se sintió sumamente complacido cuando Robert Smith, líder de The Cure accedió a componer una canción original, Burn, para el soundtrack de la cinta, pues el artista comentó que escuchaba a la banda mientras trabajaba en el comic.
Y, bueno, por supuesto, es imposible hablar de esta película sin mencionar las sórdidas circunstancias de su filmación, que vieron su momento cumbre en la trágica muerte del actor protagónico, Brandon Lee.
Al haber sufrido el asesinato de su padre en sospechosas circunstancias cuando era niño, Lee creció para convertirse en un joven obsesionado con la muerte y lo macabro que disfrutaba de conducir por las noches a bordo de una carroza fúnebre de su propiedad, y visitar tumbas de personajes famosos.
El set de filmación de El Cuervo parecía condenado al desastre desde un principio, pues los accidentes eran frecuentes. Brandon Lee se hirió una mano al romper un vidrio trucado y, de hecho, varios miembros del crew resultaron seriamente heridos durante la filmación. Incluso parte del estudio se quemó durante un incendio del que nunca se supo la causa y otros tantos sets fueron destruidos por un huracán. A esto debe sumársele el sonado abuso de drogas al interior del set pues, según se sabe, miembros del crew se escapaban al baño entre tomas para aspirar cocaína, mientras que varios camarógrafos levantaban sus tomas completamente drogados.
La muerte de Lee acaeció en las circunstancias más extrañas, derivadas de casi increíbles coincidencias. En cierta toma, se requería que uno de los revólveres usados en la cinta fuera cargado, amartillado y apuntado hacia la cámara. Debido a la cercanía y al nivel de detalle de la toma, se utilizaron balas de utilería, que consisten en una bala de latón montada sobre un cartucho sin pólvora. Al terminar la toma, el Maestro de Armas se retiró del set, por lo que el arma fue descargada por el Maestro Utilero, quien sacó las balas por el tambor, excepto por la bala que ya estaba en la recámara, que fue disparada. Esta bala de latón, en teoría inocua, quedó atascada en el cañón de la pistola. La siguiente escena filmada con el arma fue cuando Eric entra al departamento en medio de la violación de Shelly y Funboy (Michael Massee) le dispara en el pecho. Para dicha escena se utilizaron salvas, que no tienen balas sino sólo un cartucho relleno con una cantidad exagerada de pólvora para que el fogonazo del disparo se vea más impresionante. Al disparar el arma, la explosión de la pólvora disparó la bala de latón atorada en el cañón, lo que mató a Lee casi al instante.
La tragedia tuvo un efecto devastador para todos los involucrados e incluso el actor Michael Massee dejó de actuar por más de un año después de la muerte de Lee. Hasta el día de su muerte, en 2016, el actor declaró que tenía pesadillas sobre el incidente. Paramount Pictures, quienes desarrollaron y produjeron el proyecto, canceló la producción, dejando la película inconclusa y el productor, Edward R. Pressman tuvo que indemnizar a Linda Lee Cadwell, viuda de Bruce Lee y madre de Brandon, con 3 millones de dólares para evitar una demanda por negligencia.
Originalmente, la producción intentó terminar la cinta con el doble de riesgo de Lee, quien usaría una máscara de espuma de látex de la cara del difunto actor que había sido planeada para usarse en las escenas de riesgo y para stand-ins en planos abiertos. Sin embargo, la presencia del doble enmascarado fue demasiado perturbadora para los miembros del crew y sus compañeros de escena, por lo que el plan fue abortado.
Pressman entonces fundó la compañía Entertainment Investment Media Corporation para comprar la película a Paramount y completarla utilizando novedosas técnicas de superposición digital de imágenes.
A pesar de su truculenta producción, El Cuervo pudo estrenarse con muy buenos números. El presupuesto estimado originalmente para la cinta era de 30 millones de dólares; pero fue reducido a 18, por lo que la producción tuvo que hacer de tripas corazón y exprimir cada centavo. El resultado se ve en pantalla. Al final, luego de las tomas adicionales, la peli costó 23 millones de dólares y logró recaudar 50 tan sólo en EE.UU. más otros 94 alrededor del mundo. Se convirtió rápidamente en una cinta de culto y un icono de las subculturas Goth y Grunge, así como de la Generación X. Su legado incluye tres secuelas –bastante malas todas–, un videojuego basado en la segunda película –pésimo– y una serie de TV. En el último lustro se ha hablado mucho de un reboot de la franquicia, mismo que sería protagonizado por Jason Momoa; pero el futuro de este proyecto quedó a la deriva luego de que el actor hawaiano abandonara el proyecto.
Proyas se convirtió en amigo cercano de Lee, por lo que se sintió culpable por su muerte. Con el dinero que recibió por la cinta compró un automóvil para su mamá, un sistema de sonido surround para su casa y el resto lo donó, de forma anónima y en secreto, a diversas organizaciones de caridad.
PARA LA TRIVIA: Originalmente, O’Barr quería que Johnny Depp interpretara Eric Draven. La producción le ofreció el papel a Christian Slater y River Phoenix; pero ambos rechazaron el papel.
Hace alrededor de un mes, científicos sorprendieron al mundo con la primera fotografía de un agujero negro. Memes aparte, la importancia de tal fotografía radica en que los hoyos negros, hasta entonces, existían sólo como teoría. Inferíamos su existencia a partir de las consecuencias y de sus efectos en el espacio circundante; pero nunca habíamos, como tal, visto uno. Según sabemos, un agujero negro se forma tras la muerte de una estrella, cuando la materia de ésta se compacta tanto que crea un campo gravitacional a su alrededor tan poderoso que ni siquiera la luz puede escapar de él. Y ya. No sabemos más. Qué sucede exactamente al interior de un agujero negro, que es básicamente una ruptura en el tejido del tiempo-espacio, nadie lo sabe con certeza y sigue siendo uno de los grandes misterios de la Ciencia… pero no del cine.
A finales de la década de 1970, con el boom de las películas de naves espaciales y ciencia ficción, Walt Disney Productions quiso subirse al tren del mame con esta película que parece haber sido producida diez años atrás; pero que no por ello carece de encanto. De hecho, recuerdo muy bien que vi esta cinta cuando estaba en el kínder y que me gustó mucho. Ya después, volví a verla siendo adulto y me di cuenta de todos sus fallos; pero, aun así, sigue conservando parte de su carisma.
En el año 2130 la tripulación de la nave espacial USS Palomino, liderada por el Dr. Alex Durant (Anthony Perkins, tan desperdiciado), descubre un agujero negro y, en el borde de su Horizonte de Eventos, a una nave perdida: la USS Cygnus, con la que la Tierra perdió contacto veinte años atrás, luego de que su capitán, el Dr. Hans Reinhardt (Maximilian Schell), desobedeciera la orden de regresar a casa. La tripulación de la Palomino descubre que Reinhardt ha sobrevivido completamente solo durante dos décadas en una nave autosustentable y habitada sólo por robots. Pero, como cabría suponer, nada es lo que parece y, mientras la Cygnus deriva inexorablemente hacia el agujero negro, sus secretos irán siendo desvelados uno a uno hasta el climático final.
Por supuesto, la influencia de La guerra de las galaxias (Lucas, 1977) es más que evidente en esta película; pero creo que ésta va mucho más allá de lo que parece. El abismo negro no sólo trató, como cientos de otras producciones, de llevar agua a su molino tras el éxito de la peli de Lucas; sino que creo que fue una contrapropuesta directa a ella.
Digo, no hace falta ser demasiado perspicaz para notar las similitudes entre el robot V.I.N.CENT (voz del siempre genial Roddy McDowall) y R2-D2, o entre los guardias androides lidereados por el capitán S.T.A.R. (Tom McLoughlin) y los stormtroopers. Por cierto que originalmente V.I.N.CENT usaría ojos electrónicos creados mediante displays digitales, pero como éstos nunca funcionaron correctamente, fueron reemplazados por las calcomanías que vemos finalmente en pantalla.
De hecho, Disney quiso rentar las cámaras controladas por computadora creadas por Industrial Light & Magic para Star Wars (nombradas Dykstraflex en honor a su creador, John Dykstra); pero los precios de renta eran exorbitantes y las condiciones del contrato, ridículas. Por ello, los productores decidieron encargar la creación de sus propias cámaras robóticas programables que, a la larga, resultaron técnicamente superiores a las de ILM.
Del mismo modo, ya que la fortuna de Lucas fue amasada gracias al merchandising, la Casa del Ratón diseñó un agresivo plan de mercadotecnia y productos licenciados para la película, la mayoría de los cuales fueron un fracaso –recuerdo haber tenido discos para View Master de esta peli–. Las figuras de acción producidas por la legendaria compañía MEGO, que se crearon en colecciones de 12, 8 y 3.75 pulgadas, reportaron tan bajas ventas que tuvieron que ser retiradas del mercado. Sobra decir que actualmente alcanzan precios exorbitantes entre los coleccionistas.
La película en general termina siendo un espécimen raro y lleno de contradicciones. Por momentos parece querer meterse en el terreno de la ciencia ficción dura; pero no puede despegarse del Space Opera ni un solo instante, e incluso hay muchas secuencias que son de lo más naïve. La película se la pasa presumiendo su alto presupuesto (20 millones de dólares, que en 1979 era un dineral); pero cosas elementales, como mantener una cierta calidad de la imagen entre las secuencias filmadas en gloriosos 70mm y las más modestas, filmadas en 35mm, parece que les fue imposible. Los efectos visuales son fastuosos… pero no se ven tan bien como los de otras películas coetáneas.
En general, los efectos visuales han envejecido bastante mal. Particularmente las escenas que fueron creadas con impresión óptica y pintura mate en una versión rudimentaria de los escenarios virtuales, parecen no haber sido favorecidas por los años. Por todos lados se ven los parches y los recortes que utilizaron para extender los escenarios.
Las actuaciones son bastante anodinas y esto me parece una falla fatal, pues por lo menos hay tres actores de primer nivel en esta cinta. Por principio de cuentas, está Anthony Perkins, a quien seguro recuerdan como el desequilibrado Norman Bates en la magistral Psicosis (Hitchcock, 1960); está también el siempre genial Ernest Borgnine, en el papel de Harry Booth, cuya filmografía es más que extensa, pero a quien recordamos con particular cariño por ser la voz de Sirenoman en Bob Esponja (1999-); y Robert Forster quien, a pesar de ser un muy buen actor, encontró la fama como intérprete de películas de explotación de bajo presupuesto como Terror bajo la ciudad (Teague, 1980) y El vigilante (Lustig, 1982). Y todos ellos, más sus coestelares, en todo momento están increíblemente desperdiciados.
Los pobres actores se ven en la necesidad de trabajar con un guión rebuscado y confuso que plantea personajes poco interesantes y poco atractivos cuyas dinámicas de plano no funcionan. ¿Alguien notó la increíble falta de cohesión entre los tripulantes de la Palomino? Es difícil creer que sean compañeros de misión… o que incluso tengan algún tipo de relación en los momentos en los que se encuentran fuera de cuadro.
Un elemento de la película que sí disfruto mucho es su diseño de arte. Fuertemente influido por la arquitectura de estructura tridilosa –lo que me recuerda al Metro Chabacano o al Mercado de la Bola–, el diseño de la nave Cygnus, en un paralelismo con la Nostromo de Alien, el octavo pasajero (Scott, 1979), parece la reinterpretación posmoderna de una catedral gótica. En general, creo que la nave luce mucho mejor por fuera que por dentro.
Otro elemento que me gusta mucho es la música. El tema principal, compuesto por John Barry, es estrafalario y mesmérico, y fue compuesto para acompañar a la secuencia de títulos iniciales creada por John Hughes que, en esa época, se convirtió en la secuencia de animación por computadora más larga creada hasta el momento.
Y, a pesar de todo, la película no puede quitarse el olor a rancio con el que está impregnada. Algo tiene, no sé si sean las actuaciones, el elenco, el diseño, la narrativa visual, el hecho de que demasiados elementos parecen calcados de Star Wars, o incluso el tipo de película en el que fue filmada, no logro precisarlo a ciencia cierta; pero algo tiene esta cinta que la hace verse increíblemente pasada de moda. Algo pasa en ella que, al mirarla, uno juraría que está viendo alguna cinta de ciencia ficción de los 60.
Además, en nada ayuda a la película un ritmo lento y soso que no logran despertar interés en el resto la cinta. La parte emocionante y el festín de efectos visuales que nos es prometido al inicio apenas si cubre los últimos diez minutos de película y, para muchos espectadores, la larga espera podría no valer la pena.
Creo que El abismo negro debe entenderse como yo la entendí cuando la vi siendo adulto: un producto del zeitgeist y un intento de la Casa del Ratón por capitalizar un éxito que no era suyo. Aun cuando la película se ve pasada de moda –incluso inicia con una obertura musical como las épicas de los 50 y 60– y de lo más camp –en casi todas las escenas de gravedad cero a los actores se les ven los cables con los que los colgaron o se ve que sus vestuarios están sujetados con seguros–, se convirtió en un éxito de taquilla que casi duplicó su presupuesto durante su corrida original por cines. Empero, el plan de mercadotecnia a su alrededor fracasó miserablemente y, a final de cuentas, creo que puedo asegurar que el tiempo fue poco clemente con ella, condenándola al olvido.
La historia es, a fin de cuentas, una especie de reinterpretación de 20,000 leguas de viaje submarino (Fleischer, 1954) que pone en el Dr. Reinhardt no sólo un capitán Nemo postmoderno; sino el arquetipo de Gilgamesh y su fútil búsqueda de la inmortalidad. Demasiado oscura para lo que Disney nos tiene acostumbrados, la peli es, sin duda, una pieza apenas decente de entretenimiento familiar –la neta, se hace aburrida por momentos– cuyo final original fue removido de la versión estrenada en cines por sus connotaciones religiosas. Este final fue reinsertado en la película para su edición en DVD.
PARA LA TRIVIA: La novelización de la película corrió a cargo del escritor de ciencia ficción y fantasía Alan Dean Foster, cuyos trabajos incluyen el argumento de Viaje a las estrellas: la película (Wise, 1979) y novelizaciones de otras cintas como Star Wars (Lucas, 1977) –como escritor fantasma–, Alien, el octavo pasajero (Scott, 1979) o La cosa de otro mundo (Carpenter, 1982). Cuando Foster recibió el guión de El abismo negro para escribir la adaptación, escribió una carta a los productores señalando los garrafales errores científicos en el texto y proponiendo cambios en el guión que podrían mejorar la historia. Los ejecutivos de Disney, consternados, convocaron a una junta de emergencia para discutir los cambios.
En el video que posteé minutos después de salir de ver esta película la califiqué con el bonito epíteto de “apoteosis del cine de superhéroes”. Y lo sostengo. Incluso creo que podríamos llamarla una obra maestra del género. Si bien la primera parte, Avengers: Infinity War (Hnos. Russo, 2018), siento que me quedó a deber un poco, con esta lo compensaron y es que, más que una película y su secuela, se trata de una peli dividida en dos partes que se complementan de forma armónica.
Esta película comienza casi un mes después de los eventos vistos en Avengers: Infinity War. El titán Thanos (Josh Brolin) ha logrado su objetivo, causando la desaparición de la mitad de la vida terrestre, tras lo cual ha desaparecido. En la Tierra, el equipo conformado por los Vengadores restantes, Viuda Negra (Scarlett Johansson), Capitán América (Chris Evans),War Machine (Don Cheadle), Thor (Chris Hemsworth) y Bruce Banner (Mark Ruffalo) trata de encontrar una solución. Después de cinco años, todo parece perdido cuando SPOILER, en un deus ex machina digno de folletín del XIX, Ant- Man (Paul Rudd) regresa del Mundo Cuántico con una idea que podría devolver a aquéllos que fueron arrebatados de nuestro mundo por Thanos. La idea no sólo es descabellada, sino terriblemente peligrosa; por lo que los Avengers se cuestionarán si realmente quieren salvar a la humanidad o si simplemente deben resignarse a vivir en el universo mutilado por el Titán Loco. TERMINA SPOILER
En repetidas ocasiones he mencionado ya que no soy fan del cine de superhéroes. Me gusta; pero no soy fanático. No he visto las 21 películas de Marvel antes de Endgame… habré visto dieciséis o diecisiete, jaja. Sea como fuere, sin importar el género, cuando una película es encomiable, no tengo empacho en decirlo y Avengers: Endgame lo es.
Si ustedes recuerdan mi crítica de Avengers: Infinity War, entonces recordarán que no me había dejado del todo satisfecho. Me parecía que estaba bien, pero que algo le faltaba, como que algo de plano no terminaba de cuajar. Ahora ya lo entendí. Mucho de lo que estaba faltando en Infinity War lo reservaron para Endgame. Como lo dije al inicio, ambas películas se complementan y, como en el caso de la Trilogía de El Señor de los Anillos (Jackson, 2001-2003), más bien se trata de una sola obra dividida en varias partes.
La historia está bien. Digo, a nivel de historia no hay mucho de qué hablar, pasa más o menos lo que uno sabía que iba a pasar, aunque se agradecen un par de vueltas de tuerca inesperadas que refrescan el asunto y que mantienen el suspenso.
Del mismo modo, el guión me pareció bueno. No es nada profundo ni mucho menos; pero creo que es un buen melodrama con resoluciones ingeniosas y moderadas dosis de humor para aliviar los momentos de tensión. La pléyade de personajes que aparecen en pantalla mantiene su esencia e incluso evolucionan, mientras el argumento rebuscado se cuenta de manera eficiente. Es interesante cómo funciona el primer acto de la peli, que es más bien denso, oscuro y contemplativo, y desarrolla de forma interesante a los personajes para aquello en o que se convertirán durante el resto de la cinta.
Aunque, eso sí, hay algunos parlamentos de los personajes que resultan un tanto contradictorios con el contexto, con la situación o incluso con las acciones que se están mostrando en pantalla. Del mismo modo, está plagado de huecos argumentales difíciles e incluso imposibles de salvar si uno de verdad se pone quisquilloso.
SPOILER Y bueno, por lo general, cuando una saga empieza a utilizar como recurso los viajes en el tiempo, tradicionalmente se considera que se les están acabando las ideas. Por ejemplo, en el guión original de Pesadilla en la calle del Infierno 3: los guerreros del sueño (Russell, 1987), se contemplaba un viaje en el tiempo; pero los realizadores desecharon la idea rápidamente, casi por la pura pena. Empero, en el caso de Avengers: Endgame, la idea del viaje en el tiempo ha estado presente desde el principio de la saga, por lo que, al final logran hacer que funcione y no sólo como un recurso sacado de la manga, sino como un pivote de la historia. TERMINA SPOILER
Las actuaciones también me gustaron mucho. Digo, los actores ya han tenido bastante tiempo para crecer dentro de sus personajes, siendo las adiciones más recientes Tom Holland, como Peter Parker/Spider-Man, y Brie Larson como Capitana Marvel, por lo que pueden brindar interpretaciones llenas de matices y sutilezas. Quizá no todos, quizá no todo el tiempo; pero muchos de los personajes tienen momentos brillantes en pantalla.
La dirección también está bien y, sobre todo, es sorprendente cómo logran integrar tantos elementos en un solo argumento –con sus errores de continuidad, estoy seguro, pero que francamente no detecté en este primer visionado–. A pesar de todo, la película no es pesada ni se sienten su más de tres horas de duración. Por el contrario, mantiene un muy buen ritmo y es entretenida e interesante durante todo el tiempo.
Y, por supuesto, lo que es verdaderamente apabullante es la batalla final. Recuerdo haber estado sentado en la butaca del cine y pensar que justo eso es lo que esperaba ver en una película de superhéroes desde que era niño. Por supuesto, es un show de pirotecnia… ¡pero qué show de pirotecnia!
Lo que me lleva a otro punto: los efectos especiales. Los tres más grandes estudios de efectos especiales en la industria trabajaron en esta película: Industrial Light & Magic, Weta Digital y Digital Domain, y se nota en el resultado… la mayor parte del tiempo. Me refiero a que, si bien la mayoría de los efectos visuales en la cinta son asombrosos, Hulk queda a deber en varias de sus escenas. Fuera de eso, creo que en lo demás no hay fallo.
Y, por supuesto, la peli está llena de fan service y de referencias no sólo a otras películas de Marvel; sino a los cómics que las inspiraron y a otras pelis. SPOILER La referencia a Volver al futuro (Zemeckis, 1987) que, de hecho, deriva ultimadamente en una parodia de Volver al futuro, me pareció genial. TERMINA SPOILER
Debo admitir que no pude dejar de pensar durante toda la película que, si uno lo cavila un poco, se dará cuenta de que si desaparece la mitad de la población mundial, en nuestro planeta aún quedarían más de 3500 millones de personas… lo que sigue siendo un chingo de gente y ¿cuánto tiempo tardaríamos en reponernos? ¿Veinte años?
A final de cuentas, Avengers: Endgame se siente como una conclusión más que satisfactoria para el proyecto del Universo Cinematográfico Marvel y me atrevo a decir que, como Star Wars (Lucas et al., 1977-1983), Matrix (Hnos. Wachowski (1999-2003), o Harry Potter (Columbus et al., 2001-2011) en su momento, se convertirá en una película o, mejor dicho, en una franquicia generacional. Endgame no es sólo la culminación de Avengers, ni la culminación de las 21 pelis de Marvel anteriores, es la prueba definitiva de un nuevo modo de hacer cine y el tour de force definitivo de la Casa del Ratón.
El estándar para el cine de superhéroes –en cuanto a su producción, no a su calidad dramática– ha sido elevado a un nivel tan alto que será difícil de igualar en los años por venir.
Y no, no lloré en el cine; pero sí me gustó mucho la película. Sí se me hizo un nudo en la boca del estómago en varias de las escenas y SPOILER no pude evitar contener la respiración cuando Capitán América gritó: “Avengers… Assemble!” TERMINA SPOILER
PARA LA TRIVIA: En los créditos finales, además del reparto, aparecen imágenes de los personajes de la saga, así como las firmas de los actores que los interpretaron. Esto es una referencia a Star Trek VI: La tierra desconocida (Meyer, 1991), pues en esta peli las firmas de los actores también aparecen en los créditos, además de que fue también el capítulo final con el elenco original de la serie. A esto se le suma que Kevin Feige, presidente de Marvel Studios y productor de Endgame, declaró que el episodio final de la serie Star Trek: la nueva generación (1987-1994), titulado All Good Things…, fue una fuerte inspiración para este film.
“Deberían rehacer las películas malas, no las buenas ¿ésas para qué?” Dijo alguna vez el director John Waters y creo que tiene toda la razón. En este caso, no estamos hablando de un remake; sino de un reboot de la saga de Hellboy. El problema aquí radica en que estamos hablando de reiniciar y reinterpretar no sólo una de las mejores películas basadas en cómics que se hayan hecho; sino también una película de autor que estaba, por todos lados, impregnada con la personalidad de su director, el tapatío Guillermo del Toro, quien, a través de sus hijas, descubrió los cómics de Hellboy y rápidamente se convirtió en fan. Así que, ¿qué tan bien librada sale la nueva iteración de Hellboy? Me atrevo a decir que bastante, bastante mal y a continuación explico por qué.
La película cuenta la historia de Hellboy (David Harbour), un híbrido de humano y demonio bravucón y sarcástico que trabaja como agente de campo para la organización gubernamental secreta B.P.R.D. (Agencia de Investigación y Defensa Paranormal, por sus siglas en inglés). Luego de perder a uno de sus compañeros en una misión en la frontera mexicana, Hellboy cae en una depresión bárbara de la cual es rescatado por la B.P.R.D., quienes lo reclutan para una operación en colaboración con el gobierno británico: Nimue (Milla Jovovich, quien parece que sí es bruja porque no ha envejecido nada en diez años), conocida como la Reina Sangrienta, está por resucitar después de haber sido derrotada en el pasado por el rey Arturo (Mark Stanley), y planea consumar su venganza esparciendo la peste por toda la faz del planeta. Por supuesto, la tarea de Hellboy y sus compañeros, Alice Monaghan (interpretada inexplicablemente por la actriz de ascendencia afroamericana Sasha Lane, pues el personaje era irlandés en los cómics) y Ben Daimio (Daniel Dae Kim), será detenerla.
De entrada, mis expectativas sobre esta cinta eran muy bajas. Por supuesto, sabía que no le iba a llegar a las cintas de Del Toro, pero estaba dispuesto a darle el beneficio de la duda. Francamente, no pensé que fuera tan mala. Luego de ver la película, vi artículos rolando por redes sociales en los que la llamaban “la peor película de superhéroes” y que “le había quitado el trono a DC”. Francamente, discrepo. Creo que la infamia de ser la peor película de superhéroes de todos los tiempos se la siguen disputando entre Batman & Robin (Schumacher, 1997) y Superman IV (Furie, 1987). Pero eso no quiere decir que Hellboy no sea muy mala.
Durante años, el director Guillermo del Toro y el actor Ron Perlman lanzaron varias campañas en redes sociales para lograr que se produjera Hellboy III después de abandonar el proyecto original debido a diferencias creativas. A pesar de ello, el productor Lawrence Gordon –quien tiene los derechos del personaje– decidió iniciar este nuevo proyecto a partir de la franquicia. Irónicamente, el autor de los comics, Mike Mignola, tuvo mucho más control creativo esta vez que en las versiones anteriores.
Al fallido intento de terminar la trilogía de Del Toro se suma el terrible proceso de producción que contó con sendos escándalos sobre los constantes pleitos y luchas de poder entre los productores y el director, el despido injustificado del director de fotografía original, y la terrible relación entre Marshall y Harbour en el set, asperezas que, de hecho, terminaron en la corte y cuyas consecuencias pueden verse claramente en pantalla.
Para empezar, el argumento de la primera peli de Hellboy ya era muy fiel al primer arco argumental de los cómics (la saga de Seed of Destruction [1994]), así que esta peli no podía basarse en eso. Lo que hicieron entonces fue retomar líneas argumentales del comic de un solo tomo Hellboy en México (2010) y del comic regular B.P.R.D. , que es en realidad un spin-off de Hellboy, además de los arcos argumentales The Wild Hunt y Darkness Calls. Así pues, a esta nueva versión le hace falta una base argumental sólida sobre la cual construirse, pues se cometió el error de querer meter cuatro líneas argumentales en una sola peli de dos horas.
El guión es muy extraño y se siente súper disparejo. Mientras los diálogos están bien, tirándole a regulares y el humor ácido y cínico de Hellboy casi se mantiene –en papel, al menos–, la parte anecdótica es increíblemente pobre e innecesariamente rebuscada, rayando en lo incomprensible. Por momentos se siente que la historia no avanza, los personajes nunca se desarrollan realmente, las vueltas de tuerca son anodinas y, al final del día, el numerito termina siendo un pastiche con demonios, brujas, hombres-lobo, vampiros, agentes secretos, hadas, espiritismo, luchadores, nazis, folklor ruso y hasta braijus (que es como me ha gustado llamarle a los kaijus británicos) con un ritmo más apropiado para un videojuego en línea… y, digo, ése es un poco el chiste de Hellboy, excepto por lo del videojuego, claro; pero en esta ocasión no lo supieron integrar. Al final hasta me sentí un poco decepcionado de que no hubiera un número musical…
Ahora quisiera retomar un punto que mencioné en el párrafo anterior: el personaje de Hellboy está escrito con su característico sentido del humor; pero simplemente no termina de cuajar. A este Hellboy le faltan toneladas de carisma y, en vez de lucir sarcástico y chabacano, el pobre aparece de lo más anodino y nos hace extrañar terriblemente al actor anterior. Porque, perdón, pero Ron Perlman es Hellboy.
Otra cosa que me impresionó fue lo mal que se ve este Hellboy. ¡La caracterización la hicieron con las patas! ¿Cómo lograron que esta versión del personaje se viera peor que la de hace diez años? No sólo se le notan los bordes a los prostéticos usados por el actor; sino que el tono de rojo que usaron para maquillarlo ni siquiera es consistente de una toma a otra… Es más, ¡el tono de rojo de una parte del cuerpo no es consistente con el de otra! Honor a quien honor merece, la caracterización de personajes secundarios como Baba Yaga está mucho mejor lograda –en algunas tomas–; pero su Hellboy simplemente no funciona. Digo, es vergonzoso ver su brazo de piedra en los primeros planos y notar sin mucho esfuerzo que está fabricado en espuma de poliuretano.
Y luego está el caso de Gruagach (voz de Stephen Graham), una criatura mitad hombre mitad jabalí con un marcado acento escocés que fue creada a través de las botargas y el maquillaje animatrónico y que fue fotografiada de una manera tan torpe que se ve como un mal CGI… ¿Qué pedo con eso?
Ahora bien, según pude apreciar en los créditos de la peli, los efectos visuales fueron realizados por toda una legión de compañías pequeñas, lo que explicaría la falta de unidad entre unos y otros, logrando que unos se vean feos, otros pinches y otros más, inmundos. El hombre-leopardo también está de risa loca.
En general, las actuaciones de todos están muy mal y, si bien cada uno de los intérpretes tiene su parte de responsabilidad, creo que es también un problema de dirección. Digo, nunca he esperado una buena actuación de parte de Milla Jovovich; pero hay escenas en esta cinta en la que, de verdad, me hizo partirme de risa… aunque estoy seguro de que ésa no era la intención.
Otro de los problemas principales que hieren de muerte a esta peli es que nunca logra definir su tono. ¿Es una comedia? ¿Es una cinta de acción? ¿Es una peli de horror? ¿Es para adultos? ¿Es para adolescentes? ¿Es un demo para un videojuego? ¿Qué rayos es esta madre y por qué al verla siento que los realizadores se sintieron obligados a explotar la clasificación R que les dieron, aun cuando no fuera necesario?
Pero no todo en esta película está perdido. Algunos parlamentos son ingeniosos y creo que las escenas con Ian McShane son muy buenas. Luego luego se siente cómo el actor levanta el ritmo de la película e incluso logra levantar a Harbour, permitiéndole lucir de cuando en cuando. De hecho, aunque fue desmentido por el director, aún perduran muchos rumores de que ambos actores reescribieron sus escenas juntos durante la filmación.
A final de cuentas, creo que Hellboy no es la peor película basada en cómics; pero sin duda es una de las peores… la verdad es que yo la incluiría en el Top 10… quizá en el Top 5. Francamente, hubo partes en las que me estaba quedando dormido ¡En una película plagada de escenas de acción! Después de chutarme las dos escenas post-créditos y salir de la sala de cine, me quedé con la impresión de que acababa de ver una de esas secuelas o spin-offs de películas de éxito pero que las hicieron con un bajísimo presupuesto y salieron directamente a video… o, con esa acartonada música de rock y ese irrisorio maquillaje de demonio, alguna especie de versión alterna de Tenacious D (Lynch, 2006).
La película costó 50 millones de dólares y en su fin de semana de estreno apenas recaudó poco más de 12, aunque su pronóstico era de 15, lo que ya la perfila como uno de los más grandes fracasos del año. Si quieren ver una película de Hellboy, hay dos y sólo dos, son geniales y las dirigió Del Toro.
PARA LA TRIVIA: Mike Mignola, creador de Hellboy, colaboró con el guión e incluso reescribió parte del mismo, además de fungir como productor.
“A veces la muerte es mejor” dice el slogan de la película. Pues en el caso de esta franquicia, vaya si es cierto. ¿Recuerdan la versión original de Cementerio de mascotas (Lambert, 1989) y cómo era escalofriante? ¿Recuerdan esa secuela, Cementerio de mascotas II (Lambert, 1993), que era inmunda y en la que daban ganas de cachetear a Edward Furlong de lo mal que actuaba? Bueno, pues ésa debió ser la muerte de la franquicia. Pues, al igual que el personaje principal de la novela de King, Paramount desoye todas las advertencias y resucita una película que creímos que ya descansaba en paz. Y, oh, sí, al igual que en la historia, algo cambió… y está muy mal.
En esta reinterpretación de la novela del Rey del Terror, Louis Creed (Jason Clarke) es un médico de la gran ciudad que se muda con su familia a la comunidad rural de Ludlow. Creed descubre que dentro de su propiedad se encuentra un rudimentario cementerio de mascotas y, aledaño a éste, un suelo sagrado indio que tiene el poder de resucitar a los muertos. Cuando Church, el gato de la familia, es arrollado por un camión, Louis, desoyendo todas las advertencias, lo sepulta en el terreno, sin imaginar que la criatura que murió no es la misma que resucitará.
No soy fan de Stephen King. De hecho, solía despreciar su obra hasta que leí su libro Mientras escribo (2000). Después de eso me vino una revaloración de su trabajo y, si bien no lo considero un autor genial, por lo menos me parece que es prolífico, dedicado y congruente, e incluso siento simpatía por el tipo. Tampoco he leído la novela de Cementerio de mascotas, lo que es una lástima, porque la compré hace años y ha estado ahí en mi librero esperando que tenga tiempo de leerla. Sea como fuere, vi la versión original de Cementerio de mascotas, eso sí, y me gusta bastante.
Esta segunda versión siento que me quedó a deber. En general, me pareció una película bastante floja; pero creo que lo que menos me gustó es que, durante toda su duración, parece esforzarse demasiado. Me dio la impresión de que estaba viendo a un adolescente virgen en su primera cita: súper nervioso, sin saber muy bien de qué hablar y, sobre todo, demasiado preocupado por tratar de impresionar a otra persona con cosas que, a la postre, resultan intrascendentes o poco interesantes.
Del mismo modo, la película creo que se esfuerza demasiado en espantar al público, sin lograrlo. Al final, resulta un tanto patético. La cinta recurre a escenas de sustos baratos, algunos llegan a ser efectivos, debo admitirlo; pero definitivamente no llegan más allá de hacerlo a uno dar un brinquito en el asiento y reírse después. Incluso Christopher Young, quien compuso el soundtrack de la peli, parece haber notado que a todo el numerito le falta “punch”, porque durante casi toda la cinta trata de subsanar sus carencias con una música tenebrosa, tratando de crear una atmósfera que, desde un inicio, nunca estuvo ahí.
Quizás he visto demasiadas películas, quizás es culpa de la tendencia actual de hacer películas plagadas de referencias; pero el caso es que esta cinta, al igual que muchas otras pelis actuales, lo deja a uno con la incómoda sensación de que lo que acaba de ver es un pastiche de escenas de otras películas. ¿Una referencia a El resplandor (Kubrick, 1980)? Está bien, sigue siendo Stephen King al fin y al cabo; hay otro montón de referencias a los Torrance y a Cujo (Teague, 1989)… y luego vienen secuencias y conceptos importados de El hombre de mimbre (Hardy, 1973), Línea mortal (Schumacher, 1990) y Un hombre lobo americano en Londres (Landis, 1981).
Las actuaciones están bien, a secas, con un par de momentos brillantes; pero nada para impresionar. John Lightgow está genial, como siempre, en el papel de Jud, el vecino que le revela a Louis el secreto del cementerio indio… es una lástima que el material que le dieron para trabajar sea tan pobre. Del mismo modo, Jeté Laurence, quien interpreta a Ellie, hace un gran trabajo en algunas de sus escenas.
Porque el problema de la película viene desde el guión. La historia es predecible… y no me refiero a lo obvio, quiero decir que la historia ya la conocía; sino a que las vueltas de tuerca con las que la peli intenta sorprendernos se ven venir desde la semana pasada. A esto se le añaden personajes increíblemente superficiales, contradictorios, poco empáticos y torpemente dibujados. Uno sabe que les están sucediendo cosas horribles, pero realmente no llega a importarle. SPOILER También se incluye una subtrama sobre la traumática infancia de Rachel (Amy Saimetz), esposa de Louis, y su tormentosa relación con su hermana Zelda (Alyssa Levine) que poco viene al caso y cuya aportación termina siendo nula para la trama… y viene desde la novela, según sé, pero creo que no logró integrarse del todo en esta peli. TERMINA SPOILER
Ése es otro punto. En esta nueva versión, el papel de Rachel resulta poco relevante SPOILER y, de todos modos, en el tercer acto la sacan de la jugada sin más… como si el guionista ya no hubiera sabido qué hacer con ese personaje que no necesitaba en un principio y que resultó aún más innecesario al final. TERMINA SPOILER
SPOILER Y bueno, para cuando empieza el tercer acto de la peli, ésta ya se sostiene apenas con alfileres y, aun así, logra fallar aún más, resultando en un final que es verdaderamente ridículo y que me recordó a ese Especial de Noche de Brujas de Los Simpson en el que parodian Drácula y al final resulta que todos son vampiros y se pelean por ver quién es el Vampiro Original TERMINA SPOILER. Me pregunto si a la gente en el cine le molesta cuando me carcajeo en las películas de terror… si es así, les ofrezco una disculpa. De cualquier modo, en la función a la que fui, el resto del público también se rió un par de veces.
Está, además la mala interpretación del mito del Wendigo; que viene desde King, es verdad, pero que igual es extraña.
La fotografía está bien; pero se ve disminuida por una narrativa torpe. En general, a toda la película le falta cohesión y hay varios cortes duros entre las secuencias. Faltan algunas tomas de establecimiento y terminar de definir algunas elipsis que, a final de cuentas, resultan en que la narración se vuelva confusa por momentos.
También se nota cierta preocupación por mantener las escenas sangrientas en un tono amigable para que la película no fuera demasiado impresionante. En EE.UU. fue clasificada “R” (para mayores de 18 años), mientras que en nuestro país quedó como B-15. ¡Caray! SPOILER La escena de la muerte de Ellie daba para tanto; pero, al final, no sólo se nota tibia, sino que también desafía las leyes de la física. TERMINA SPOILER
Así pues, Cementerio maldito tiene algunos elementos rescatables pero debo decir que a mí no me funcionó. En absoluto. De hecho, hay partes en las que sentí que la película se hacía larga. Quizá sea mejor si uno no ha visto la original. No lo sé, la verdad es que esta cinta no me gustó mucho. En general, se siente poco sincera y superficial. Asimismo, creo que al guión y al tono les faltó muchísimo para llenar el potencial que la historia tenía. Así pues, la oportunidad de crear una interpretación más profunda, más oscura y aún más escalofriante de la historia de King pasa de largo tan rápida y torpemente como los trailers de la compañía Orinco.
Se agradece, al menos, que no usaran un gato CGI.
PARA LA TRIVIA: Para la película se barajaron una serie de diferentes finales, uno de ellos propuesto por el propio Stephen King. Algunos de ellos fueron filmados y otros se quedaron sólo en el guión. El final definitivo que se incluyó en la película fue escogido por el público durante las proyecciones de prueba. Los finales alternativos serán incluidos como material extra cuando la peli sea lanzada en formato casero.
De cuando en cuando, atiendo las recomendaciones de las revistas especializadas en cine de horror, particularmente en lo que se refiere a películas recientes o independientes. De esta manera conocí cintas que me han gustado mucho, como The Babadook (Kent, 2014), Cita de sangre (Byrne, 2009) o Teeth (Lichtenstein, 2007). También, de cuando en cuando, me llevo agradables sorpresas como en los casos anteriores, y como en el caso de la película sobre la que escribo ahora: Escisión.
Pauline (AnnaLynne McCord) vive un infierno. Un infierno llamado adolescencia. A sus dieciocho años, es bulleada por sus compañeras de escuela y vecinas. Vive con su familia en una enorme casa suburbana típica de clase media alta de película gringa en compañía de un padre completamente desinteresado por su familia y subyugado por su esposa, su hermana con serios problemas en los pulmones, y una madre castrante y obsesiva que reprime cualquier intento de Pauline por salir de la “normalidad”. Quizá el cinismo y nihilismo de Pauline, y sus fantasías eróticas de mutilación y cirugía innecesaria hagan la convivencia un poco más difícil.
Escisión es una película extraña. Es un híbrido, cuidadosamente mezclado, de un drama adolescente y horror corporal que llega a recordar a Cronenberg en sus mejores momentos; de hecho, algunos críticos la definen como una mezcla entre Cronenberg y Lynch. Es intensa, ácida e, incluso por momentos, hipnótica. Aunque ciertamente no es para todos los gustos, pues puede llegar a ser un poco agresiva con el espectador.
O también puede ser un corto animado de “Buena idea-Mala idea” con el Señor Calavera en Animaniacs (1993-1998), depende de con qué ligereza se la tome uno.
Al igual que Saw (Wan, 2004), Escisión es la versión con tiempo y con presupuesto de un cortometraje que el mismo Bates Jr. escribiera, dirigiera y produjera en 2008. El argumento es el mismo y las escenas son muy similares. El corto también es muy recomendable… y hubiera sido un lindo detalle que lo incluyeran como material extra en el Blu-Ray, pero no lo hicieron; gracias, Anchor Bay. Como sea, pueden verlo en YouTube.
El guión de la peli es algo simple en cuanto a la anécdota; pero verdaderamente sobresale en cuestión de diálogos. Oír hablar a Pauline es una delicia, con todos esos parlamentos cargados de sarcasmo y mala leche. Por momentos me pareció como si Daria se hubiera vuelto amargada… sí, más. En general, creo que los diálogos de la perturbada adolescente con su escandalizada madre son de lo mejor de la peli.
Y aunque mencioné que la anécdota se queda un poco corta, la verdad es que está llena de vueltas de tuerca maravillosas que, si bien llegan a volverse un poco predecibles, no por eso son menos disfrutables. El final, aunque uno lo ve venir desde un kilómetro de distancia, es verdaderamente sobrecogedor.
Mención aparte merece la fotografía que creo que es la verdadera estrella de la película. Las escenas cotidianas cuentan con una estética y una narrativa visual meticulosamente cuidadas y creo que en general se ven bastante bien. Empero, y como cabría esperarlo, son las fantasías oníricas de Pauline las que se llevan las palmas. Cirugías extremadamente sangrientas, mutilaciones, necrofilia y demás extravagancias en una estrafalaria estética glam asaltan los sueños de esta chica atribulada en escenas verdaderamente perturbadoras.
La música también me pareció bastante adecuada y creo que logra crear la atmósfera y el mood correctos para esta película.
Y, por supuesto, ¿qué sería de las escenas gore sin unos buenos efectos de maquillaje? Creo que estos efectos son geniales. En general, las escenas de mutilaciones y gore logran esa mezcla de repulsión y fascinación que es tan difícil de conseguir… aunque, francamente, esperaba que fueran un poco más explícitas. Sin embargo, si bien estas secuencias no son tan gráficas como las de películas como Mártires (Laugier, 2008) u Hostal (Roth, 2005), sí son mucho más estilizadas. Creo que son más bellas y, en general, su propuesta estética está mucho mejor planteada. La escena de la disección del pájaro es simplemente genial.
No es un secreto para nadie que McCord aceptó el papel protagónico en esta película para desligarse de la imagen de chica fresa y frívola que había adquirido con su participación en el poco logrado remake de la serie de TV Beverly Hills 90210 (2008-2013). Y vaya si lo logró. Su interpretación de una adolescente perturbada y marginada social es verdaderamente sobresaliente.
Una de las reglas no escritas de Hollywood dicta que, si un actor de tele o de cine de género o algo así pretende ser tomado en serio, debe hacer un sacrificio en aras del papel con el que quiera ser tomado en serio: debe bajar de peso si es robusto o subir de peso si es delgado; caracterizarse de feo si es muy guapo, o hacer el papel de alguien con discapacidad, o hacer un desnudo o deshacerse de su cabello. En este caso, McCord hace el papel de la chica feúcha con posibles trastornos psicológicos… ¡y se rapa!
A pesar de lo que puedan decir los clichés y los lugares comunes, creo que la actuación en esta película es bastante buena. McCord en su papel de Pauline llega a ser verdaderamente escalofriante sin dejar de ser encantadora y Tracy Lords, en el papel de su madre es verdaderamente odiosa, pero no por eso incomprensible o inverosímil. Y, por cierto, no se pierdan el cameo del director de cine de culto e icono del movimiento gay, John Waters, como el sacerdote con el que la madre de Pauline prefiere enviarla en vez de conseguirle un terapeuta.
Escisión es, sin duda, una película única. Nuevamente, creo que cabe advertir que no es para todos; pero aquellos espectadores que se sientan cómodos con las tripas y la sangre o que, como yo, incluso se deleiten con ello, encontrarán en esa peliculita independiente una experiencia interesante y distinta a lo que el género suele ofrecer. Divertida, inquietante, excéntrica y con un final apabullante –aunque predecible–, se trata de una cinta que me atrevo a recomendar, especialmente para los fanáticos del gore.
PARA LA TRIVIA: La película fue filmada en tan sólo 28 días.
Continúo con la segunda y última parte de este artículo sobre las figuras de acción de Star Wars. En ella hablaré sobre la colección producida en la segunda mitad de los 90, conocida oficialmente como Star Wars: Power of the Force. No está claro si esta serie pretendía ser una continuación o una especie de remake de la serie de 1985 también conocida como power of the Force; pero, debido a que el estilo de las figuras es sustancialmente diferente, suele indentificársele como Power of the Force 2.
POWER OF THE FORCE 2
En 1987, Kenner fue comprada por la compañía juguetera especializada en modelos a escala funcionales de maquinaria pesada Tonka. Dicha compañía convirtió a Kenner en una subdivisión. Posteriormente, en 1991, Tonka fue comprada por el gigante creador del término “figura de acción”, Hasbro.
A principios de la década de los 90 hubo una reapreciación por Star Wars; probablemente fue propiciada por el lanzamiento de la Trilogía Original en formato LaserDisc, probablemente porque Dark Horse Comics sacaba nuevos comics de Star Wars luego de haber comprado la licencia que durante años tuviera la en ese entonces arruinada Marvel; o quizá por una serie de tarjetas coleccionables publicadas por Topps para conmemorar el décimo aniversario del estreno de El regreso del Jedi (Marquand, 1983)… o el lanzamiento de los videojuegos basados en las cintas para el Super Nintendo, o quizá era el retro de los 70 que pegaba duro en aquella época… o todo fue simplemente un plan bien armado por Lucasfilm para revitalizar la saga y volver a crear un mercado antes de producir la Trilogía de Precuelas.
Sea como fuere, eran los 90, yo estaba en la primaria, Los Simpson aún eran maravillosos, Jurassic Park (Spielberg, 1993) lo era más y Star Wars volvía a estar de moda. Pronto, Kenner daría el paso definitivo para resucitar la franquicia al producir una serie completamente nueva de figuras de acción… y por favor, subrayen “figuras de acción”, porque los vehículos eran simples retools de los vehículos originales de los 70 y 80.
Pero ¿cómo hacer para que los niños de los 90 se interesaran por personajes de películas que se estrenaron aún antes de que ellos nacieran? Según parece, Kenner no creyó en la trascendencia temporal de la franquicia y decidió tomarse algunas “libertades creativas”.
Desde inicios de la década y ya hacia mediados, el mercado de las figuras de acción estaba casi por completo dominado por los superhéroes. Series de figuras de acción con licencias de superhéroes como Batman Returns (1991-1994), Batman: The Animated Series (1992-1995), Adventures of Batman & Robin (1995-1997) o Superman: Man of Steel (1995-1996), de Kenner; X-Men (1991-1998) y Spider-Man: The New Animated Series (1994-1999), de Toy Biz; o las Teenage Mutant Ninja Turtles (1988-2013?) –ya en franca decadencia–, de Playmates, eran éxitos de ventas en la época, por lo que Kenner decidió adaptar el aspecto de los personajes de Star Wars dándoles proporciones más “superheróicas”.
El resultado fue una serie de figuras de acción de proporciones irreales y cuerpos hipertrofiados que despertaron oleadas de críticas. De hecho, cuando le mostraron la figura de Luke Skywalker a Mark Hamill, éste exclamó: “¿Se supone que éste soy yo? ¡Ya quisiera!”. Incluso nuestro droide de protocolo preferido, C-3PO, recibió el tratamiento con esteroides y la figura de Chewbacca era tan musculosa que no cabía en la cabina del Halcón Milenario. Los rostros de las figuras se parecían mucho más a sus contrapartes de carne y hueso, eso sí, y creo que eran lo más sobresaliente de la colección… excepto la princesa Leia, cuya desafortunada escultura facial le ganó el apodo “Monkey Face” (Cara de Mono) entre los fans.
La primera serie constó de ocho figuras: Darth Vader, Luke Skywalker, princesa Leia, Han Solo, Chewbacca, Ben (Obi-Wan) Kenobi, R2-D2 y un Stormtrooper, cada uno de ellos con dos accesorios, excepto los droides.
A pesar de la tan criticada musculatura y las poses espasmódicas, las figuras estaban increíblemente detalladas y el trabajo de pintura era excelente, muy superior al de figuras similares de la época. En el terreno de la jugabilidad, las figuras de esta serie presentaban una paradoja: en realidad, comparadas con otras figuras de la época, e incluso de la misma compañía, eran demasiado simples. Mientras que las figuras de Aliens (1992-1998), Jurassic Park (1993-1994) o la Liga de la Justica (1998-1999) tenían todas acciones especiales, algo que se había vuelto casi obligatorio en los 80, las de Star Wars POTF2 no tenían ninguna. Del mismo modo, las articulaciones eran las mismas que en las figuras de la colección clásica, excepto por una: la de la cintura. Si se toma en cuenta que para aquel momento ya existían figuras de acción de la misma escala con muchísimos más puntos de articulación, como G.I. Joe: The Real American Hero (1982-1998) o M.A.S.K.(1986-1988), entonces POTF2 queda debiendo…
Por otro lado, empero, si se comparan las figuras de Power of the Force 2 con las de la Colección Clásica, aquéllas resultan superiores en casi todos los aspectos –excepto el look musculoso, que es más bien un fallo de concepto, no de producción–: las capitas de tela o vinil fueron reemplazadas por capas y túnicas moldeadas en plástico, las aplicaciones de pintura son mucho más detalladas –en gran medida, gracias al avance tecnológico–, los lightsabers ahora sí parecían lightsabers, R2-D2 por fin tenía un cuerpo esculpido y no sólo una calcomanía, y otras tantas características hacían de esta colección un paso adelante en relación con la anterior.
Kenner tuvo que enfrentarse a un mercado que nunca se había enfrentado antes: los coleccionistas adultos y un incipiente Internet que les servía como foro para comunicar su descontento con las nuevas figuras. Finalmente, a inicios de 1997, la compañía atendió las quejas y dejó por completo de darle el look de hipertrofia muscular a las figuras. Venía probando con ello desde 1996, pero fue hasta el año siguiente que se convirtió en el estándar. También se esculpieron nuevas figuras de Luke Skywalker y la princesa Leia que se comercializaron con la etiqueta “New Likeness!” (nuevo parecido); además de que se resolvió un asunto de la longitud de los lightsabers…
El mío es más largo que el tuyo.
No sólo la musculatura excesiva fue corregida. Puesto que muchos coleccionistas se quejaron también sobre la longitud de los lightsabers, que eran demasiado largos –prácticamente eran tan largos como el alto de las figuras– Kenner lanzó una reedición de las figuras de la primera ola con lightsabers más cortos.
Nuevamente, esto dio paso a la aparición de diferentes variantes que, en la época, fueron muy buscadas por los coleccionistas. ¿Qué figura era más escasa, la del lightsaber largo o la del corto? En aquella época hubo verdaderas rebatingas y una escalada de precios ridícula por las figuras con lightsabers de diferentes tamaños… ¡e incluso por las variantes de producción en las que un lightsaber corto era empacado en la charola de uno largo! Con el paso del tiempo, los coleccionistas se dieron cuenta de que, en realidad, ambas variantes de las figuras eran más o menos igual de comunes y, en la actualidad, la verdad es que a nadie le importa.
Una vez que la apariencia de superhéroe fue dejada atrás, la línea se fue puliendo. Las esculturas eran cada vez más complejas y los diseños más caprichosos. Sobre todo las figuras humanas mejoraban cada vez; algunas de ellas, como Mon Mothma o Malakili –aun tratándose de personajes impopulares– fueron de las mejores figuras jamás esculpidas por Kenner. Y ni qué decir de figuras como Ishi Tib, que poseen algunas de las esculturas más complejas en todo el universo de Star Wars, aun rivalizando con figuras actuales; o el monje B’ Omarr, un droide arácnido que apenas si aparece unos segundos en el fondo de El regreso del Jedi, pero cuya compleja escultura y numerosas articulaciones lo vuelven una figura única.
Algo que siempre me llamó la atención, pero de lo que no cobré plena consciencia hasta ahora que soy adulto, es que muchas de las figuras de POTF2 trataban de ser una especie de remake de las figuras clásicas y su apariencia estaba, de hecho, más basada en éstas que en reproducir más fielmente lo que se veía en pantalla. Si uno las ve con detalle, las figuras de los 90 –al menos en las primeras series– son versiones “mejoradas” de sus contrapartes vintage; esto es particularmente notorio en la figura de Han Solo, que mantiene la misma posición que la figura de 1977; en el hecho de que decidieran poner dos jawas en un solo empaque o que R2-D2 contaba con dos acciones especiales: un tercer pie retráctil en la base de la figura y un “ojo” de plástico translúcido que se iluminaba cuando la luz caía sobre ella.
Con el éxito de la línea de figuras de acción, Kenner no tardó en cubrir la gran mayoría de los personajes de la colección clásica, así que ¿qué hicieron? Tratar de llenar los huecos que había dejado ésta, por supuesto. Los diseñadores de Kenner se pusieron a escrutar la saga, casi escena por escena, para extraer nuevas figuras de personajes que antes no habían tenido ninguna.
Aunque desde el punto de vista comercial claro que se trataba de una sacadera de dinero, tanto niños como coleccionistas recibimos con beneplácito la adición de nuevos personajes. Esto contribuyó a cubrir varias omisiones importantes de la colección vintage, como el hecho de que no hubiera ninguna figura del gobernador (luego rebautizado Grand Moff) Tarkin o que Leia fuera el único personaje femenino en toda la colección… ¡Y sí, tuvimos una figura de Leia en traje de prisionera de Jabba por primera vez!
También es interesante que la mayoría de los personajes secundarios –o incidentales, incluso– de la saga difundieron sus nombres oficiales durante esta colección. Algunos recibieron estos nombres en el Universo Expandido de novelas, comics y tarjetas coleccionables; pero fue en las figuras de acción cuando éste se popularizó. Así, Prune Face se convirtió en Orrimaarko, Yak Face pasó a ser Salt-Marae y el malévolo emperador conocido únicamente como The Emperor se convirtió en el emperador Palpatine.
Tan pronto como 1996, Kenner comenzó a echar mano del Universo Expandido de la saga para ampliar la batería de personajes. La primera línea de juguetes en beber de dicha fuente fue Shadows of the Empire, basada en el proyecto multimedia homónimo[1]; pero pronto las novelas gráficas Dark Empire y la Trilogía de Thrawn, publicadas por Dark Horse Comics, así como el videojuego Star Wars: Dark Forces (LucasArts, 1995) sircieron como inspiración para figuras de acción comercializadas dentro de la colección “Star Wars Expanded Universe”. Más tarde, cuando las ideas empezaban a escasear, los diseños conceptuales de artistas como Ralph McQuarrie para los vehículos de la saga sirvieron como inspiración.
Star Wars The Power of the Force 2: una pésima inversión
Los coleccionistas habían aprendido su lección. Las figuras de acción de la colección clásica se volvieron súper coleccionables e, incluso en algunos casos, bastante costosas. Pero esto sucedió por una razón particular: se trataba de piezas de plástico barato pensadas para que los niños jugaran con ellas y les dieran en la madre, nadie pensó que valdrían mucho dinero algún día y, por lo mismo, nadie pensó en guardarlas… y como les dieron en la madre y nadie las guardó, se volvieron raras e incrementaron su valor.
En 1995, todo mundo anticipó que las figuras incrementarían su valor, por lo que los coleccionistas empezaron a acapararlas y guardarlas celosamente dentro de sus empaques. Con procesos de producción mucho más cuidados que los de la colección original, la aparición de versiones variantes fue rara –excepto por las figuras reempacadas–, por lo que también las figuras con las más mínimas variaciones fueron objeto de disputas y revendidas a altos precios… en aquella época.
En 2015, cuando la colección Power of the Force 2 cumplió 20 años de haber aparecido en el mercado y, coincidentemente, se estrenó en cines un nuevo episodio de la saga después de diez años de inactividad –El despertar de la Fuerza (Abrams, 2015)–, el mercado de coleccionistas se vio invadido por una avalancha de figuras POTF2 en excelentes condiciones que se habían quedado guardadas y que ahora trataban de ser vendidas a precios de coleccionista.
Empero, la desilusión no sólo fue brutal; sino casi instantánea. Si las figuras de los 70 aumentaron su valor por ser escasas, las de los 90 lo perdieron exactamente por lo contrario: había demasiadas. No sólo se produjo una gran cantidad de figuras; sino que todo el mundo decidió guardarlas, por lo que incluso personajes poco comunes, como Zuckuss o el guardia gamorreano, eran relativamente fáciles de conseguir en excelentes condiciones.
De hecho, con el mercado de figuras coleccionables actualmente a la baja en EE.UU., la realidad es que las figuras de POTF2 se han devaluado. Actualmente, en promedio, pueden conseguirse por alrededor de USD$7 y las más raras difícilmente sobrepasan los USD$20… hace un par de meses, yo mismo compré un lote de estas figuras nuevas por el equivalente a USD$4 cada una. Estos precios son más o menos los mismos que tenían en 1997, por lo que, ajustándolo a la inflación, obtenemos que su precio ha disminuido.
Cómo Star Wars mató a Kenner…
Bueno, no. Técnicamente, Hasbro mató a Kenner; pero lo hizo a través de Star Wars. La expansión de Hasbro es un ejemplo clásico, casi de libro de texto, sobre capitalismo. En vez de competir con otra empresa que tiene mejores productos que los míos, simplemente compro esa empresa –recordemos que la calidad de Hasbro era inferior a la de Tonka, y básicamente sus ganancias venían de los grandes volúmenes de juguetes baratos que vendían–, después la liquido o la hago quebrar y me quedo sólo con los productos que me interesan. Ésta es la estrategia que han seguido compañías como Nabisco, Disney o EA.
Así pues, siendo dueña de Tonka, Hasbro encargó una sobreproducción de figuras de acción de Star Wars Episode I: The Phantom Menace a Kenner en 1999. Había demasiados personajes vendiéndose al mismo tiempo y de cada uno se produjeron demasiadas unidades; además de que los precios se elevaron considerablemente en relación con los de POTF2 debido a la inclusión de un accesorio electrónico conocido como CommTech Chip, que permitía a las figuras reproducir diálogos de la película e interactuar entre ellas.
Si ustedes recuerdan, las figuras de Episode I se vendían en un inicio en el equivalente aproximado a USD$7 actuales; pero, apenas un año después, podían conseguirse por el equivalente a USD$1 actual. Debido a tan pobres resultados –que eran parte de un plan anticipado, por supuesto–, Hasbro decidió cerrar Kenner, poniendo fin así a toda una era.
La última serie de figuras de Power of the Force 2 fue producida por Hasbro en el año 2000 y constaba de nuevas versiones de personajes de la Trilogía Original que incluían el infame chip CommTech que tanta controversia ocasionara con las figuras de Episodio I. estas son las únicas figuras de la colección que son verdaderamente escasas y que han aumentado su valor con el paso del tiempo.
El futuro nebuloso es
En 2020, Hasbro debe renovar su licencia para producir juguetes de Star Wars. Sin embargo, la sobresaturación del mercado por parte de Disney, la desafortunada elección de personajes, la baja general en la calidad de escultura, pintura, y la disminución de articulaciones en las figuras de 3.75”, entre otras cosas, han resultado en un descenso en las ventas de las figuras y la Casa del Ratón no está contenta.
En ese mismo año, Mattel perderá la licencia de DC Comics. Las pobres ventas de las figuras de acción de la Liga de la Justicia (Znyder, 2017) y Aquaman (Wan, 2018) llevaron a DC a tomar la decisión de no renovar la licencia de sus personajes para la Casa de Barbie por un nuevo periodo y ésta pasará a manos de Spin Master.
Esto, aunado a los problemas económicos de Mattel en los últimos años, resulta en que la compañía juguetera se quedará sólo con una licencia fuerte: Jurassic Park/World; por lo que les sería muy conveniente buscar otra. ¿Será que Mattel busque hacerse con la licencia de Star Wars? Aunque suene poco probable, es una posibilidad que cabría considerar.
[1]Shadows of the Empire fue un proyecto mercadotécnico de Lucasfilm inspirado por el éxito de las novelas gráficas Dark Empire, de Dark Horse. Básicamente, Lucasfilm quería ver cuánto merchandising de Star Wars podía producir sin que hubiera una nueva película de la saga en los cines. Esto llevó a la creación de novelas, cómics, videojuegos, tarjetas coleccionables, etc. basados en Shadows of the Empire, un spin-off que cuenta lo que pasó durante los 6 meses en los que Han Solo estuvo congelado en carbonita.